4.3.06


de enderezos y delirios: la poesía de rossella di paolo

Víctor Coral

Para Rossella Di Paolo no es cuestión de juegos, aunque lo lúdico esté nunca ausente en su trabajo. Menos de pretensiones eruditas o excesivamente formales: es la sosegada búsqueda –pero claro, a veces inquieta, alerta– de un mostrar las costuras reales en su belleza delirante; algo como sumergirse en un río límpido, amable, y poco a poco sentir el abrazo de las algas subacuáticas, la mano tal vez melosa, insinuante de los seres que allí viven, según conocida leyenda amazónica.
Y hay más. Siempre hay más en una empresa donde razón y emoción y delirio maceran con leve borboteo de clara espuma el duro material de la poesía –a veces cercano al hueso duro de roer (Lezama), otras conviviente de una fibra efímera y austera (Ungaretti)– para proponer al lector el juego más serio del mundo, que llega a ser ya no juego sino espejeo de lo circundante: una poética.
Aquí la tesis central, en torno a la cual gravitarán cual astros muertos (Perse dixit) algunas otras específicas. El trabajo de Di Paolo está en constante diálogo con una visión de la poesía que se afina con el tiempo y los libros, pero que conserva rasgos esenciales previstos desde el primer poemario, Prueba de galera (Antares, 1985):

La orilla sumida en azul.
(Haz de olas
acertando a la isla).
Con la frente desplegada
y el sol anudado a la garganta
blande el rey su voz vertiginosa.
Castillos de arena lo defienden
flamean girasoles encendidos.

Victoria es con el rey.

Encorvado el mar se ciñe a sus pasos
musitando espumosísima súplica.

Ríe el rey, su verde inabordable.
¿Qué hay todavía su Eguren, su enigmatismo debutante? Puede ser. Pero ¿dónde un contracorriente tan claro, tan al desgaire afortunado? Ese lenguaje no tiene que ver con lo dominante ochentero. Ese lenguaje se deslava y suaviza como las pieles ante el brebaje curtidor que las modifica, adelgaza pero ennoblece a la vez.
Y no es que la poeta reniegue de preocupaciones temporales –de cierto las asumirá con brío en su siguiente entrega–, es que desde el principio, con radical tenaz honradez, muestra la base (el enigma), el claroscuro relevante sobre el que evolucionan sus anécdotas, sus personajes, sus poéticos sueños (claro, con ingenuidad, con "homenajes", con tanteos, pero, sobre todo, con ella misma).
Y es que a pesar de lo que afirma su yo poético –¿pero quién es el yo poético?–, Di Paolo no es la "virgen necia que ocultó sus talentos" sino la que puso en continua (Continuidad de los parques, Antares, 1988) enigmática danza algunos elementos centrales: el mar, los pájaros, el viento, incluso el rey aquél cuyo reinado anuncia su declive:

El castillo ha llegado con el viento
con la lluvia se han abierto las banderas
como soles.
(Pasa el rey con su sonrisa
incrustada en la corona)
Los muros estiran su piel de tambor
en tanto doblan cabezas las campanas
y la hierba arde tres siglos
bajo los pies de los hombres
enzarzados en la danza.
(Enigma, pp 29)


Esa continuidad, ahora afiatada, de la confianza en lo etéreo revelador, se entiende –como en los arriesgados amoríos intra castillos medievales– con discretas estampidas confesionales, lo suficiente para constituirse el lenguaje puente de sí mismo hacia una concreción mayor, en una continuidad que es a la vez un sutil cambio de clima, como cuando el viento se revuelve en torno a nosotros, inusitado, y las nubes sombrean el verdor y las aguas –estamos al borde del río de nuevo– generando(nos) un cierto presentimiento:

En cada vuelta de lápiz he ido cerrando la puerta
de este infierno encantado. Fábula de soledad
en que me encierro, abismo sin tregua al que me asomo
en cada palabra que escribo y que me sigue
como ala de ángel o cola de demonio.
(Sal si puedes, pp 53)

El siguiente cuadro (Piel alzada, 1993) nos azota con imágenes nuevas, con afanes acaso poco sospechados. Di Paolo asume su cuerpo para cantar y cantarlo con acierto. Aquí el cuidado formal equilibra el exceso de información, la palabra se tensa e inflama para contener esa lucha de dos clases: la poiesis, por un lado, la "conciencia de un cuerpo gozoso pero también condicionante", por otro (Gazzolo lo afirma en el prólogo).
Algo también relevante: entre lo lúdico y lo místico, la sección final propone una metáfora prestigiosa: el ser amado como figura de la divinidad; el amador como alma individual que ansía unirse por todo lo alto con todo lo alto:

En subiéndome a esta escala
para estrechar con mis ojos su llegada
se derramó mi corazón con sonido
porque allá de lejanías devuelto
se acercaba mi amado.

(...)

¡Tan magnífico mi amado!
Y yo alcancé la calle y corrí con viada.
Ya es de mi boca la boca del amado.
Entramos entrambos a la habitación..."

(Primera versión de la vuelta, pp 51)

Pues así como el juego intertextual está en el primer poema –celebrado con acierto por el respetable–, "La noche oscura" (...una mujer sola, en Lima, qué dirán/ salí sin ser notada/ qué dirán: puta en cierne/ estando ya mi casa sosegada"), así y mejor está en los "Poemas cautivos", donde el diálogo no se restringe al doctor carmelitano sino que se explaya hacia toda la tradición mística de Occidente.
Y ese diálogo continúa... Claro, hay cambios, hay un camino hacia lo mínimo, hay más presencia de lo humano-visceral-concreto mundano. Sea. Pero ello –que nítido está en la última entrega, Tablillas de San Lázaro (Fondo Editorial de La Católica, 2001)– siempre sobre una trama de fondo que empuja hacia arriba lo ganado.
Como que Di Paolo cada vez se va acercando, en un curioso viaje hacia sus propios orígenes, a ello que ya gravitaba en su primer libro. Pero con más confianza, con más talento desplegado, con más know how poético que para eso están los creadores insertos en un mundo en el que casi nunca encajan del todo (tal como figuras en relieve en un muro medieval); a saber, para ir "de un lado a otro de las cosas/ enderezándolas suavemente hacia el delirio".

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