17.5.06


Un caso de denotatividad innecesaria: "El rey del taco"

Aquí el reciente post de www.planeta2666.blogspot.com, el blog dedicado a la novela póstuma de Roberto Bolaño. Se admiten comentarios.

Hace ya un par de décadas comprendí, leyendo Obra abierta, de Eco, que no había que ser explícito si se trataba de causar extrañamiento o ambigüedad en un relato.

El autor de La estructura ausente lo explica a partir de la lectura de El viejo y el mar, de Hemigway. En cierto momento el personaje-narrador dice de sí mismo en esa nouvelle: "Soy un tipo muy extraño". Eco replica: "no lo digas, viejo, sélo".

Todo este preámbulo solo para señalar cómo riza el rizo innecesariamente Bolaño luego de una descripción magistral de un muy extraño restaurante; cito:

"Comieron en un local llamado El Rey del Taco. En la entrada había un dibujo de neón: un niño con una gran corona, montado en un burro que cada cierto tiempo se levantaba sobre sus patas delanteras tratando de tirarlo.

El niño jamás se caía, aunque en una mano llevaba un taco y en la otra una especie de cetro que también podía servirle de fusta. El interior estaba decorado como un McDonald's, sólo que algo chocante. Las sillas no eran de plástico sino de paja. Las mesas eran de madera. El suelo estaba embaldosado con grandes baldosas verdes en algunas de las cuales se veían paisajes del desierto y pasajes de la vida del Rey del Taco. Del techo colgaban piñatas que remitían, asimismo, a otras aventuras del niño rey, siempre en compañía del burro.

(...)

en algunas se veía al niño y al burro caer por un desfiladero, en otras se veía al niño y al burro atados a una pira funeraria, e incluso en una se veía al niño que amenazaba a su burro poniéndole el cañón de una pistola en la sien.

(...)

Tal vez las camareras y camareros, muy jóvenes y vestidos con uniforme militar (Chucho Flores le dijo que iban vestidos como federales), contribuían a fomentar esta impresión. Sin duda aquél no era un ejército victorioso. Los jóvenes , aumque sonreían a los clientes, transmitían un aire de cansancio enorme.

Algunos parecían perdidos en el desierto que era la casa del Rey del Taco. Otros, quinceañeros o catorceañeros, trataban inútilemente de bromear con algunos de los clientes, tipos solos o parejas masculinas con pinta de funcionarios o de policías, tipos que miraban a los adolescentes con ojos que no estaban para bromas. Algunas chicas tenían los ojos llorosos y no parecían reales sino rostros entrevistos en un sueño.

-Este lugar es infernal -le dijo a Rosa Amalfitano.

-Tienes razón dijo ella mirándolo con simpatía-, pero la comida no es mala" (dos últimas cursivas mías) (394-395 pp).

El diálogo final se me presenta como innecesario: la descricpción había logrado ya el cometido de crear una atmósfera de extrañamiento.

(Imagen: portada de la opera magna del escritor chileno)

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