30.3.06


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Mujeres difíciles, hombres benditos: Manual para cazar plumíferos sin talento.

Aquellos que por un librito de cuentos celebrado por sus amigos creen haber llegado a algo, deberían dar un vistazo desprejuiciado a la cuentística de Ampuero, como lo sugiere este narrador a partir de la última entrega del autor de Caramelo verde.

Gabriel Ruiz-Ortega

El tiempo siempre permite dar una mirada fría y desprejuiciada de las obras. En esta ocasión abordaremos un libro de relatos que nos reconcilia con el placer del lector agradecido por una buena dosis de experiencia vivida plasmada en la página en blanco.
Puede decirse a estas alturas que lo mejor de la narrativa de Ampuero yace en el dominio del difícil género del cuento. Este requiere del dominio de leyes que cada historia exige, y lo más importante, el autor que se adentra en esta vertiente tiene que ser conciente de que el lector no tiene por qué aburrise ante tanto devaneo que parece ser la marca registrada de algunos narradores jóvenes y sus experimentos verbales.
Una de las virtudes que tenemos que reconocerle a Ampuero es el hecho de que siempre podemos esperar de él una buena historia. A lo largo de su trayectoria nos ha ofrecido libros que más de uno ha devorado en cuestión de noches, u horas para los que no solemos hacer otra cosa que leer y escribir.
Luego de casi una década de aparente silencio en el género breve, este escritor nos entregó su último volumen de relatos. Vale recordar que a fines de los noventa Alfaguara publicó un volumen de cuentos reunidos.
Mujeres difíciles, hombres benditos nos da claras señas de estar frente a un autor que se ha tomado su tiempo para abordar sus historias. Sin embargo, el estilo está emparentado a la labor de periodista que Ampuero lleva en paralelo al oficio literario, y no es exagerado decir que su economía del lenguaje se ha enriquecido con dicha labor. Lo alucinante de Ampuero es que esta frescura de estilo se convierte en un hechizo que se mete como una esquirla en la memoria del lector.
Los personajes que desfilan por estas historias hacen gala de una vida acomodada, de una rutina sin ninguna clase de sobresaltos; sin embargo, todos sucumben ante los designios del azar. Siempre en los relatos de este escritor un hecho fortuito marca la vida de sus protagonistas.
El libro está compuesto por ocho relatos. El corte testimonial está presente en cada uno de ellos, y como buen contador de historias, Ampuero es conciente de que las primeras frases son claves para tener enganchado al lector hasta llegar al final revelador. En este punto vemos el legado que muy bien nos dejó Cortázar al decirnos que los cuentos se ganan por knock out.
Una de las virtudes de Ampuero apunta a ofrecernos frescos de personajes femeninos muy bien calibrados, y como todo narrador conciente de las leyes de este género difícil, podemos entender la razón por la que él nos muestra una imagen aparentemente superficial de sus mujeres. Algunos críticos torcidos han hecho hincapié en esta supuesta falta de ahondamiento en los personajes femeninos, señalándolo como defecto.
Pues bien, toda opinión se respeta, pero llama la atención la falta de acuciosidad de estos apurados; no se dan cuenta de que esta aparente superficialidad marca el hilo narrativo en el que la historia está escrita, puesto que es el argumento el verdadero protagonista de este libro, y no la disección psicológica en la que siempre es interesante reparar.
Son las conductas de las mujeres representadas lo que llama la atención, todas escapan a un encasillamiento común, en ellas podemos ver esas ansias de colmar sus anhelos con actos que se resuelven en acciones marcadas por el desenfreno y la falta total de coherencia, como bien lo podemos ver en la ya recordada Azucena de Gracias por la fantasía.
Es muy difícil combinar ternura y acción cuando nos topamos con un estilo que linda con lo oral, y es menester señalar el mérito que podemos ver en El padre de Sebastián en este sentido. Dentro de esta historia marcada por la aventura, yace una ternura que viaja entre líneas y que, para variar, no se ha señalado. Los ajetreos del quehacer periodístico en busca de una enigmática admiradora que tiene a tres lúbricos redactores en vilo, en Una vaga Astrología, es la muestra patente de que el humor también juega un papel sugerente. Pero es a mi entender el relato Voces el que cumple para mí con ese efecto de revelación que tanto se le exige a un cuentista:

“Juan Ramón la observó en silencio, presa de un ligero temblor, como si una ventana se hubiera abierto de pronto dejando entrar un viento helado.

–Pero yo hablo con ellos todos los días, doctor – prosiguió ella –. A la hora del desayuno, antes de salir a trabajar, y también en las noches, antes de irnos a dormir. En casa todos vemos juntos la televisión, y charlamos animadamente largo rato. Mis padres son muy conversadores. ¡Pero este chico ni caso les hace!”

En este relato no sabemos quién es la persona afectada por un trastorno mental, hasta las últimas líneas. Hay que dejar en claro que el cuento ha sufrido las más absurdas mezquindades de la crítica local.
También se ha señalado el Arte Poética del autor en Historia de la Sábana y el Vaso de Agua, y si bien esto es cierto, también debemos señalar que este relato expresa al Ampuero poeta, al narrador que deja sentir su poesía camuflada con una prosa que ante todo se deja llevar por el tono en toda su obra literaria. Tono por el que siempre nos mantiene enganchados, y que permite experimentar el agradecido viaje que nos lleva a sus posibles influencias, como vendrían a ser Salinger y Fitzgerald. Forma y contenido que han sido asimilados y enriquecidos por una voz que ya es inconfundible dentro de la narrativa peruana.


(Foto: Fernando Ampuero en la plenitud de su arte)






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