28.6.06



Los Herralde del milenio: entre lo político y lo metaliterario (I)

Víctor Coral


El milenio herráldico empezó con mucha expectativa en España. Luis Magrinyá (Mallorca, 1960) había tenido gran éxito de crítica con su dos primeros volúmenes de cuentos, Los aéreos y Belinda y el monstruo. Esta vez se le otorgaba el premio por una novela que era esperada con cierta avidez por los críticos que reconocieron su talento para el relato.

Los dos Luises (2000), más allá del premio obtenido, debía llenar los ojos de una crítica ávida de continuar con la consagración del genio mallorquino (o iniciar su demolición tal vez tan esperada como lo otro). Lo cierto es que la novela decepcionó a ambas partes. Magrinyá se puso serio y reflexivo, y entregó una novela adusta, bien estructurada pero sin mucho que resaltar. Muy ordenada y con su mesurada dosis de ironía, como para no perder la atención de los lectores.

La historia de los dos Luises, un dramaturgo joven de carrera fulgurante y un encallecido escritor afincado en su puesto en el parnaso local, es narrada por un joven disoluto que es puesto a trabajar por el padre en una gaceta sobre teatro desde donde tiene un envidiable panorama de la podredumbre del sistema teatral de su ciudad. La historia de por sí es muy poco abierta al interés general, tanto más si reparamos en que el narrador elige una primera persona clásica para asumir la narración, y deja una sensación de limitado entusiasmo con su propio relato.

Al terminar esta novela cumplidora –no intrascendente o pesada, solo “correcta”– uno como lector tiene la sensación de no haber perdido el tiempo al leerla; pero también la plena seguridad de que no volverá a coger el libro otra vez.

Noticias sobre Gándara

En el momento en que se le otorgó el premio a Alejandro Gándara (Santander, 1957), en el 2001, este era un sociólogo que había cosechado muchos éxitos como ensayista y periodista (premios Herralde y de Prensa Canaria). Últimas noticias de un nuevo mundo es una típica novela de temática social, a caballo entre el ensayo moral y la novela de espionaje, ambientada en los tiempos de la caída del Muro de Berlín (1989), que se desarrolla en escenarios diversos: Madrid, Berlín, Moscú.

Desde el punto de vista del estilo, la novela tiene puntos a favor evidentes. Gándara elige un discurso elíptico, rítmico, muy expresivo, que muchas veces recurre a metáforas y símiles con el secreto ánimo de apuntalar la naturaleza literaria de un tema evidentemente político y más afín al ensayo.

El carácter especulativo e introspectivo que predomina en grandes tramos de Últimas noticias del nuevo mundo, puede poner a prueba la resistencia y paciencia de un lector acostumbrado a los libros de espionaje; y la voluntad expresamente literaria del estilo, como va dicho, puede enturbiar el acercamiento de un lector de ensayos o alguno familiarizado con ejemplos más felices de lo que llaman metaliteratura.

Sin embargo, es gran logro de Gándara, a nuestro juicio, el jugar con éxito fuera de las reglas convencionales que dicta la moda literaria predominante tanto en España como fuera, y sobre todo haber conseguido mantener una estructura sólida pese al embate de un oleaje prosístico a veces demasiado detallista y denso.

Ahora bien, juzgada estrictamente como novela de género, la de Gándara resulta algo problemática precisamente por los atributos reconocidos. Deliberadamente literaria, con un narrador que ensaya la reflexión, el psicologismo y las descripciones preciosistas, la trama se hace por momentos inverosímil, y los personajes evanescen en su integridad constitutiva, de manera que el clímax y el desenlace nos dejan en la inconsistencia sino en el naufragio narrativo.
Con todo, la novela de Gándara no deja de tener vigencia, y quien sabe si en los próximos años su relectura dé nuevas luces tanto sobre nuestro mundo como sobre el periodo histórico que en ella se abordó.

Una dulce enfermedad

El caso del novelista Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es más bien distinto. En el momento en que le es adjudicado el premio por El mal de Montano (2002), es ya un novelista consolidado, y sus libros anteriores están incluso traducidos a idiomas no españoles. Libros como Lejos de Veracruz y la ganadora del Rómulo Gallegos, El viaje vertical, para no hablar de su famosa Bartleby y compañía, eran ampliamente conocidos por el público y la crítica internacional.

El mal de Montano es una acertada radicalización de las propuestas de autoficción narrativa que el autor pusiera en juego en sus libros anteriores. La historia en sí –dos hombres, padre e hijo, “enfermos de literatura”– es solo el vehículo sobre el cual el autor nos hará volver a sus librescas obsesiones: el doble, la escritura como medio de salvación, la disolución muy bien cuidada de las fronteras entre géneros literarios (en este caso el diario, la biografía y la novela).

A un lector que hubiera seguido la carrera literaria de Vila-Matas, como es mi caso, El mal de Montano le sorprenderá por la confirmación de su enorme capacidad de involucrar al lector en una historia que es en cierto modo una variante de las anteriores. Pero también le podría generar dudas sobre el futuro de su propuesta metaliteraria.

Si el lector conoce recién al autor, suponemos que entusiasmado por el cartel y el premio ganado, se llevará, estimo, una agradable sorpresa. Vila-Matas tiene una admirable capacidad para mantenerse en ese estrecho no man’s land que hay entre la frivolidad y lo culto, entre la profundidad vital y la lectura inteligente (no académica) y graciosamente leve de sus referentes recurrentes: Walser, Beckett, Gombrowicz, Kafka, Magris, Pitol, otros.

No hay forma de escamotearle valor a El mal de Montano. No es la mejor de sus novelas (Bartleby y compañía, una previa, y París no se acaba nunca y Doctor Pasavento, posteriores, la superan), pero le saca muy considerable distancia a la anterior ganadora del Herralde. Es un producto de la imaginación creadora antes que de la conciencia crítica.

Eso sí, quien no supiera comprender la postura estética –que es finalmente su postura ética– de este infatigable novelista barcelonés, mejor haría en escoger tres o cuatro títulos imprescindibles de su producción, y pasar a otra cantera. Entre esos tres o cuatro títulos colocaríamos sin dudar a El mal de Montano.

El pasado moderno

En el momento en que se le otorgó el premio Herralde de Novela 2003 a Alan Pauls (Buenos Aires, 1964), la nueva narrativa argentina iniciaba una suerte de apogeo en España. Rodrigo Fresán, a la sazón amigo de Pauls, tenía un lugar ganado en el difícil medio literario ibérico, y las noveletas de César Aira eran objeto de culto para muchos.

La monumental novela de Pauls, El pasado, vino a confirmar el vigor de una narrativa moderna, atrevida y con mucho empuje. La historia es hasta cierto punto sencilla: Rimini y Sofía han terminado una relación de trece años y han elegido derroteros subjetivos distintos una vez separados. Mientras que Rimini opta por el olvido y la transformación de su identidad –una evidente apertura al cambio-, Sofía queda aferrada a él y llega al acoso, fantasmal, en su intento de recuperar el pasado, es decir, su antigua relación amorosa.

Hasta ahí nada destacable. Lo novedoso de esta novela radica en el tratamiento narrativo que Pauls imprime a su historia. Hay un por momentos moroso detallismo que deja en el lector cierta sensación de extrañamiento y morbo. La sucesión de eventos desconcertantes que se agolpan hacia el final de El pasado, formatean una relación posmoderna (con todo lo de cuestionable que pueda tener este adjetivo) que casi se abandona al sadomasoquismo.

Pero aquí lo admirable: todo este magma tan difícil de manejar está perfectamente tamizado por el aplomo, ritmo pausado y moderna sensibilidad del narrador, que nos hace asistir a la desintegración de su relación como quien ve una película de Tarkovski –no en vano el autor dijo alguna vez que no había nada mejor que despertarse con una bella imagen del realizador ruso.
Las 500 páginas que conforman esta novela contundente y admirablemente construida, no parecen tener un solo momento de desnivel o más de uno o a lo mucho dos episodios que no aporten a la resolución de la trama.

La novela tiene la saludable perfección de un clásico decimonónico; pero su tema y la mirada del narrador son completamente modernos. Allí su atractivo y, suponemos, su perdurable actualidad.

[Fotografías: Enrique Vila-Matas, Alan Pauls]

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