9.6.06


El día de la muerte del autor

Me levanto temprano, a eso de las 11 de la mañana, y escribo un rato, casi una hora. Luego salgo a dar una vuelta por Miraflores. Es agradable caminar por esas calles en el frío de invierno, a pesar de la humedad. Acodero en la librería de un amigo: un familiar suyo, ligado al partido favorecido por las urnas, me invita a trabajar con él; delicado rechazo.

Veo en un rincón El susurro del lenguaje, de Roland Barthes, luego de años, tal vez 15, de haberlo leído. Lo compro con precio rebajado. Por la noche, me resguardo temprano en mi habitación y devoro la mitad de los ensayos de un envión.

Me quedo pensando en que más de veinte años después de publicado en castellano –y más de treinta de ser escrito- el ensayo “La muerte del autor” mantiene su urgencia. Por lo menos en Perú.

Los comentarios recibidos sobre mi novela así me lo hacen ver. Aún no se termina de discernir entre autor, narrador y personaje. Algo que luego de Barthes, Genette llevaría casi al esclarecimiento total. Los dejo con un fragmento del gran Barthes.

“Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: “Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos”. ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas “literarias” sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica?”

“Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe”.

“Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura”.

[Fotografía: Roland Barthes en sus años de juventud]

6 comentarios:

  1. Anónimo10.6.06

    Hola Víctor, no sabía que estabas viviendo por Miraflores. Bonito post, me hizo pensar. Saludos.

    Erika

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  2. Debido a las amenazas de ciertos poetas "libertarios" no puedo revelar mi domicilio, querida Erika.

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  3. Anónimo10.6.06

    sí pues, muchos confunden al narrador con el autor, por ejemplo, y creen que, en el caso de Abril rojo, por ejemplo, si el fiscal Chacaltana es retratado como torpe y pusilánime, el autor debe tener estas características. Eso es en gran parte porque la crítica literaria periodística la hacen comunicadores de la de Lima y no escritores o egresados de literatura.

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  4. Gracie10.6.06

    A mí también me gusta caminar por las calles de Miraflores en el frío de la mañana. Muy bueno tu post pero no entendí bien cómo es que muere el autor.

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  5. No sé qué tenga que ver el que alguien haya estudiado tal o cual carrera con su capacidad para comunicar, sea por vía oral o escrita. Para mí uno de los grandes comunicadores es Federico Salazar, y si no me equivoco estudió Derecho.
    El problema surge cuando personas sin formación literaria asumen la crítica periodística y encima de todo favorecen a sus amigos.
    Por ejemplo en el caso concreto de un informe sobre poesía y Lima, en donde alguien habló casi exclusivamente de sus amigos, algunos de ellos buenos poetas.
    Así, los pocos espacios de crítica en medios se vuelven cotos vedados a los que no tienen la "gracia" de la amistad del crítico. Lo que no sabe este es que "flaco favor" les hace a sus amigos con esas preferencias; todo el mundo termina dándose cuenta de que los mismos nombres se repiten en los suplementos culturales.

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  6. Anónimo13.6.06

    Lo que los libertarios temen es que se sepa que su queja sobre las argollas y demás son pura especulación, que son una tira de resentidos sin talento. Si tanto se quejan de la argolla que no los deja surgir, ¿por qué no abren una pagina web y publican ahí las muestras de su supuestamente ignorado talento?

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