17.3.06


La hora azul y su respuesta crítica en medios locales

La revista Quehacer acaba de publicar su número 158, y entre varios artículos de interés ha incluido uno donde se comenta la extraña respuesta crítica que ha tenido en ciertos medios la novela La hora azul, de Alonso Cueto. Esto es más contradictorio aún cuando la novela no ha hecho más que cosechar elogios en México, España, Uruguay, Argentina (donde acaban de lanzar una nueva edición, en Anagrama-Argentina). Aquí el texto para los que no pueden acceder a Quehacer.

Víctor Coral

Hace unos meses, mientras tomaba un café con un ex compañero de colegio residente en México, en plena Feria de Guadalajara, este me hizo una amarga confesión que muchos habrán escuchado de otras bocas: “No hay peor enemigo para un peruano que otro peruano. Así es, acá y en los EE UU los peruanos se sacan los ojos entre ellos, sobre todo en el ambiente literario y académico”.
Por supuesto que este tipo de afirmaciones generalizadores tienen matices en la realidad. Pero he querido empezar con ella este acercamiento a la respuesta crítica en medios de la reciente novela de Alonso Cueto, La hora azul (Anagrama, 2005), porque de alguna forma ilustra algunas actitudes de críticos jóvenes en el momento de enfrentar la obra de este exitoso narrador turbiamente relacionado por algunos de sus colegas con cierta “posición de clase” enteramente discutible.
Un amigo crítico me sugirió que pusiera de epígrafe a este artículo la famosa frase cínica de Gore Vidal (“Cada vez que un amigo triunfa, algo se muere en mi corazón”). Me pareció sugerente, pero excesivo. No será esta una razia contra los pésimos asedios a la novela citada, por parte de Javier Ágreda, Giancarlo Stagnaro y Luis Aguirre. Pero no daré tregua al dato tergiversado o interesadamente soslayado, a la mala leche travestida en “rigurosidad” y a la simple estulticia.
En un excelente blog literario, sinplumas.blogspot.com, encontré una reseña del escritor Iván Thays sobre La hora azul. Cito el fragmento que me interesa: “De lo que somos testigos es de un personaje trágico en plena revelación o anagnórisis (…) Hay elementos mágicos y de purificación en esa visita (la del protagonista y narrador, Adrián Ormache, a una reunión de danzantes de tijeras), pero también de pesadilla, de descenso al infierno”.
En efecto, la novela de Cueto no puede verse como un simple relato policial o policial político, pese a que las marcas narrativas más evidentes y visibles pertenecen a dichos géneros. Una lectura atenta, perspicaz, nos revela un drama psicológico y existencial de proporciones relevantes.
La travesía interna de Ormache, su viaje interior –para tomar el título a un recordado libro del propio Thays– es una apertura daséinica (me excusarán el neologismo heideggeriano) al ser en el mundo, a la confrontación con el otro subordinado, y en ese camino cuestiona las diferencias sociales y desnuda la visión subordinante y prejuiciosa que cierta clase alta tiene de la gente del Ande.
Uno de los peligros de esta novela radica en la compleja relación entre tres instancias narrativas: el narrador intradiegético (que está dentro de la historia); esa suerte de prenarrador que asume la voz de Ormache en el primer capítulo de la novela, y el autor, de quien los jóvenes críticos han pensado tal vez que inmiscuye en la narración sus ideas y sentimientos particulares.
Entiendo que Ormache avanza en el descubrimiento de la verdad sobre su padre, que es la verdad sobre sí mismo, con tropezones y carencias de apertura hacia el otro por su misma extracción social, por las limitaciones propias de su vida acomodada y por haber vivido hasta su madurez de espaldas a la realidad del resto del país. Las deficiencias y fisuras de su discurso, así visto, constituyen en muchas partes lo más consistente de la novela, en la medida en que esas limitaciones delimitan un perfil auténtico y ambiguo de un individuo de su origen social.
Fácil hubiera sido construir un narrador que hubiera comprendido de golpe todo y se hubiera iluminado radicalmente con la verdad de la vileza del padre y sus atrocidades. De seguro hubiera sido celebrado por los que buscan una novela denuncia con aires saramaguenses; pero, estimamos, esto es precisamente lo que ha querido evitar Cueto en La hora azul.
Su apuesta es por mostrar los hechos desnudos, dejar abiertas las contradicciones, para que el lector construya su propia lectura, ejerza su mirada, muchas veces prejuiciosa y noise, como la del mismo narrador Ormache.

Pequeñas miradas

En un artículo titulado “La hora azul: un abogado rico en problemas” (Correo, 9-01-06), Luis Aguirre, luego de comparar caprichosamente la novela de Cueto con la más reciente de Jaime Bayly, habla de “revisionismos” en el discurso de Ormache, y detecta, para él, que “el autor y su narrador se deciden por lo edificante, o por aquello que cierto sector de la sociedad peruana ha venido llamando reconciliación”.
Hasta donde sé la institución que introdujo el concepto de reconciliación en la agenda cultural es la Comisión de la Verdad y Reconciliación, aun cuando hay organismos privados que han venido trabajando este concepto desde años anteriores. Como se sabe, la reconciliación es una etapa crucial en el proceso posterior a un conflicto armado interno, y por supuesto su importancia no depende de la aceptación o conciencia que tengan de la misma los intelectuales o gacetilleros de periódicos.
Ella es un imperativo categórico que permite a una sociedad superar el periodo de violencia experimentado, para sentar las bases de una auténtica mirada al futuro. Qué tan lejos estemos de ese momento de reconciliación (que no es tanto un momento como un mood de cambio que se gana luego precisamente de la anagnórisis o enfrentamiento con la verdad), poco importa.
Nadie puede poner en discusión su necesidad sin evidenciar, o su ignorancia con respecto al concepto que está utilizando –parece que este es el caso del joven Aguirre–, o en su defecto la puesta en tela de juicio del “sistema” democrático y del orden social, por inviable e “intrínsecamente injusto”. Sendero y el Humalismo, cada cual a su manera, saben canalizar esta posición, llamada “antisistema”, lamentablemente difundida en ciertos sectores olvidados de nuestro país.
Con respecto a la injusta identificación del autor con el personaje narrador (Ormache), diré solamente que es el débil sustrato sobre el cual construye el columnista Aguirre su lectura de La hora azul.
La pregunta final de Aguirre –sagazmente identificada como retórica por Gustavo Faverón en un post de su recomendable blog literario Puente Aéreo–, sobre si es posible conectarse con los padecimientos personales de Ormache, nos lleva al meollo de la cuestión literaria en la novela: no es posible identificarse con Ormache precisamente porque la percepción del otro por parte de un abogado exitoso miembro de la clase privilegiada de un país profundamente escindido como el nuestro, será –salvo excepciones– siempre limitada, subordinante y en el mejor de los casos paternalista.
Porque ni el amor (aunque Ormache nunca llegue a decir que está enamorado) puede conjurar totalmente ese abismo; pero sí puede hacer una apuesta por el futuro reconciliado, representado por el hermano de padre del protagonista, quien agradece, “agradece nada más” la ayuda de Ormache en la escena final de la novela.
Cueto es perfectamente consciente de esto, por ello ha dejado abierta al lector la incomodidad de asistir a la narración problemática y sesgada de un proceso de apropiación de una verdad que implica transformaciones radicales en la visión del mundo de su protagonista; pero que en ningún momento apunta a constituirse en la demagógica transmutación integral de un hombre en otro ser, solidario, íntegro, “progresista”.
Esta es la historia de un hombre que se enfrenta a la verdad y cambia, no la de un elegido que se ilumina, se purifica ideológicamente y abraza conmovido la causa de todos los seres vivos.
Si hemos de buscar reparos a la novela de Cueto, estos no estarán precisamente en el aparato ideológico, absolutamente coherente, como pienso haberlo demostrado. Mucho menos en la concepción narrativa de la novela, que corre como un torrente vigoroso en la mayor parte de sus capítulos, dejando constancia de la pericia para manejar tramas policiales de un autor que ha demostrado logros en este campo desde hace décadas.
Tal vez haya que señalar la parcialidad y eventual derrota lingüística del narrador en el momento de capturar en su discurso el habla diglósica del habitante del interior del país o del migrante en la capital. Pese a grandes esfuerzos, los discursos de Miriam, Vilma Agurto, y de los personajes ayacuchanos con quien en su periplo se topa el narrador, no terminan de convencer al conocedor del castellano peruano actual.
Así también habría que señalar algunas incongruencias topográficas, como la confusión en la sucesión de calles en uno de los súbitos traslados de Ormache de un lugar a otro de Lima, o la imprecisión en la ubicación del hospital Almenara.
Pero de ninguna manera podemos acoger el reclamo del crítico Javier Ágreda en su reseña de La hora azul (La República, 07-01-06), cuando afirma que un supuesto “desborde costumbrista” del narrador posterga “los testimonios sobre los aspectos más terribles de la violencia”, hasta el punto que “el relato de las torturas realizadas en el cuartel ayacuchano ocupa menos de una página”.
¿Cuántas páginas de descripción de torturas –fíjese el lector que Ágreda acusa de “costumbrista” a Cueto precisamente por “el exceso de descripciones”– considera el crítico que serán suficientes para satisfacer su morbo social? ¿Diez? ¿Cien? ¿Mil? Es ridículo.
El valor de una novela política –asumiendo la mezquina lectura de la novela como un mero policial político– no está nunca dado por la cantidad de páginas dedicadas a la descripción de atrocidades, sean estas del Estado o de un grupo armado. Sino por la eficacia con que la historia narrada se instala en el imaginario del lector.
En todo caso, dejamos consignadas aquí no una sino varias páginas donde se describen persecuciones y torturas, para solaz del crítico: 73, 85, 159-161, 190, pero hay más.
Más grave aún es la afirmación de Ágreda de que “el móvil del protagonista parece ser simplemente el temor al escándalo”. Ormache se sumerge en la búsqueda obsesiva de la verdad con nombre de mujer, Miriam, la mujer violada por su padre, entre otras cosas por aprehender la verdad sobre su propia familia y sobre sí mismo, pero además por un dato irrebatible: la posibilidad al final confirmada de que su padre dejó un hijo en Miriam, de que Ormache tiene un hermano desconocido.
¿Necesita más desajustes existenciales una persona acostumbrada a una vida apacible y acomodada? Creo que no. Ormache tiene un problema existencial enfrente, una fisura moral y biográfica en su vida, y la crítica de Ágreda lo reduce todo al temor al escándalo.
Pero si Ágreda es cuadriculado en sus reparos a La hora azul, tiene al final la amplitud de criterio para reconocer que Cueto viene logrando con su narrativa un registro serio y riguroso de nuestra historia última.
Por más esfuerzos que hago, no puedo decir lo mismo de Giancarlo Stagnaro, quien en su reseña “Estragos (y encargos) de la violencia política” (El Peruano, suplemento Identidades N° 100, 23-01-06), más allá de utilizar categorías de dudoso origen político e ideológico, como “guerra sucia” e “idealismo artificial”, tergiversa tendenciosamente el sentido de un evento clave de la novela.
Vale la pena citar con amplitud para evitar confusiones: “La cursilería ronda la relación de ambos. Por ejemplo, una canción del cantante Ricardo Arjona activa la libido de Ormache, quien deja a su cliente sentado en su estudio y sale en busca de Miriam”.
Esto es en la novela exactamente al revés. Ormache no se siente “inspirado” por la tonada infeliz del lamentable escribidor centroamericano. Más bien al escuchar en la boca del abogado Fernando Pozuelo –de quien ya se ha burlado al describirlo y luego al decir “que todo el mundo venga a ver al gran Fernando Pozuelo subiendo la escalera”– una estrofa de una de esas estúpidas canciones que simulan la poesía, llega a su límite y se va asqueado de su oficina para poco después encontrarse frente a Miriam, que simboliza la verdad frente a la artificialidad de su cliente y de su clase.
Por si faltara pruebas, en la página 152 el lector encontrará una muy clara de que el narrador Ormache gusta de un tipo de música diametralmente opuesto (el jazz) a los efluvios romanticoides del gritante citado.
Podríamos pensar que Stagnaro ha leído mal el texto, pero las líneas finales de su “crítica” nos llevan a un derrotero distinto. Cito: “La hora azul pierde el pulso narrativo al centrarse en una historia de amor que pretende erigirse como imagen de la reconciliación” (cursivas mías).
¿Pura coincidencia con Aguirre? Lo concedo, aunque podría seguir ahondando por esta parte.
En lo que sí confieso la derrota de toda mi buena voluntad de lector, es en la mala entraña que evidencia Stagnaro cuando hace esa retorcida lectura de un pasaje clave dentro de la historia de Ormache. Reducir a una burda cursilería el interés del abogado de éxito en la provinciana que ha sido amante de su padre y es madre de su hermano, exige unas miras tan estrechas que a duras penas califican para salvar a Stagnaro de la incompetencia literaria. Lo de la pérdida del pulso narrativo al final de la novela, no pasa de ser un relleno retórico con apariencia de rigurosidad crítica.
Quise empezar este acercamiento a la lectura que ha tenido en Lima La hora azul, con una anécdota que cualquiera que haya salido del país puede corroborar. La injusta mezquindad que ejercemos contra nuestros propios compatriotas que triunfan se hace más patente y descorazonadora aún, si la vemos a la luz del recibimiento auspicioso que ha tenido esta gran novela en narradores extranjeros como Pedro Zarraluki, Rosa Montero y Javier Cercas.
No hay duda, la novela de Cueto exige al crítico una madurez de vida y de lecturas que algunos jóvenes críticos –no todos– están lejos de alcanzar todavía.

(Cueto. En Quehacer han titulado el artículo "La hora azul, la verde envidia")

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