8.7.14

PICANTE MANIFIESTO PERSONAL DE POETA TULIO MORA

POSICIÓN DE TULIO MORA SOBRE LA ACTITUD QUE DEBE ADOPTAR HORA ZERO FRENTE AL NEOLIBERALISMO, EL NARCOTRÁFICO Y LA CORRUPCIÓN


Los poetas de hoy no escriben con altura e indignación sobre:
1) La corrupción escandalosa, uno de los factores de inseguridad y violencia que impera en el país. Tiene que ver con la empresa privada, es decir con la Confiep, que rompe la mano al Estado y corrompe a todo el Perú.
2) La poesía joven prefiere escribir sobre marcianos antes que sobre la corrupción, la ingobernabilidad y la violencia, temas que calla o le parecen cínicamente un chiste.
3) La poesía peruana joven es conformista con el sistema. Por eso HZ sigue vigente al denunciar que más acá de los marcianos y de los espacios cínicos sigue la corrupción, la gestión concesiva y la impunidad.
4) Si la poesía, en vez de hablar de un futuro globalizado y aún no rea,l tocaría los gravísmos temas del narcotráfico, la corrupción, la informalidad y el contrabando es porque está conforme con ellos.
5) En consecuencia, y para demostrar que HZ sigue vigente debemos volver a escribir sobre los temas que siguen siendo los escombros que aludió en "Palabras urgentes". Hoy más que nunca se hace visible que ese manifiesto justifica la necesidad de una poesía integral asumiendo/delatando los actuales problemas. México, como el Perú, es el mejor ejemplo. Alucinar puede ser poético pero no es ponerse a la altura de los escombros que debemos poetizar.
6) HZ está contra de los poetas que no ven el presente, sino que se esconden en el cultismo, el futurismo y la globalización que disminuyen el grave peligro de la desestabilización y la ingobernabilidad de este país en tiempo presente.
7) HZ está en la obligación de ser vigencia contra esta poesía inconsecuente que no quiere asumir su tiempo, sino que lo niega.
Tulio Mora Gago
Lima 4 de julio de 2014



ACTUALIZACIÓN

EL ELITISMO DE SIEMPRE

(Respuesta a José Carlos Yrigoyen y Diego Trelles)

A ver si entiendo a los escuderos de Jerónimo Pimentel, José Carlos Yrigoyen y Diego Trelles: no he leído en sus descalificaciones a mi manifiesto personal nada que yo haya escrito inicialmente sobre "Hacia el norte de los ríos del futuro". Si querían un punto de partida debieron empezar por allí.

Curiosamente tampoco he leído nada de ellos sobre ese libro, salvo el parrafillo lleno de lugares comunes, de JCY, que se publica en el cintillo del libro -y acompaña a un inteligente comentario de Carlos Yushimito-: “El gran logro de este libro es abrir un camino distinto mediante un personalísimo tratamiento de referencias científicas y de la ciencia ficción … es un libro que se propone riesgos y alcanza la mayoría de sus metas”. ¿Hablamos de una tarjeta de felicitación o de un libro?
Y acaso porque su padre (Jorge Pimentel) y el autor saben, como yo, que los aludidos no son muy virtuosos en la escritura reflexiva, me invitaron a que yo lo hiciera, lo que naturalmente lo tomé con mucho gusto puesto que conozco bien la poesía de Jerónimo Pimentel y considero “La muerte de un burgués”, como este reciente, que son libros simbólicos de su generación.
El desatendible Yrigoyen (más preocupado por su apellido) ya dio excesivas muestras de ladrar a innumerables escritores con la misma prepotencia y banalidad que pone cuando siente que le llegó la oportunidad de tumbar a su prima en El Comercio. Dejé de interesarme en su poesía desde que me dijo personalmente que él sería incapaz de escribir un poema sobre la sierra. Fue el año que publicó “El libro de las señales” y yo lo entrevisté para el diario Cambio. Entonces descubrí que la república oligárquica no había muerto. Ahora el sobreviviente vuelve a emerger cuando quiere interpretar esa cita de Hinostroza, insostenible por donde se le lea, pues solo un desopinado no extraería de ella el mensaje simbólico del desgarramiento de este país. ¿Para qué pedirle eso a alguien que nunca lo ha entendido?
En cuanto a Diego Trelles: ¿no es bobalicón repetir lo mismo que yo dije: que quien escribe ese manifiesto es Tulio Mora? ¿Por qué debo sentar posición por el resto de HZ? Que haya escrito dos antologías de HZ -uno de los cuales el limitado Yrigoyen tanto elogió- no me da propiedad sobre una página de ese movimiento. Y ese adjetivo de Trelles, de que hablo desde la “petrificación”, me tiene sin cuidado. Al fin y al cabo yo ya tengo una obra. Al que le guste, bien, al que no, también. Quienes deben preocuparse de escribir de manera desafiante son los jóvenes. Ni Yrigoyen ni los demás lo son tanto, pero por suerte Jerónimo Pimentel ya les dio un camino.
Digamos las cosas seriamente: en esta época de lamentables postergaciones a la escritura los poetas más refinados sienten que deben, a la manera de Vargas Llosa, ser la elite. Y desde esa burbuja es que pontifican. Pero cuando se les recuerda que cometen errores que rozan con la discriminación reaccionan con una soberbia indefinible. Reafirmaré a quien calificó de “magnífica” mi nota: fue un error confundir al sujeto poético con el poeta en esa desafortunada frase que resalté. Lo digo desde mi dinasáurico arguedismo, desde el autor que fundó la actual poesía peruana, en 1954, y del que me siento parte.
Si una nueva elite decide que los doblemente campesinos estamos impedidos de tener un idioma capaz de reflexiones espaciales, entonces HZ no sirvió de nada o están tratando de elitizarlo (o como se dice callejeramente “de blanquearlo”). No creo que eso sea posible. La estética de HZ sigue vigente en la música, en la pintura, en el cine y en casi todas las expresiones populares culturales. Es la visión multicultural de la fusión que es sinónimo de lo integral. Dicho de otro modo: si esa definición le parece a Trelles “petrificada” entonces es mejor que sigan recreando el cultismo sesentero, cuya calidad nadie nunca negó, y no llenarse la boca de HZ cuando lo cierto es que les desagrada la poesía que trasgrede, que no quiere normas, que más bien las inventa en un país en pleno proceso de autorreconocimiento, con todos los gravísimos riesgos, problemas y frustraciones que eso implica y que ya describí en mi manifiesto personal.
No tengo nada más que responder a quienes no representan a la poesía joven, con algunos de cuyos miembros mantengo una muy buena relación.

Lima-8 de julio de 2014

22.6.14

Fernando Ampuero: novela con olor a calle y pólvora



Por Víctor Coral.







El fenómeno de las pandillas juveniles es un problema que aqueja a las grandes capitales en casi todo el mundo. En Santiago como en Sao Paulo, en el DF como en Lima, las pandillas se apoderan de las calles y su accionar se aleja cada vez más del respeto de código alguno.

El escritor y periodista peruano Fernando Ampuero (Lima, 1949) ha logrado confeccionar en base a este tema una novela corta (nouvelle para los huachafos) trepidante, de aliento casi cinematográfico y con un conocimiento de los recursos narrativos de la novela negra en realidad notable.

Loreto es un temible barrio del populoso puerto del Callao, vecino a Lima, donde los bien delineados protagonistas de este policial trágico agitan sus jóvenes vidas entre guerras a balazos, emboscadas y peleas callejeras de barrio contra barrio.

El narrador tiene la virtud de no ensayar sanciones, juicios de valor ni emitir censuras o afectaciones para con sus personajes. Por ello la novela fluye para el lector como un balazo literario y caemos fulminados durante una hora o una hora y media de lectura feliz y con una sobredosis de encantamiento realista.

La historia de los excelentemente delineados Silverio, Laurita y Chito, se despliega ante nuestros ojos como si fuéramos vecinos del barrio que aguaitamos por la ventana la tragedia de vidas jóvenes truncadas por el dinero fácil y la violencia a fuego de pistola. El fin de sus vidas es el final, mortal, de sus vidas; pero todo eso, que puede sonar determinista, está como oculto mágicamente por la pericia del narrador, que, con una sintaxis narrativa impoluta, nos lleva de la mano hasta el final de la historia.

Con el propósito de hacer totalmente verosímil su historia, el narrador se ha apropiado notablemente de la jerga lumpenesca limeña actual, y ha investigado adecuadamente el accionar interno de las pandillas del Callao.

El resultado final es, sin duda, la mejor novela de Ampuero y, acaso, la mejor novela peruana del género en un par décadas. No poca cosa, sin duda, para un país cuya violencia callejera crece a la par con su crecimiento económico.

---Una parte del barrio de Loreto. Callao.


18.6.14

UN CUENTO DE UN GRAN NARRADOR POLACO

Slawomir Mrożek: "El pájaro ugupu"

(Tomado del blog El jinete insomne) 

Decía el maestro de la narrativa breve Slawomir Mrożek (1930-2013) en uno de sus cuentos: "Los tiempos han cambiado. Vivimos en una época de farsa, autoironía y parodia", y sabía de qué hablaba: nadie mejor que él supo retratar esos tiempos, esa época. Escritor, dibujante, periodista y dramaturgo, pasó sus primeros años en Borzęcin, su ciudad natal en el distrito de Brzesko, Polonia. Luego se mudaría a Porąbka Uszewska, donde recibió la enseñanza convencional católica y, durante la Segunda Guerra Mundial, a Cracovia, ciudad en la que padecería la ocupación nazi. Allí se graduó en la Nowodworski Lycée en 1949 para luego iniciar sucesivamente estudios de arquitectura, historia del arte y cultura oriental, dejando todos ellos inconclusos. Comenzó publicando dibujos satíricos en 1950 en las revistas "Przekroju" y "Dziennik Polski", siendo luego editor del semanario "Postepowiec". En 1953 aparecieron sus dos primeros libros de historias satíricas: "Opowiadania z Trzmielowej Góry" (Cuentos de las montañas Trzmielowej) y "Półpancerze praktyczne" (Una caparazón apropiada). Tras años después publicaría "Maleńkie lato" (Pequeño verano), su primer novela. Se unió al Polska Zjednoczona Partia Robotnicza (Partido Obrero Unificado Polaco) durante el dominio del estalinismo en su país y se ganó la vida como periodista político trabajando para la estatal Związek Literatów Polskich (Unión de Escritores Polacos). A partir de 1957 su carrera literaria se desdobló en tres facetas: a la de dibujante y narrador le agregaría la de dramaturgo. Ese año aparecieron la colección de dibujos "Polska w obrazkach" (Polonia en fotos), el libro de cuentos "Słoń" (El elefante), y su primera obra teatral, "Policja" (La policía), la que fue estrenada en el Teatrze Dramatycznym (Teatro Dramático) de Varsovia. Con ella -y las posteriores- obtuvo rápidamente un resonante éxito popular y sus obras teatrales comenzaron a representarse en Londres, París y Nueva York. En 1963, viviendo en Varsovia, decidió desertar y viajó a Italia, para luego pasar a Alemania, Francia (donde en 1978 obtuvo la ciudadanía) y México. Volvería a Polonia en 1996 (donde sus obras habían sido prohibidas) tras el debilitamiento del régimen estalinista. Sin embargo la abandonaría definitivamente en 2008 fijando residencia en Niza, lugar en el que viviría hasta su fallecimiento. Su visión crítica del mundo contemporáneo la expresó en obras de teatro cuyos personajes, enfrentados a determinadas situaciones sociales, llevaban hasta el límite la lógica de los estereotipos que simbolizaban y caían en el absurdo. Sin embargo, fue con sus cuentos breves y microrrelatos que cimentaría su prestigio internacional. Con una narrativa sustentada en el humor y la sátira, en lo insólito, sorprendente y paradójico, en la intertextualidad, en el absurdo, Mrożek reveló la condición humana en general a través de las creencias distorsionadas de sus personajes, primero desencantados con el régimen comunista, luego su singular adaptación a la economía de libre mercado, y finalmente desorientados ante la retórica democrática con su constante manipulación del discurso. De sus libros de cuentos más famosos se pueden citar "Deszcz" (La lluvia), "Dwa listy i inne opowiadania" (Dos cartas y otros cuentos), "Ostatni husarz" (El último círculo polar) y "Woda" (El agua) entre muchos otros. "Ptaszek ugupu" (El pájaro ugupu) apareció originalmente en "La lluvia" en 1962.





EL PÁJARO UGUPU

En mi infancia, mi hermano me hizo sentar en una cocina encendida. Eso me incitó, prematuramente, a reflexionar acerca de un gran proble­ma: "el hombre y la naturaleza". La influencia de la temperatura en nuestro comportamiento, no obstante haber actuado como estimulante en la ocasión, no por ello agotó la gama de preguntas a las cuales resolví encontrarles respuesta. ¿Cuál es el lugar del hombre en el gran ciclo de la naturaleza? ¿Cuál es su papel? La porción de ca­lorías que absorbí entonces en la plancha de la cocina, la devolví a la atmósfera por transforma­ción de la energía calórica en fonética, es decir -según mi parecer- en energía cinética, habida cuenta de que la voz consiste en modulaciones, es decir, en movimiento. De tal suerte, ya en la primavera de la vida me impresionó el hecho de que yo mismo fuera un eslabón del circuito na­tural. ¿Cuáles son los casos en los que el indi­viduo se integra en el juego de los elementos para convertirse en parte integrante de él y cuáles aquéllos en los que conserva las cualidades que le son propias? En una palabra, este margen, esta conexión y esta interferencia entre el hombre y la naturaleza, estaban destinadas a convertirse para mí, gracias a mi hermano, en una verdadera pa­sión desde mi primera infancia. Para satisfacerla debí hacer esfuerzos puramente prácticos, dominar el conocimiento. Sin ir más lejos, admití como jeroglíficos de la natura­leza a aquellas de sus formas más evidentes: la botánica y, ante todo, la zoología. Las aspiraciones, las experiencias y las tentati­vas de las cuales mi pasión secreta -sólo por mí conocida- eran el motor, me granjearon una re­putación de sabio bastante estimable ante la gente. Más, no obstante, lejos de sentirme satis­fecho, no dejaba de buscar. Ninguno de los resul­tados obtenidos me parecía suficiente. A esta insaciabilidad, a esta eterna ausencia de respues­tas satisfactorias ha de atribuirse el hecho de que, aún cuando ya había cumplido los cincuenta, hubiese emprendido una nueva expedición científi­ca a lo más profundo de una comarca salvaje, en compañía de un solo hombre. El clima era allí infernal. La flora y la fauna, de una exuberancia asombrosa. Era nuestra base una casilla que se levantaba sobre pilotes en las cercanías de una ciénaga en el mismo centro de la selva virgen. Allí permanecía durante muchos meses acompañado por mi único asistente, el teniente C., luchando contra las mil plagas de la región y prosiguiendo sin desmayo con mis inves­tigaciones relacionadas con el problema que más me apasionaba: el del misterio de la coexistencia y de la interdependencia de las diversas especies animales. El teniente C. era un joven de muy altos méritos. Sobrellevaba las dificultades, sabía mirar al peli­gro de frente y había demostrado que era, por añadidura, un observador perspicaz. Llevábamos una vida espantosa. El calor tórri­do, los vapores que emanaban de la ciénaga cer­cana, los ciclones inesperados, la multitud de criaturas y plantas, tanto ponzoñosas como venenosas, las enfermedades, la falta de todo vínculo con el mundo civilizado, la existencia de fieras de todo tipo, tales eran las condiciones en las cuales, no sólo teníamos que vivir, sino también llevar a cabo observaciones exhaustivas. Para nuestra propia seguridad tuvimos que adaptarnos rápidamente a la realidad circundan­te; asimilarla, aproximarnos, exterior e interiormente, a la naturaleza. Nuestros rostros se cubrieron de largos pelos. Nuestras uñas, que no recortábamos, parecían garras. Nuestro lenguaje se tornó gutural, animal, inarticulado. En cuanto a nuestros cerebros, olvidamos, simplemente, las sutilezas del intelecto y sólo conservamos nues­tro saber profesional. Si queríamos arrancar a la naturaleza sus secretos, debíamos borrar, en parte, las diferencias que había entre ella y noso­tros. Por eso mismo, no retrocedía ante la nece­sidad de hacerle ciertas concesiones momentá­neas. Me parecía que siempre estaría a tiempo de dar marcha atrás, que cuando hubiéramos reali­zado nuestra tarea podríamos volver a la civiliza­ción. Nuestros padecimientos alcanzaban su punto culminante entre las once de la mañana y las tres de la tarde cuando, en razón del calor insopor­table, debíamos interrumpir nuestro trabajo. Cada uno de nosotros pasaba esas horas a su manera. Yo, totalmente debilitado, me echaba en mi litera, mientras que mi joven amigo se queda­ba afuera, a la sombra, donde, según afirmaba, hacía un poquito más de fresco. Como ya he dicho, hacíamos investigaciones acerca de la coexistencia entre animales. El punto central de nuestras observaciones era una va­riedad de rinoceronte que, por otra parte, ya está totalmente exterminada. Un solo y único ejemplar vivía en la ciénaga, no lejos de nuestro paradero. Era un animal enorme y solitario, lo cual sabía­mos por antiguas crónicas que nuestra experien­cia había confirmado. Era extremadamente salva­je y peligroso. Por eso sólo podíamos observarlo a la distancia por medio de gemelos y tomando todas las precauciones de rigor. A poco notamos que alrededor de aquel rino­ceronte rondaba sin cesar un zorrillo de pequeño tamaño y pobre apariencia que se deslizaba con bastante frecuencia hacia los pantanos. Tiempo más tarde los vimos encaminarse con reserva hacia las profundidades de la selva virgen. La aclaración del enigma nos llevó unas cuantas semanas. He aquí de qué se trataba: el zorrillo corría adelante y le señalaba al gigante el lugar donde crecían raíces de rábano silvestre, la golo­sina favorita del coloso. El rinoceronte, con una sola patada, hendía la tierra y descubría, al mis­mo tiempo, las entradas a las madrigueras subte­rráneas de los tejones. El zorrillo, entonces, se metía en la madriguera y consumaba una rápida cópula con la hembra, aprovechando para ello la ausencia del macho que, en esos mismos momentos, se encontraba en lo más espeso del bos­que. Así era como el rinoceronte obtenía el rába­no que tanto le gustaba, al tiempo que el zorrillo eludía la responsabilidad que hubiera supuesto la fundación de una familia. Aquello me había impresionado. Como zoólogo que era, conocía el impudor de la inexorable naturaleza, pero allí, donde las condiciones eran las de las edades más primiti­vas, aquello alcanzaba una intensidad difícilmen­te soportable. Tracé el siguiente plan de acción; debíamos averiguar cómo sabía el zorrillo la hora a la que los tejones salen de sus madrigueras. De no ser así, no adelantaríamos ni un paso. Comenzamos por suponer que eran los ratones los que, a su manera, informaban al zorrillo, conscientes de que sería favorable a sus propios intereses que la vida erótica de aquél le tomase tanto tiempo como fuera posible y lo apartase de la preocupación de alimentarse racionalmente. Como se sabe, los zorros se alimentan, entre otras cosas, de ratones. Nuestra suposición era erró­nea. La naturaleza, al parecer, era mucho más refinada. Eran las pavas reales las que suminis­traban información al zorrillo. Esas criaturas as­tutas le informaban acerca de todas las ocasiones que se presentaban porque, sabiendo como sa­bían lo muy desarrollado que está el espíritu de imitación en sus propios esposos, les ofrecían, de esa manera, la posibilidad de copiar servil­mente el comportamiento del zorrillo. - ¡Es espantoso! -le dije una noche a mi compañero-. Dos sentimientos me invaden. El primero es de asco, de miedo; el segundo, es de admiración, lo quiera o no lo quiera, por la per­fecta organización de la naturaleza, - Lo que a mí me impresiona, sobre todo, es la organización -me respondió el joven, pensativo. - Un día -proseguí yo-, el hombre hará irrupción en esta cadena de interdependencias que hay en el seno de la naturaleza. Introducirá en la espontaneidad inconsciente de los instintos la premisa de los valores morales. Y sin perturbar el curso de la naturaleza sino al contrario, pues al constituirse en un eslabón consciente, la dotará de un contenido nuevo y más noble. Había otra cosa que no me daba reposo. ¿Por qué los tejones iban con tanta frecuencia al bosque aun cuando podían llegar a sospechar que su ausencia tenía consecuencias deplorables para el desarrollo biológico de su especie? Problema tanto más difícil de resolver cuanto que, con frecuencia, debía trabajar solo. El teniente había comenzado a quejarse de jaquecas y de vértigos y con frecuencia divagaba como si tuviese fiebre y caía en un pesado sueño de piedra entrecortado por sonoros ronquidos. No pude seguir adelante por más tiempo pues por entonces hicimos un descubrimiento real­mente perturbador. La distracción de los pavos reales, provocada por el vil comportamiento del zorrillo, era aprovechada por la serpiente pitón para deslizarse furtivamente en el nido de aqué­llos y llevarse los pavitos pichones. - ¡Es atroz! -dije esa noche. El teniente estaba echado en su litera. Se había sentido muy mal durante todo el día y, por pri­mera vez, había pasado en la cabaña los mo­mentos -entre las once y las tres- que en general dedicaba a dar un paseo por las profundi­dades del bosque. - ¡Qué tinieblas! ¡Si tan sólo pudiera saber cuál, en medio de este mundo de deseo brutal y de hambre, es el lugar del hombre! ¿Qué piensa usted? - ¡Qué sé yo...! -respondió el teniente con voz de adormilado. De pronto, un fuerte golpe estremeció nuestra cabaña. Tomé mi carabina y miré afuera. Allí, a la luz de la luna, el gigantesco rinoceronte se frotaba en los pilotes que sostenían nuestra casa. No se podía perder un segundo. Apunté... - ¡No tire! -exclamó el teniente con tono sal­vaje al tiempo que desviaba el caño de mi carabina-. ¿No oyó hablar de un pajarito llamado ugupu? - ¡Usted está loco! - ¡Si mata al rinoceronte, el pájaro ugupu mo­rirá! - ¡Es absurdo! - La pitón devorará al pájaro ugupu a menos que esté demasiado ocupada con los pavitos! - Y bueno, ¿qué importancia tiene? - ¡Si el rinoceronte deja de ir en busca del rábano silvestre en compañía del zorrillo, los pa­vos reales tendrán más tiempo para dedicarle a su progenie y la pitón devorará al pájaro ugupu. Ya estaba harto. - ¡Escúcheme! -exclamé-. ¡Qué me importa a mí el pájaro ugupu! ¡De un momento a otro el rinoceronte va a tirar abajo nuestra casilla! - ¡El pájaro ugupu no es un pajarito de tantos! Se alimenta de una variedad especial de hojas y, después de haberlas digerido... Su voz se quebró. - ...da alcohol -acabó con un susurro-. Cien gramos de guano seco del pájaro ugupu por cada medio litro de agua. Ya comenzaba a ver claro. - Y a cambio de eso, ¿qué le hacía al rinoce­ronte? -exclamé y le puse el caño de mi carabina en el pecho-. ¡Hable! ¡Hable! ¡Y rápido! - Lo masajeaba, todos los días de once a tres. Después siempre le daban ganas de rábanos silvestres. Había comprendido. Ese día, el teniente había pasado mucho tiempo en compañía del pájaro ugupu y había descuidado al rinoceronte, el cual, privado de su masaje, había venido a recordár­selo. Media hora más tarde, después de haber sido masajeado por el teniente ante mis propios ojos, se fue satisfecho. El teniente se rehusó a volver a la civilización. La naturaleza se lo tragó. Fue mucho tiempo después, en cambio, cuan­do supe por qué los tejones abandonan con tanta frecuencia sus madrigueras para internarse en el bosque: lo hacen para que los dejen en paz.


---El autor.

10.6.14

CRIMEN PERFECTO Y ESTAFA PERFECTA EN LITERATURA



Amigos: así como no existe el crimen perfecto, tampoco existe la estafa perfecta en literatura. Hace un par de años el señor Jorge Frisancho, respondiendo a no sé qué deuda o pedido, escribió un prólogo inusitadamente elogioso a la reunión de poemarios que publicó el inefable Paolo Gómez (A. K. Paolo de Lima).

En ese prólogo Frisancho forzó tanto las cosas que su discurso resultó inverosímil, amiguero, franelero in extremis.

Por supuesto y por cierto, el libro no trascendió. Entre otras cosas, porque los lectores de poesía serios estamos hartos de que se nos haga pasar puerco viejo por lechoncito tierno. El libro pasó al olvido y, por fortuna para Gómez, ha publicado este año un enjundioso pero discutible ensayo sobre poesía y "guerra civil" (¿cuál?) en el Perú de los 80 y parte de los 90. Lectura que recomiendo aunque sea solo para criticarla.

Con ese prólogo que quiso conservar algo de dignidad, pero que no pudo ocultar sus posibles vínculos con los ahijados de Mazzotti, y su suerte de subordinación literaria al antaño padrino de las becas a EE. UU., Frisancho dejó de ser ese jovencito independiente y sumamente actualizado que conocimos en San Marcos a fines de los 80, para convertirse en un incondicional, de escritorio, de las causas derrotadas, sobre todo de las políticas.

Nada de esto me sorprende. Ya se lo decía yo el 2006, cuando trabajaba en "Somos" a Óscar Malca. Tampoco me sorprende que tenga ahora Frisancho costumbres poco democráticas como sacarme de su lista de amigos (del Facebook) por haber criticado su pésimo libro. No obstante, es joven y esperamos lo mejor de él para el futuro, porque su presente es más que una pérdida: es un completo fracaso.

Acá pueden ver el curioso prólogo de Frisancho a Gómez, y en este otro vínculo un sorprendente texto de la buena poeta Victoria Guerrero sobre un libro de Gómez.

---En la imagen: De derecha a izquierda: Frisancho, Gómez y el poeta Medo.

2.6.14

JULIO ORTEGA PRESENTA LIBRO DE AMPUERO

Este miércoles a la hora indicada abajo, mi amigo el narrador Fernando Ampuero presentará su nueva novela. Espero que lo acompañen.




27.5.14

Librería SUR estrena magnífica página web




Para pocos despistados es un secreto a estas alturas que la Librería SUR es la mejor de la ciudad. Constantemente nos alimenta con títulos nuevos y editoriales con catálogos inmejorables.
 
Ahora SUR ha construido su sitio Web donde nos enteraremos antes que nadie de las novedades que mensualmente nos traen.

Los invitamos, pues, a darse una vuelta por su sitio, se sorprenderán con los libros que pueden encontrar. Va el enlace:

http://www.libreriasur.com.pe/

24.5.14

LA PÉRDIDA DE JORGE FRISANCHO





 
 
Los que alguna vez admiramos la inteligencia de Reino de la necesidad (1988) o el oportunismo temático de Estudios sobre un cuerpo (1991), no podemos sino evidenciar extrañeza y decepción frente a su reciente entrega: La pérdida (y otros poemas), publicado a principios de año por la alguna vez exigente editorial Paracaídas.
Aunque se puede hallar un tenue hilo conductor, que es la palabra, su desaparición y la oquedad del decir poético, los poemas que conforman este volumen transitan por una vereda estilística plagada de adoquines desalineados, baches insolubles y desniveles que se pudieron trabajar más y mejor:

-La cancina repetición de la fórmula “A tenor de” en “Metapoética I”

-El más feliz pero igualmente evitable y retórico “Pero díganme que no es verdad” del poemario que da título al libro y que no es, ni de lejos, el mejor de este.

-La incontenible recurrencia a imágenes y metáforas desgastadas o no logradas, como la “lejanía de las cosas”, “la ausencia de significados”, “el infernáculo de la palabra”, “esta misma ausencia que chirría”...

¿Hubo un real cuidado de edición?

Mas acaso lo que más sorprende en “La pérdida” es precisamente la pérdida de cierto brío, de cierto entusiasmo por la vida y la poesía como una vía para liberarse de las condicionantes de la existencia, que no por cruentas son ineludibles, al menos al nivel del discurso.
Frisancho aparece atrapado y aun torturado por “la sombra de la palabra/ que se desanuda con impertinencia/ contra la página ausente; a solas/ en el espacio vacío (“Metapoética IV”); pero de ese desgarrarse entre los dentados engranajes de un sistema opresor y silenciante (admitan mi neologismo) hemos tenido mucho y demás en las últimas décadas.

Lamentablemente, Frisancho no nos aporta nada nuevo en ese sentido, ni en la forma, ni en lo ideológico, ni en términos de fidelidad a una sensación íntima que, seamos condescendientes, puede ser verosímil, pero está muy mal plasmada en la “página ausente”.
Los mejores poemas de “La pérdida” son dos: El poema en cursiva que abre la sección “Contra el escándalo de tu ausencia” y “Casa familiar”, textos donde el poeta asoma por sobre los restos de su naufragio intelectual y espiritual mal llevado al texto.

En suma, una gran oportunidad perdida que Frisancho deberá curar (en el sentido heideggeriano) ya sea reelaborando su propuesta con un nivel mayor de elaboración formal y cuidado expresivo, o proporcionándonos un nuevo libro que se ponga a tono con sus grandes entregas de hace décadas.
Él tiene la palabra, al menos, “desde los márgenes de lo potencial”; pero en este libro solo nos confiesa su derrota:

 
“Quise tantas palabras que se desgarran
Como heridas abiertas, bocas, verbos; quise

(…)
Pero hice solamente esta pupila de cristal, este idioma de espejos

 
Y ahora solamente me consuela –pero en vano—

La tenaz sinceridad de su silencio”. (“MetapoéticaV”)

---Portada.

14.5.14

YRIGOYEN Y LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL FACE

Lo peor que puede hacer un aspirante a hacer crítica poética con un mínimo de seriedad, es tomarse muy en serio el Facebook y tratar con la ligereza que impone esa red social los asuntos de algo tan serio como la poesía.

De dicha ligereza ya habíamos gozado en el blog de Yrigoyen, como cuando consagró a su amigo el poeta Pimentel junior como el mejor poeta de no sé cuántas generaciones, o como cuando criticó un libro de Miguel Ildefonso y simplemente no le puso calificación (si un libro te parece o te conviene que te parezca tan malo, ¿para qué lo comentas?).

Pero las ligerezas que se permite sobre Juan Ramírez Ruiz, primero masacrado en el Yacana, y luego hallado muerto atropellado en una autopista al norte, es de no creer. Cito:

 
"Motivado por conversaciones con algunos amigos, me animé esta mañana a releer, luego de varios años, Vida Perpetua (1978) de Juan Ramírez Ruiz. La verdad es que no entiendo el prestigio que todavía tiene este libro. Más allá de contar con algunos versos deslumbrantes, los artilugios y acertiijos (sic) en los que JRR basa su experimentación formal han envejecido un horror: muchas de sus supuestas innovaciones hoy no son más que ardides homologables con el pupiletras, el juego del ahorcado o el sudoku y no aportan nada al discurso del poeta, sino que lo oscurecen y complican innecesariamente. Presenciamos aquí el triunfo del artificio sobre la poesía. Vale la pena anotar la crítica hecha por Mirko Lauer en Hueso Húmero, junio de 1982: "no dudamos que con Vida Perpetua avanza la elaboración del lenguaje poético en este país, pero que el poemario mismo se ha inmolado en ese esfuerzo: su propia novedad dificulta la comunicación con el lector, pone la poesía en entredicho, vuelve secundario el discurso poético." Treinta años después decir que con VP avanzó la elaboración del discurso poético peruano es una afirmación que me parece muy poco sostenible (no es culpa de Lauer: es solo cosa de perspectiva histórica. En 1982 todavía era difícil de tener por el escaso tiempo que había pasado de la publicación del libro y era imposible anticipar el proceso que seguiría la poesía peruana en las décadas siguientes.) Algo parecido le sucede a Las armas molidas (1996) aunque en menor medida. Su mejor libro sigue siendo Un par de vueltas por la realidad (1971), sin duda uno de los poemarios imprescindibles de su generación y de la poesía peruana contemporánea".


 
 
Me da pena decirlo, pero ya es evidente a estas alturas que JCY no entiende, en poesía, más que discursos formales, discursivos, lógicos, sin riesgo. Tal vez le falta comprender que la poesía se sostiene por los conservadores y avanza por los innovadores, y ese era el sentido esencial del comentario de Lauer que cita.
 
Eso no es todo. JCY pontifica y ya no le parece necesario ejemplificar sus afirmaciones, si alguna vez tuvo ese cuidado esencial, sobre todo en poesía. Así, determina sin mayor sustento que su caprichosa opinión, que Las armas molidas adolece de la misma y supuesta "dolencia" que Vida perpetua, pero en menor medida.
 
Las armas molidas es, sin ninguna duda el mejor poemario de Ramírez Ruiz, sencillamente porque conjuga dosificadamente innovación y tradición, experimentalismo y rigor eufónico y formal. Faltan años para que gente inteligente y no solo ingeniosa empiece a otorgarle su lugar a un libro como este (hay un gran esfuerzo de Tulio Mora, al respecto).
 
En cuanto al previsible Un par de vueltas por la realidad, tiene como mayor valor el atenerse a los primeros postulados de Hora Zero, pero lamentablemente es lo que realmente ha envejecido más en su producción, tal como lo ha hecho la paráfrasis parcial que hace Verástegui de "Aullidos" en su primer poemario.
 
Paradoja: entender una poesía tan compleja como la de Vida perpetua implica precisamente que el crítico se aleje de amenidades como el sudoku, el pupiletras y demás veleidades que, de manera extraña y con énfasis lapidador, JCY usa para desprestigiar el libro de JRR. Qué raro.

Algunos esfuerzos de comentaristas serios sobre Las armas molidas:

* http://rauljurado.blogspot.com/2008/01/las-armas-de-juan-ramirez-ruiz-sus.HTML

* http://ancash444aproximacionesajuanram.blogspot.com/2013/03/una-conversacion-repentista-con-juan.HTML

* dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2656316.pdf


 
 
---Juan Ramírez Ruiz. Fundador de Hora Zero y gran poeta peruano. 

8.5.14

UN CUENTO DE THORNDIKE (CON CARGO A ANALIZARLO)

Jessica Lagunas, Abuela, madre, hija, 2005

DÍA DE SALIDA

Jennifer Thorndike






 1
Hoy es viernes, día de salida. Me levanto, me cambio, me lavo la cara y me recojo el pelo en una cola. Luego salgo del cuarto. Ella está esperándome con la lista de víveres, el celular, las llaves y el dinero exacto. Sabe cuánto gastamos todas las semanas en el supermercado, no se necesita más. Ella saca los tres candados que resguardan la puerta antes de abrirla. No son los únicos: cada puerta o ventana está asegurada para evitar que alguien, sabiendo que adentro hay dos mujeres solas, entre a robar. Su miedo es enfermizo, como todo en ella lo es. Ahora se acerca para despedirse y darme su bendición, pero yo la rechazo instintivamente.

-No te demores.

No demoraré, no puedo. Ella controla el tiempo que debo estar fuera. Entre una hora y media y dos, no más. Si los minutos se dilatan, comenzará a llamarme sin parar. No soporto la vibración del celular ni sus preguntas de siempre: ¿Dónde estás? ¿Por qué te demoras? ¿No te parece mal dejarme sola tanto tiempo? Salgo.

Todos los viernes, cuando ella cierra la puerta y yo después de siete días respiro el aire exterior, revivo la idea de no regresar. Para cualquiera sería fácil robar el dinero de la semana, abandonar el celular y huir. Pero para mí no lo es: a medida que avanzo, siento que su presencia se vuelve abrumadora y me acosa, sin importar cuán lejos de casa esté. Entonces imagino la huída: comenzaría a correr, buscando desesperadamente perderme antes de que ella consiga darme caza. Pero sé que es imposible: ella tiene la capacidad de invadir todos los espacios de la ciudad donde me encuentre. Media vuelta y a comenzar de nuevo, a caminar sobresaltada, escondida, nerviosa, contando los billetes sin poder soportar sus ojos vigilantes y su voz repitiendo eres una desgraciada, mala hija, dejas a tu madre sola y sin comer sabiendo que es una mujer enferma, mala hija, en un eco sin final que me haría sentir culpable y terminaría partiendo mi cuerpo en unos pedazos que ella recogería para armarlos a su antojo y depositarlos, bajo custodia de un nuevo candado, en esa casa ultra segura que sólo abre sus puertas cuando su voluntad lo cree necesario.

Abandono la idea de la huída y entro al supermercado. Comienzo a comprar los víveres mirando el reloj, paso por la sección de limpieza siempre observando la pantalla del celular (no vaya a ser que haya llamado) y me detengo ante la licorería para hacer cálculos y ver si esta semana puedo comprar una botella de su vino favorito sólo para molestarla y que sienta tanto como yo el peso de la tonelada de pastillas para los nervios con las que se droga y no le permiten tomar alcohol. Pero desisto, dejo el vino en la caja y pago lo demás. No voy a recibir vuelto.
-¿Desea donar sus centavitos?
-No.

No, déjeme los centavitos para sentir que tengo dinero y que es suficiente para huir, cambiar de ciudad, de identidad y así evitar que me ella me encuentre. La ansiedad por enfrentar ese otro lado desconocido crece. Cuento: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… seis centavos. Los meteré en mi latita. Ojalá hubieran inventado estas moneditas hace veinticinco años, cuando todo esto empezó. Quizá ahora ya tendría suficientes. Las meto al bolsillo y regreso a la casa empujando el carrito con las bolsas. Quiero que el camino se haga más largo para no llegar, pero mis pies aceleran el paso porque saben que el celular puede comenzar a vibrar. Ella me está esperando: sus ojos colgados de la ventana, el teléfono en la mano. Abro la puerta, descargo las bolsas. Ella pasa los candados por sus aldabas. Me quita la llave y yo subo a mi cuarto. Cierro la puerta para no escuchar sus quejas. Lo último que logro entender es la palabra malagradecida que sobresale cada vez que pronuncia mi nombre.

2
Quise sacar el espejo de mi cuarto, pero ella no me lo permitió. Le di mis razones, pero como no quiso escucharme, decidí romperlo. Su desesperación la llevó a hacer una de sus escenas habituales. Sin embargo, por primera vez dio patadas contra la puerta y buscó que alguna de las llaves de su manojo pudiera violar mi cerradura. Pero sabía que era inútil, que yo había logrado quitarle la única copia de la llave de mi cuarto el día que decidí refugiarme en él. Era lo mejor: encerrarme dentro del cuarto para verla lo menos posible.

La puerta parecía no soportar más golpes. Jalé la cómoda y bloqueé la entrada. Luego me miré en uno de los pedazos de espejo y redescubrí los cambios que había sufrido mi cuerpo. Estaba cansada de ver las arrugas que atravesaban mi cara, la piel caída, las canas que asomaban cada vez en mayor cantidad, los vellos encima del labio, las cejas ahora varoniles. Mis razones eran válidas, se lo repetí hasta el cansancio. Volví a correr cómoda, abrí la puerta y le tiré los pedazos de espejo a sus pies.
-Lárgate.
-Pero hijita…
Volví a encerrarme. Al otro lado de la puerta, ella empezó a hablar en tono conciliador. Últimamente no lo hacía porque sabía que yo no iba a responderle. Con los años desarrollé la capacidad de no prestarle atención. Sin embargo, ella, con su mente siempre activa buscando la manera adecuada de hacerme daño, había inventado un sistema de torturarme incluso en el único espacio donde podía evitarla. Pasaba diariamente papelitos donde se encargaba de comunicarme lo que yo no quería escuchar. Finalizaba siempre de la misma manera:

Que Dios te ablande el corazón, hija mía, para que salgas de ese cuarto y vuelvas a estar al lado de tu madre. Tú sabes que eres lo único que tengo, que eres mi única familia. No me puedes dejar sola porque podría pasarme algo, podría morirme. Yo sé que tú no eres mala como tu hermano, yo sé que tú no harías lo que él hizo. No me trates así, encuentra un poco de comprensión para tu madre. Me muero por abrazarte y que me abraces. Lo necesito, hijita. No puedo estar sola. Ruego a Dios que te ablande el corazón. Te quiero mucho.

Tenía que leer cada papelito que pasaba por debajo de mi puerta porque temía que efectivamente hiciera algo, que ese papel fuera una carta de despedida y yo terminara cargando con la culpa. Ella no era una persona normal. Siempre había estado mal de los nervios. Por eso mi papá y su otro hijo la habían dejado. Yo también lo hubiera hecho, pero no pude. Ella restringió mis salidas y tomó todas las decisiones sobre mi futuro. Me hizo sentir culpable de sus errores, y finalmente impuso que me quede a su lado para cuidarla, diciendo que yo se lo debía en recompensa a tantos sacrificios que ella había hecho. Además, desde joven comenzó a actuar como si fuera una inválida, siempre con la excusa de sus nervios. Conseguía receta tras receta de ansiolíticos, antidepresivos y pastillas para problemas neurológicos, todo para convencerme de que estaba enferma y que no podía valerse por sí misma. Lo logró, y por eso sigo acá. Pero no pienso salir del cuarto más. Abrazarla me produciría repugnancia, odio. El odio es el único sentimiento que todavía puedo percibir con claridad.

3
Hay un cristal roto en la ventana de mi cuarto. Al igual que el espejo, lo rompí en uno de esos momentos de angustia que suelo tener con frecuencia. La noche que rompí el cristal, por ejemplo, fue la primera vez que tuve esa pesadilla que ahora se ha vuelto recurrente: la veo saltando por la ventana y estrellándose contra el piso. Luego se presenta la imagen de su cuerpo reventado, e incluso comienza a percibirse el hedor de la carne pudriéndose. Sin embargo, cuando me acerco y me detengo en la expresión de su rostro, me doy cuenta de que una sonrisa satisfecha se dirige a mí.
-Te he malogrado un poco más la vida.

Desperté. Al principio me quedé como apagada, ligeramente adolorida. Miraba el techo sin poder moverme. Luego sentí una angustia desbordante y quise tomar aire porque me estaba asfixiando. Me encontré con la ventana cerrada por un candado. Empecé a dar de puñetazos hasta que rompí uno de los cristales. Entró un poco de aire, pero no me era suficiente. Empecé a inhalar con fuerza como tratando de sacar aire de un respirador artificial. Sirvió. Cuando logré calmarme del todo, agradecí la pesadilla. Ahora tenía ese respirador artificial (que había cubierto con un plástico transparente) cada vez que lo necesitaba, sobre todo los domingos en que ella, una vez más, deslizaba la misma notita adjunta a los avisos clasificados de vivienda:

Mira, hijita, lo caros que están los departamentos. Sería imposible que te fueras a vivir a otro lugar con lo caros que además se han puesto los servicios. La luz es la peor, ya sabes. Te he marcado algunos para que te convenzas. Te quiero, a ver si sales un ratito.

Resaltados en amarillo, la lista de los departamentos que me eran inaccesibles, la confirmación de que estaba amarrada a ese cuarto, a esa casa, a ella, de por vida. Y en ese momento buscaba el respirador artificial, le quitaba su cubierta y sacaba la nariz. Me sentía aliviada. Pero luego abría los ojos y odiaba esa fuente de aire, la ventana entera, porque en lugar de ampliar mi espacio lo limitaba. Esa ventana era su representación perfecta y por eso el respirador artificial no era suficiente. Y el vértigo, una vez más, me tumbaba en la cama con el periódico al lado y los pulmones completamente vacíos.

4
Me he sentado contra la puerta de mi cuarto. Ella la golpea y grita. Me doy cuenta de que ha roto la botella de vino que le traje porque el líquido rojo se cuela por debajo de la puerta. Yo me distraigo formando figuras con las manchas que deja el vino en el parquet.
-Desgraciada, tanto me he sacrificado por ustedes para nada. Cuando me muera te vas a dar cuenta de lo mala que has sido con tu madre.

Toco las manchas con la mano, las estiro. El líquido es absorbido por la madera mientras yo recibo sus gritos, sus insultos, sus amenazas. Y las manchitas que se extienden, me envuelven y me protegen porque concentrada en ellas no escucho, no siento, no veo más que su color rojo sobre el parquet. Miro esa figura que se retuerce y que muta, y pido que ella se tranquilice porque si hace algo, yo seré la responsable y la responsabilidad se ocupará de borrar todas estas manchas que ahora me distraen.

-Mala hija.

Ella deja de golpear la puerta. Después escucho que se encierra en su cuarto, que está al lado del mío. Su presencia tan cercana me abruma.

Me levanto y voy a la ventana. El plástico cae y entra el aire helado. Nunca me es suficiente, pero no me quejo. En el respirador artificial se me pasó por la cabeza comenzar a contar. ¿Cuántos años tiene? ¿Cuántos años de vida le quedan? Yo tengo cincuenta, cincuenta y uno, cincuenta y dos, ¿cincuenta y cinco? Entonces ella debe tener ochenta y tres. ¿Cuántos años más tengo que esperar?

Desde que cumpliste ochenta, cuento y cuento y no tengo cuándo terminar de contar porque el tiempo se sigue estirando, la espera se prolonga y no hay nada que me indique que vaya a terminar pronto. El respirador no cumple su función y me ahogo y admito que tienes razón en lo de desgraciada, en lo de mala hija, en que no me importas en absoluto porque todos los días deseo que llegue el momento y vuelvo a contar y me agoto y me ahogo y la ventana con el vidrio roto no me sirve de nada.
En ese momento, no me queda más que recurrir al cajón donde están todos los papelitos que pasas por debajo de la puerta. Y saco uno que conservo un lugar especial, protegido, aislado, marcado, uno que todavía puede darme un futuro a pesar de los ¿cincuenta y seis? años que cada día siento más insoportables:

Hijita, quería conversar contigo, pero no me abres la puerta. Hablé con el abogado y me dijo que probablemente el resto de mi herencia quedará estancada en los procesos judiciales y las deudas de tu abuelo. No me dio esperanza de que ni yo, ni tú, ni tu hermano podamos disfrutar de ese dinero. En fin, no nos falta nada por ahora, pero imagino que el día que me muera, tú podrías quedarte en la calle, ya que ni siquiera terminaste la carrera que escogí para ti y que tanto sacrificio me costó. Como me preocupo por ti, a pesar de que no lo mereces, he decidido ponerte como beneficiaria de mi seguro de vida. Con ese dinero algo podrás hacer cuando tu madre te falte. He dejado los papeles en la maleta blanca donde guardo los documentos. Espero que Dios, la virgen y sus ángeles te protejan siempre. No dejo de rogar también para que se te ablande el corazón y salgas a ver a tu madre, que está sola en este mundo y solamente te tiene a ti.

El papelito y yo por un instante cobramos vida, nos ilusionamos: él por prometer, yo por confiar. De pronto, escuchamos que ella sale de su cuarto y comienza a golpear la puerta otra vez. El papelito se me escabulle de las manos y cae encima de la mancha de vino que está bajo mis pies. Se ahoga.
-Sal a limpiar, no esperarás que una vieja como yo se parta la columna haciéndolo.

Abro mi puerta y tomo el trapeador que ella sostiene. Me pongo de rodillas y recojo los vidrios. Ella supervisa, me indica lo que debo hacer, me hace cumplir sus órdenes. Yo limpio, encero, lustro mientras cuento y cuento y cuento…

5
Dos días sin pasarme papelitos por debajo de la puerta era una rareza en ella. Por eso salí, tomando precauciones. Ella podía estar planeando algo para obligarme a salir del cuarto y así dejarme a vulnerable ante su presencia sin puerta, ni respirador artificial, ni papelitos de por medio. Sin embargo, no se escuchaba nada, la casa parecía vacía. La busqué por el piso superior, no estaba. Bajé las escaleras y la encontré en la mecedora de la sala, inmóvil. Me acerqué. Todavía tenía un lapicero en la mano. Encima de la mesa de café, había una nota que no había terminado de escribir:

Hijita, estos días no me he estado sintiendo muy bien. No te lo dije antes porque no quería preocuparte, aunque si no fueras como eres e hicieras lo que debes de hacer, ya te habrías dado cuenta. Si este malestar no me pasa mañana, llamaré al doctor. Espero que estés presente cuando venga porque es lo que te corresponde. Sé que no me dejarás sola, que me quieres a pesar de ese carácter tan difícil que tienes. Yo no sé qué te he hecho para que seas así conmigo. En todo caso, espero que si te hice algo, entiendas que siempre fue porque pensé que era lo mejor para ti y por eso sé que no hice mal y no me arrepiento…

La nota terminaba ahí y, aunque hubiera seguido, no habría continuado leyéndola. La tomé y la guardé en mi bolsillo para almacenarla en mi cajón. Luego le tomé el pulso y no pude sentir nada. Tampoco respiraba. El lapicero se dejó caer de su mano para confirmarme lo que yo ya sabía. Había llegado el momento de dejar de contar, de salir, de olvidar. Vi su manojo de llaves. Lo llevaba colgado a la cintura. Me costó moverla para sacarlo. El rigor mortis se estaba encargando de continuar la misión que ella había planeado para mí desde el día en que me concibió. Y yo luchando, convirtiéndome en un ave de rapiña que necesitaba sus restos para sobrevivir. Hasta que cedió y yo comencé a ahogarme otra vez, a probar las llaves de los tres candados de la puerta. Y éstas, también conspirando, se resbalaban, se confundían, no coincidían hasta que pude vencerlas y romper los cerrojos con las uñas astilladas, con las manos enrojecidas.

Salí. Respiré hondo y me dejé invadir por los recuerdos para dejarlos ir. Y cuando se fueron me di cuenta de que eran lo único que tenía, que borrarlos significaba quedar vacía. Miré alrededor y no sabía qué hacer, ni a dónde ir, ni por dónde comenzar. Entonces recordé que ella siempre repetía que lo que ocurriera fuera de esta casa a mí no debía importarme. Y yo, cuando todavía era joven, me sentía indignada y quería pegarle, quería callarla y coserle la boca para que dejara de repetirlo. Cuando pasaron los años, ese comentario que antes parecía un aguijonazo dejó de dolerme, dejó de sentirse, dejó de molestarme. Finalmente, ahora me doy cuenta por qué.

27.4.14

SOBREVALORACIÓN DEL ENTUSIASMO Y POCA DEDICACIÓN


Sabido es que sin entusiasmo no se puede hacer nada, ni en la literatura, ni en la vida.

Pero hay quienes piensan que el puro entusiasmo puede curar sus carencias de formación literaria y su falta de talento. Organizan recitales, se meten de editores de libros sin lustre lexicográfico ni orden de catálogo. Llenan su Facebook con fotos acompañados de verdaderos talentosos creyendo ingenuamente que algo se les pegará.

En suma: piensan que la literatura es un inmenso besamanos entre amigos e intercambio de flores seudocríticas. Celebramos que celebren; pero, ¿qué celebran? ¿Esto?:

Peña entrevista a Briceño. Briceño reseña a Peña. Yrigoyen canoniza a Pimentel junior; Pimentel junior ensalza, una vez más, a Yrigoyen. Méndez --sorpresa para mí-- encomia un cuentario de Víctor Ruiz Velazco; VRV devuelve el favor invitándolo a un recital en el CC de España. ¿Seguimos?


 Que el compañerismo y el amiguismo campeen en las nuevas generaciones no me parece realmente malo. Después de todo, la historia de la literatura tiene muchos ejemplos de grandes amigos que han dado excelentes obras.

Los peligros, en nuestro caso, son tres: la inmensa cantidad de poetas y escritores de provincia que solo miran la fiesta por la ventana, la pésima calidad de quienes participan de este festín iluso, salvo precisas excepciones, y el peligro inminente de (mal)entender el hecho literario como un complaciente "reséñame que te reseño, convócame que te convoco".

Cuidado, estimados coleguitas: pronto llegarán los cuarenta, y muchos tendrán, antes que una obra coherente, un Facebook lleno de fotos alegres, fútiles y testimoniantes de lo mal que se hicieron las cosas teniendo todo a favor.

Aún hay tiempo, jóvenes.
 

25.4.14

Pequeño ensayo sobre crítica de poesía

La idea es crear un discurso crítico con estas dos declaraciones de dos grandes poetas peruanos. En un principio, pueden parecer tener muy pocos puntos en común, pero el ejercicio consiste precisamente en descubrir cómo se pueden vincular para decir algo más de lo que dicen individualmente. Mi propuesta: mañana.



Guevara:

"Las dos grandes censuras o prohibiciones de los hombres son el sexo y la política. ¿Puedes creer que la mayor parte de las palabras que la gente llamada literaria oye son las que tienen connotaciones sexua...les y políticas? Eso demuestra, pues, que ya ellos han aceptado un discurso de las lisuras. Ellos creen que hay palabras sagradas y palabras profanas; ellos creen que hay palabras bellas y palabras feas; ellos creen que hay palabras groseras que un hombre digno, sabio, no debe decir; que hay palabras que solo pueden decir los dignos y los sabios, ellos creen que hay palabras que no se pueden usar: las palabras políticas, las palabras que ellos consideran las más pedestres, las más gastadas, las más falsas.

(...)

¿De qué se espantan si la palabra verdaderamente libre es la palabra del hombre en su plenitud? Un hombre pleno no tiene por qué tenerle miedo a las palabras. Ni siquiera a las palabras más procaces. Porque puestas en orden de literatura, o sea en frente de batalla literaria, dan resultados geniales."

 



Eielson:


"La poesía --como toda actividad creativa-- está siempre enraizada en el contexto social, político, histórico, cultural y hasta económico del autor. Su voz, por cuanto personal y privada, surge fatalmente condicionada por estos factores."

La autobiografía de Arthur Schnitzler

Hay libros que, por circunstancias diversas, demoran en llegar a nuestras manos. Ese es el caso de Juventud en Viena, autobiografía del que para mí es el padre de la novela corta contemporánea: Arthur Schnitzler.

Lo tengo entre mis manos gracias al amigo librero Pedro Ponce, quien me lo vendió a precio "huevo" el sábado pasado, en su puesto del Bulevar de Quilca. Tuve que hacer muchos esfuerzos para llevarme ese libro y no otros muy atractivos que ofrecía en su surtido puesto.

Venía persiguiendo este volumen durante mucho tiempo. De hecho, cuando llegó como novedad a librerías limeñas, hace algunos años, trajeron muy pocos ejemplares, los cuales se agotaron antes de que pudiera hacerme con uno de ellos.

El libro nos cuenta en realidad cómo un joven estudiante de Medicina --mediocre, según sus propias palabras-- termina encontrando su camino hacia la literatura luego de culminar una carrera que apenas ejercería, y de lidiar con amores inconclusos, amigos pretenciosos de clase alta y una sociedad en plena transformación y ebullición: la Viena del Imperio de los Habsburgo.

Destacan dos cosas en estas deliciosas memorias. La implacable y divertida honestidad con que el autor nos revela los secreto de su formación juvenil:

"desde el punto de vista ético he hecho una estupidez estudiando Medicina. Para empezar, soy del montón. A esto se añade, en primer lugar, que soy un vago; en segundo y con consecuencias más graves, la vergonzante hipocondría a la que esta espantosa carrera, por lo que muestra y nos hace ver, me ha llevado en el curso de los años".

Pero además el estilo sosegado, terso con que Schnitzler nos cuenta los detalles de sus sentimientos más íntimos, como si estuviera describiendo un paisaje externo en lugar de uno interno:

"Todavía no sé, hasta hoy, si tengo verdadero talento para escribir; creo que por todos los poros de mi vida, de mi pensamiento, me siento inclinado a ello como si la ley de la gravedad me empujase. (...) Tengo que reconocer que mi orgullo se revuelve a veces con gran virulencia cuando veo que hay muchísima gente que se identifica conmigo y a la que ni se le pasa por la cabeza que yo pueda ser tal vez otra clase de persona".

Ejemplo brillante de honestidad intelectual, y hasta cierto punto, clave para entender su producción literaria, Juventud en Viena es de esos libros que no se limitan a satisfacer el fetichismo de los admiradores del escritor; arroja luces insospechadas sobre la obra del autor, lo cual siempre será motivo de agradecimiento.

---El autor.

22.4.14

Eagleton contra la deconstrucción

Tomado de La función de la crítica.


La desconstrucción puramente «textual» de la variedad de Yale se beneficia al menos en dos aspectos de la idea de que la crítica, como el propio lenguaje, siempre está de algún modo en crisis. Por una parte, este enfoque contribuye a ocluir la especificidad de la crisis histórica a la que se enfrenta en este momento la crítica, diluyéndola en una ironía generalizada del discurso y aliviando así a la desconstrucción de las responsabilidades de la autorreflexión histórica.
Por otra parte, el hecho de que siempre estemos en crisis garantiza a la desconstrucción un futuro seguro y de hecho interminable. El gesto desconstructivo, según explica Hillis Miller, siempre fracasa, «de tal modo que hay que realizarlo una y otra vez, interminablemente... ». Se trata, desde luego, de un tipo de fracaso con el que resulta reconfortante tropezarse, pues promete mantenernos indefinidamente en una empresa, al contrario que esos programas de investigación que nos frustran al quedarse sin fuerza en el preciso momento en que estamos a punto de conseguir un ascenso.

Como ningún texto crítico desconstructivo podrá quedar lo bastante purgado de algunas partículas de positividad, siempre hará falta otro texto que las disuelva, y que a su vez sea vulnerable a otro, mientras no se acepten las páginas en blanco como publicación académica. Si el efecto de tal desconstrucción es la reproducción interminable de lo académico, hay no obstante una izquierda desconstructiva que sí ha reconocido, aunque sólo de manera nominal, el problema de desconstruir esa institución. La política de esta desconstrucción de izquierda se ha caracterizado por la anarquía: una sospecha del poder, la autoridad y las formas institucionales como tales, lo que es de nuevo una inflexión radical del liberalismo. Una crítica institucional de este tipo está abocada a ser formalista y abstracta, además de encubiertamente moralista; pero también es posible ver una cierta fijación postestructuralista con el poder como tal, como reflejo de un problema histórico real, pues una vez que se ha cuestionado la ideología humanista liberal dominante de las instituciones académicas -una vez que se asume que ese humanismo liberal es cada vez más anacrónico- no es fácil ver exactamente cómo contribuye esa institución a la reproducción de relaciones ideológicas más amplias, suponiendo que ese mismo cuestionamiento no se deseche con brusquedad por «funcionalista».
Dicho de otra manera, resulta plausible considerar que estas instituciones utilizan el poder por usarlo, que son máquinas que se autoabastecen de energía y cuyas luchas de poder tienen una referencia puramente interna, en una época en que las relaciones ideológicas entre la academia y la sociedad son más complejas, ambiguas y opacas de lo que supusieron muchos modelos radicales anteriores. Si la desconstrucción le dice al humanismo liberal académico que no sabe lo que hace, o si hace o no hace nada, o si puede saber si hace o no hace nada, ello se debe no sólo a la naturaleza tropical ficticia de todo discurso; también es por una incertidumbre histórica en las funciones sociales generales del humanismo académico, lo que ni éste ni la mayor parte de la desconstrucción va a reconocer nunca plenamente.

14.4.14

¿EXISTIÓ UNA "GUERRA CIVIL" EN EL PERÚ O FUE LA ÉPOCA DEL TERRORISMO?

Donde este blóguer se permite una pequeña reflexión extraliteraria debido a ciertos recientes sucesos.




El apresamiento de la dirigencia y algunos connotados miembros del Movadef, organización que forma parte de lo que queda del PCP-SL, ha movido muchas conciencias y hecho levantar la voz de protesta a muchos jóvenes en las redes sociales.

Con pena he comprobado que aquellos jóvenes que no sufrieron los años del terror en nuestro país, han caído en la trampa de esta organización, que les habla de que en el Perú hubo una "guerra interna" y hasta una "civil war", como reza en la portada de un libro de ensayos publicado hace poco por el doctor Paolo de Lima.

Cuando vi y hojee este trabajo, decidí que no iba a criticarlo porque, más allá de ese error de apreciación sobre el triste papel que le tocó hacer a SL entre 1980 y 1993, se ve que es un libro documentado, bien organizado y que debe haberle tomado mucho tiempo de trabajo al investigador. Compilar papelitos y volantes de hace casi tres décadas no es fácil.

Voy a mantener mi posición con respecto a ese libro, a pesar de que su visión sobre la poesía de los ochenta es demasiado sesgada.

No puedo, sin embargo, dejar de referirme a la sarta de imprecisiones y ambigüedades que muchos escritores y lectores han expresado a través de las redes sociales al enterarse de la detención de los miembros del Movadef, entre otras cosas, por haber recibido, su dirigencia, dinero sucio del senderista "Artemio" en Huánuco.

En primer lugar, nunca está demás recordar lo que estableció la Comisión de la Verdad y Reconciliación sobre la naturaleza tanto de la época que vivió el Perú como del propio PCP-SL:



 9. La CVR ha constatado que la tragedia que sufrieron las poblaciones del Perú rural, andino y selvático, quechua y asháninka, campesino, pobre... y poco educado, no fue sentida ni asumida como propia por el resto del país; ello delata, a juicio de la CVR, el velado racismo y las actitudes de desprecio subsistentes en la sociedad peruana a casi dos siglos de nacida la República.

13. Para la CVR, el PCP-SL fue el principal perpetrador de crímenes y violaciones de los derechos humanos tomando como medida de ello la cantidad de personas muertas y desaparecidas. Fue responsable del 54 por ciento de las víctimas fatales reportadas a la CVR. Esta cuota tan alta de responsabilidad del PCP-SL es un caso excepcional entre los grupos subversivos de América Latina y una de las singularidades más notorias del proceso que le ha tocado analizar a la CVR.

14. La CVR ha comprobado que el PCP-SL desplegó extremada violencia e inusitada crueldad que comprendieron la tortura y la sevicia como formas de castigar o sentar ejemplos intimidatorios en la población que buscaba controlar.

15. La CVR ha encontrado que el PCP-SL fue en contra de las grandes tendencias históricas del país. Poniendo en práctica una férrea voluntad política, se expresó como un proyecto militarista y totalitario de características terroristas que no conquistó el apoyo duradero de sectores importantes de peruanos.

16. La CVR considera que el PCP-SL sustentó su proyecto en una ideología de carácter fundamentalista, centrada en una rígida preconcepción del devenir histórico, encerrada en una visión únicamente estratégica de la acción política y, por tanto, reñida con todo valor humanitario. El PCP-SL desdeñaba el valor de la vida y negaba los derechos humanos. (Seguir leyendo)



Como cualquiera puede darse cuenta, lo que pasó en el Perú estuvo muy lejos de ser una guerra civil; más bien fue una época de terror y barbarie con SL como principal protagonista, pero con las FF. AA. también haciendo su peor trabajo. En medio, la población más pobre del Perú, acosada y asesinada cobardemente por ambos bandos, como sucedió con la luchadora social María Elena Moyano, asesinada vilmente y luego dinamitada por un comando terrorista de SL.

Resulta, pues, iluso o hipócrita ahora hacerse de la vista gorda con los desmanes genocidas de SL y apoyar una absurda "amnistía general" que dejaría libre no solo al asesino "presidente" Gonzalo, pero también al otro asesino y ladrón, Fujimori, y a muchos otros terroristas y corruptos que están bien encerrados en la cárcel por lo que hicieron.

Las heridas sociales que supuestamente fueron el "caldo de cultivo" para el terror, aún subsisten en el Perú del cacareado despegue económico de hoy. Cómo dudarlo. Pero esas mismas heridas se daban en medio centenar o más de países en nuestro planeta en los ochenta, y solo nosotros teníamos un movimiento tan sanguinario y autoritario como SL.

La pobreza y la desigualdad, así, no explican per se el aventurerismo de este movimiento terrorista inspirado a rajatabla en las tesis de la guerra de guerrillas maoísta.

Nunca estará demás recordar el terror a que fuimos sometidos por la barbarie senderista y por la mala respuesta de las Fuerzas Armadas, que tontamente cayeron en los mismos desmanes que SL cometió contra la población inocente.

Un pueblo que olvida su pasado es proclive a repetir sus errores, se dice. En el caso del terrorismo esto es más cierto que nunca. 


---En la imagen, la portada de La República dando cuenta del vil asesinato de María Elena Moyano.

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