15.2.06


Un gran escritor, una obra menor. Sobre El goce de la piel

El joven narrador Gabriel Ruiz-Ortega inaugura las colaboraciones -abiertas a todos- en este blog, con una reseña que intenta dar cimiento a sus explosivas declaraciones de hace unos días sobre la obra de Oswaldo Reynoso.

Es una realidad axiomática que Oswaldo Reynoso ya ha ingresado a la historia de las letras peruanas. Su obra refrenda y estipula esta afirmación. Puedo aventurarme a decir que casi todos los escritores jóvenes en el Perú han tenido como referencia a libros suyos, en especial a Los inocentes, y considero también que es hora de que se dé el lugar que se merece a Los eunucos inmortales, una de las cumbres de nuestra narrativa.
Luego de muchos años de silencio, nos entregó El goce de la piel. Uno de los méritos que no se han señalado de este libro radica en la búsqueda estilística que realiza Reynoso. La cadencia con la que el autor aborda esta novelita marca el vértigo confesional que salpica del texto, en un juego de máscaras representado por Malte, y en un torrente lírico que delata al poeta que Reynoso siempre ha sido. La tercera parte de esta entrega es la mejor desarrollada: un contrapunto narrativo que revela a un escritor que conoce a fondo el oficio narrativo.
Uno de los puntos realmente flacos de El goce de la piel es la evidente falta de ambición, de novedad. Los tópicos que se desarrollan se pueden rastrear en toda la narrativa reynosiana, tanto la condición homoerótica (tajante y sugerente) de sus personajes como los discursos políticos que subyacen en En octubre no hay milagros y Los eunucos inmortales. Reynoso parece haber picado de su ya conocido crisol temático para ofrecernos esta obra cumplidora, pero que no está a la altura de un escritor canónico como él. Guardo la esperanza de que esta novelita sea una transición a una entrega mayor.
Lo peor que le puede ocurrir al narrador-creador de El escarabajo y el hombre o, en general, lo peor que le puede pasar a todo escritor, es que sus libros sean defendidos y exaltados por su persona y no por ellos mismos. Y como Oswaldo Reynoso es una leyenda viva en nuestra tradición, se empieza a emputecer su literatura a través de discursos politizados y seudohumanistas ("irrenunciable marxista", "excelente ser humano") que no son determinantes –bajo ningún aspecto– a la hora de valorar un texto.
Se empieza a recurrir a su condición de escritor marginal e incómodo, para catalogar su último libro por encima de genuinas joyas narrativas, como En busca de Aladino. La patería y la hipocresía son tan grandes que reflejan una verdadera falta de respeto y consideración a Reynoso. Y en esta estúpida situación están metidos escritores de primer nivel, incapaces de mantener una opinión franca, timoratos para reflejar lo que se dice de esta novelita mientras se fuma y se bebe café. Y no están libres aquellos que, por no quedar mal con el maestro, truecan sus opiniones vertidas en interminables rondas de cervezas en el Superba, por halagos publicados en diarios "combativos".
¿Quiénes quieren a Reynoso? Casi todos. Y en lo personal lo admiro con conocimiento de causa, pues he leído todos sus libros. Pero me es imposible ser el paterazo retórico e ideologizado de Lima. (Gabriel Ruiz-Ortega)

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