3.6.06


Construcción de la vidente en 2666

Reproducimos el último post de www.planeta2666.blogspot.com

“También por aquellos días apareció en la televisión de Sonora una vidente llamada Florita Almada, a la que sus seguidores, que no eran muchos, apodaban la Santa. Florita Almada tenía setenta años y desde hacía relativamente poco, diez años, había recibido la iluminación. Veía cosas que nadie más veía. Oía cosas que nadie más oía. Y sabía buscar un interpretación coherente para todo lo que sucedía.
Antes que vidente fue yerbatera, que era su verdadero oficio, según decía, pues vidente significaba alguien que veía y ella a veces no veía nada, las imágenes eran borrosas, el sonido defectuoso, como si la antena que le había crecido en el cerebro estuviera mal puesta o la hubieran agujereado en una balacera o fuera de papel aluminio y el viento hiciera con ella lo que le venía en gana. Así que, aunque se reconocía vidente o dejaba que sus seguidores la reconocieran como tal, ellas les tenía fe a las hierbas y a las flores, a la comida sana y a la oración.” (pp 535)

Nótese que la humildad de Florita, al quitar importancia a sus visiones y resaltar virtudes ascéticas (oración, comida sana), coincide casi a plenitud con las actitudes cotidianas de grandes místicas de oriente y occidente, como Rabia de Basora (Irak actual), Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Ávila. No sabemos si Bolaño habría investigado al respecto.

“Cuando uno sabe, sabe, y cuando no sabe lo mejor es aprender. Y, mientras tanto, no decir nada, a menos que lo que uno diga esté encaminado a hacer más claro el aprendizaje. Si vida misma, según explicaba, había sido un aprendizaje constante. No aprendió a leer ni a escribir hasta los veinte años, por poner un número redondo. Había nacido en Nácori Grande y no pudo ir a la escuela como una niña normal porque su madre era ciega y a ella le tocó cuidarla”

(…)

“Su infancia, pese a las estrecheces y a las desventuras propias de una familia campesina, feliz” (pp 537)

El narrador subraya aquí la singularidad de la formación intelectual de la Vidente. Hay incluso un resabio a la docta ignorancia cusiana, por lo menos durante su infancia y adolescencia, lo cual contribuye a formar en el lector una imagen simpática y excepcional del personaje.

“… a ella le hubiera gustado tener hijos, pero la naturaleza (la naturaleza en general o la naturaleza de su marido, decía riéndose) le privó de tal responsabilidad. El tiempo que le hubiera dedicado a su bebé lo empleó en estudiar. ¿Quién le enseñó a leer? Me enseñaron los niños, afirmaba Florita Almada, no hay mejores maestros que ellos” (pp 538)

Acerca aquí el narrador al personaje a la figura de Cristo, quien como sabemos había dicho que quienes no fueran como niños no entraría en el reino de los cielos. En el plano general, seguimos bajo la idea citada de Nicolás de Cusa, pero hay un toque humano con el chascarrillo sobre el esposo.

“…su marido, después de cada ausencia traficando con animales en los pueblos vecinos, se acostumbró a traerle libros que en ocasiones compraba no por unidad sino por peso. Cinco kilos de libros. Diez kilos. Una vez llegó con veinte kilos. Y ella no dejó ni uno sin leer y de todos, sin excepción, extrajo alguna enseñanza.
A veces leía revistas que llegaban de Ciudad de México, a veces leía libros de historia, a veces leía libros de religión, a veces leía libros léperos que le hacían enrojecer, sola, sentada a la mesa, iluminadas las páginas por un quinqué cuya luz parecía bailar o adoptar formas demoníacas, a veces leía libros técnicos sobre el cultivo de viñedos o sobre construcción de casas prefabricadas…” (pp 539)

La voracidad de lecturas de Almita, su apertura a todos los temas y géneros funciona como un cable a tierra para balancear lo esbozado antes sobre la espiritualidad ascética de la Vidente. Esto también por lo que en la página 534 se dice de ella (“Yo la vi sudar sangre, yo vi su frente llena de rubíes… la Santa comprende mejor que nadie a los desventurados de Hermosillo, La Santa tiene feeling con los heridos, con los niños sensibles y maltratados”).

Algunas páginas adelante, se da la aparición en TV de Florita Almada (repárese que ya el narrador ha construido una imagen amable –por lo mismo, legítima- de este personaje).

“Dijo que había visto mujeres muertas. Un desierto. Un oasis. (…) Una ciudad. Dijo que en la ciudad mataban niñas. (…) Y entonces no pudo más y entró en trance. Cerró los ojos. Abrió la boca. Su lengua empezó a trabajar. (…) ¡Es Santa Teresa! ¡Es Santa Teresa! Lo estoy viendo clarito. Allí matan a las mujeres. Matan a mis hijas. ¡Mis hijas! ¡Mis hijas!, gritó al tiempo que se echaba sobre la cabeza un rebozo imaginario” (pp 545-547)

Excepcional la forma en que Bolaño introduce en el discurso narrativo la denuncia sobre los asesinatos en la ciudad del norte de México. Si la hubiera dejado en boca de una feminista, o de la misma Santa sin la construcción previa de su imagen espiritual, el resultado, es obvio, no hubiera sido el mismo.

(fotografía: Roberto Bolaño. No sabemos cuán importante fue para él la religión en sus últimos años)

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