19.2.06

El Anfitrión de Jorge Edwards y la reactualización del mito fáustico del siglo XX: El Fausto criollo, el Fausto moderno
Continuamos con nuestra política de colaboraciones. Una joven egresada de la PUCP Literatura ausculta el Fausto de Jorge Edwards. Atención con esta joven vate que es completa: poeta, narradora y ensayista.


María Fernanda Munizaga

"El vulgo siempre piensa en el alma, en la venta del alma, que es una entelequia, y que no sirve, si vamos a lo concreto, de mucho. En cambio, los pasados, con su diversidad, su ocasional belleza, su tristeza, su corrupción, sus vergüenzas y sus minutos de gloria..."
El Anfitrión p.113

Los anteriores Faustos son hombres de estudios, y en la mayoría de los casos, magos; todos ellos insatisfechos con los límites de su sapiencia. La quisieron agotar al límite y vivir intensamente pero están insatisfechos de los poderes de su propia mente. "¿Con el concurso de qué fuerzas, naturales o sobrenaturales, divinas o diabólicas, descifrar, para dominarlos mejor y jugar con ellos sin trabas, los arcanos de un mundo que se resiste a nuestras investigaciones más apasionadas? A Fausto le importa poco, con la urgencia febril de su deseo.”(Bricout, B. La Mirada de Orfeo, 87-88)
En El Anfitrión no encontramos al mago estudioso ni a un genio creador como en Thomas Mann. Faustino es, ante todo, un hombre común y corriente con lo que podríamos llamar "únicas singularidades" de ser hombre de izquierda, intelectual y exiliado. Pero lo que a él lo hace digno de la mirada diabólica es su secreto deseo de poder. El poder político, firmemente deseado, pero a la vez oculto que reúne en sí la mezcla de ideologías que son reflejo de su infancia aristocrática y su formación de adulto joven en las canteras del partido comunista.
En la novela de Edwards, la sabiduría es cambiada por el liderazgo político ante hombres tan divididos entre el capitalismo y el comunismo como él mismo. Esta división de carácter ideológico se repite en la división geográfica en Berlín, el comunismo encerrado al interior del muro de Berlín. Faustino mismo se asemeja a Berlín: se ubica dentro de un ambiente socialista, tal como la ciudad de Berlín se encuentra en el corazón de la República Democrática Alemana (socialista), pero es rodeada por un muy fuerte y vigoroso lado burgués y capitalista que encierra a Faustino y camaradas en una burbuja que los aisla y protege de las influencias económicas aceptadas por la mayor parte del mundo.
En Chile, aunque tambien hay esta mezcla en los compatriotas de Faustino, se ve físicamente expuesta de manera clara en el contraste entre el manicomio y la bolsa de valores. Además, el pasado aristocrático de Faustino se muestra en el mundo rural de Talca, mientras que su presente socialista es representado en su viaje por el Santiago 'subterráneo' a donde es llevado por Apolinario para que se encuentre con sus camaradas. Es así como estas divisiones están representadas de manera geográfica pero también intervenida por la mano del hombre.
El hombre moderno ya no se parte en la dicotomía del poder y el saber. Si bien es cierto que el saber, la sapiencia, es una forma de poder, también es cierto que el poder por sí mismo puede gobernar sin ayuda de la sabiduría. La tríada "saber/poder/tecnología" se hace más presente ahora, cuando la capacidad de manejo de la tecnología no implica necesariamente ni el conocimiento ni el poder. Asimismo, la sabiduría no está relacionada directamente con el poder ni con la tecnología. El caso del poder es un poco más complejo: no necesariamente supeditado a la tecnología ni a la sabiduría, el poder sí necesita de ellas, puede servirse de ellas por terceras personas, manejarlas y hacer con ellas lo que le plazca. El hombre moderno de este modo no necesita de la tríada en conjunto.
Si bien Faustino no necesita un conocimiento sobrehumano, ni tampoco de toda la tecnología disponible (cosa que Apolinario sí necesita) para adquirir el poder. Apolinario, por su parte, sí necesita del conocimiento, aquí expresado como el manejo de información; también necesita de la tecnología (como su misteriosa máquina voladora), pues por medio de ella se moviliza, y hasta llega a dar la impresión de que puede estar en muchos lugares a la vez.
En El Anfitrión la semántica cristiana medieval se ve reemplazada por la cosmovisión del hombre moderno del siglo XX. El alma deja de ser el bien más caro al individuo, y pasa a ser su identidad, una identidad definida necesariamente por el pasado personal. Es por ello que el objeto del contrato en El Anfitrión pasa a ser el pasado y no el alma, como lo había sido en los Faustos anteriores. Es más, Apolinario, incluso, se mofa de las preocupaciones cristianizantes de Faustino en torno al juicio final y, posiblemente, su alma.
Como en las novelas anteriores que retoman el mito fáustico, el diablo también adopta las formas modernas de la época. Viaja en máquinas voladoras, tiene todo tipo de contactos y se comunica por teléfono. Sus disfraces son físicos, no transmutaciones explícitamente mágicas. Aquellas cosas con las que va tentando a Faustino, sin embargo, pueden seguir pareciendo las de siempre: sexo, poder, dinero; pero están envueltos dentro de un contexto moderno y reactualizado con apariencia realista.
La forma medieval y ocultista del pacto, que involucraba ritos y perturbadores actos mágicos que involucraban la sangre, es reemplazada por acuerdos civilizados notariales que, de no poderse concretar, pueden ser sustituidos temporalmente por acuerdos verbales comunicados por el teléfono, tomado como epíteto de las comunicaciones modernas.
El Fausto (Faustino) de El Anfitrión, tiene además preocupaciones distintas a las de los Faustos anteriores. Se involucra directamente con la situación política tanto mundial como chilena de fines del siglo XX: el enfrentamiento entre el comunismo y el capitalismo. Este enfrentamiento incluso lo lleva dentro de sí, y lo que busca secretamente es el poder para poder resolver este conflicto en Chile aun si para ello tiene que sacrificar su identidad propia. Su duda entre capitalismo y comunismo solo puede ser resuelto perdiendo su identidad y por ende haciéndolo todo un punto muerto.
A través de estos puntos, todo el mito se ve reactualizado y llevado a la realidad política y cultural de la literatura latinoamericana de fines del siglo XX.
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