4.5.06



LOS PINITOS. Guillermo Niño de Guzmán (1955)

El autor del libro de cuentos más apreciado de las últimas décadas en el Perú, Caballos de medianoche, se somete a las preguntas de nuestro test con gusto, y deja alguna enseñanza atendible. Contacto: Max Palacios.


¿Cuál es el primer libro que recuerdas entre tus manos y qué sensación te causó?

Tom Sawyer, de Mark Twain, y aún recuerdo que me quitaba el sueño, quizá porque era la historia de un niño –como yo- y, aunque se tratara de una realidad ajena a la mía, los sentimientos que afloran en el paso de la niñez a la adolescencia son los mismos en todas partes. Además, la novela había sido escrita con un lenguaje sencillo y preciso, con un tono que establecía una rápida complicidad con el lector.
Luego, cuando leí las aventuras de Huck Finn, el placer fue aún mayor. Hemingway decía que toda la novela norteamericana moderna descendía de esta obra de Twain. Entre esas primeras lecturas que me impresionaron también fue importante La Ilíada, sobre todo porque despertaba una pasión por las hazañas con las que todo niño sueña y exacerbaba la imaginación con una fantástica galería de dioses guerreros que no podían contenerse e irrumpían en la realidad de la batalla para cambiar la suerte de los héroes.

¿Qué autores determinaron tu forma de escribir y tu visión del mundo en tus inicios literarios?

Si me ciño solo a mis inicios, diría que los escritores esenciales fueron Hemingway, Tolstói, Stendhal, Gógol y Lowry. Los cuatro primeros por su sencillez expresiva y por su sentido épico y sentimental. En el caso del autor de Bajo el volcán por razones opuestas: su intención introspectiva y la pulsión autodestructiva que lleva a un hombre a descender al infierno en busca de su ser. Naturalmente, como escritor, siempre me he inclinado por un estilo más conciso y directo, en el que ‘menos es más’ es el lema a seguir.
El mayor novelista es, sin duda, Lev Tolstói, de quien he leído toda su obra narrativa . La guerra y la paz me sigue pareciendo la mejor novela del mundo. Y no por su monumentalidad sino porque, además de la aspiración por recrear un mundo vasto y complejo –la ‘novela total, según MVLL-, Tolstói posee el maravilloso don de escribir con una sencillez y efectividad que nadie ha igualado: sabe calar hondo con una prosa directa y simple que apunta a lo esencial.
Lo admirable es que puedes abrir cualquiera de sus libros y parece como si hubiera sido escrito el día de ayer. Tales son su frescura y poder.

¿Tienes hábitos, manías, costumbres al momento de escribir? ¿Cuáles son tus horarios de escritura?

Escribo casi siempre por las mañanas (si se trata de ficción). No tengo horarios estrictos, quizá porque debo ganarme la vida con múltiples ocupaciones –escribo a destajo y no puedo darme el lujo de rechazar encargos bajo el legítimo pretexto de estar concentrado en un trabajo literario-, quizá porque esencialmente escribo cuentos y mi concepción de la escritura se acerca más a la de la poesía que a la de la novela.
Sin embargo, por las mañanas suelo estar con más bríos: a medida que avanza el día las cosas se van complicando, pues a menudo surgen cuestiones familiares y domésticas que hay que resolver, diligencias varias (ir a pagar facturas, ir a dejar recibos, ir a cobrarlos, etcétera) y visitas inoportunas.
De cualquier modo, mal que bien, me gano la vida escribiendo o desempeñando tareas afines a la literatura (artículos, ensayos, correcciones de estilo y de pruebas, asesorías editoriales, relatorías y guiones, entre otras). Por lo demás, no tengo manías, excepto la de bloquear el teléfono y poner algo de jazz (a veces, si estoy ‘en vena’, el ritmo de escritura se adecua al de la música). Y, por cierto, no puedo escribir a mano, necesito el ordenador como antes requería de la máquina de escribir (mecánica, pues nunca me acostumbré a la eléctrica).

¿Qué recomendaciones o consejos le darías a aquellas personas que se están iniciando en la narrativa?

No lo sé. No soy la persona más indicada para dar consejos. Soy un escritor muy lento y moroso que los demás deben tomar por vago e improductivo. Ocurre que soy muy autocrítico y no me entusiasmo mucho con lo que escribo. Corrijo y rescribo bastante, con frecuencia demasiado. Y, todavía, de alguna manera, creo en la inspiración. Desde luego, no es que las musas me susurren en el oído, pero suelo experimentar extraños arrebatos del espíritu en los que puedo vislumbrar con precisión lo que voy a escribir: en esos momentos de coincidencia maravillosa lo que quiero decir y la manera de decirlo fluyen juntos.
Por supuesto, al cabo de tantos años de ejercicio narrativo, poseo la técnica suficiente para pergeñar un relato coherente de un día para otro –si se me pusiera a prueba-, pero la literatura no se trata de eso (a menos que tus pretensiones se reduzcan a contar una historia con cierta eficacia), en todo caso para mí. Mi propósito es otro: quiero ser capaz, a través de la prosa narrativa, de asomarme a ese territorio extraordinario que he vislumbrado en mi imaginación, aquel donde suele pastar el unicornio. Finalmente, escribir es una vía para llegar a la verdad última de las cosas, a la razón de existir y de morir. En suma, escribir es un acto de revelación.
En cuanto a los aspectos prácticos, hasta ahora siempre me he guiado por el principio siguiente: si no vas a ganar dinero con ello, no vale la pena que te apresures por publicar. Los mejores cuentos son como los buenos vinos, a veces necesitan muchos años para adquirir pleno sabor y consistencia. Lo importante es desarrollar el oficio como un artesano y saber elegir las palabras que son decisivas

(Imágenes: Niño de Guzmán y portada de Caballos de medianoche)

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