8.7.06


Los Herralde del milenio: entre lo político y lo metaliterario (II)

Víctor Coral


Testigo de su tiempo

Contar un periodo de transición histórica tan importante como el que sobrevino a la caída del PRI en México exigía, por los menos, una propuesta narrativa nueva, una forma que se adecuara a los tiempos de cambio y a lo farragoso de un momento político que afloraba desafiante, múltiple.

La historia de Julio Valdivieso, un profesor mexicano que decide regresar a su país dadas las nuevas condiciones, tras años de ausencia, es también un gran paneo fragmentado, vívido, radical, del México de hoy, que solo el cronista, periodista y ensayista de indudable maestría que es Juan Villoro (México, 1956) podía asumir con los resultados esperados.

Ignoramos si la novela fue bien entendida por el jurado en el momento de serle otorgado el premio. Tal vez bastaron la complejidad de su propósito y la prosa elocuente, nada concesiva del autor. Pero a dos años de la publicación de El testigo (2004), nuestra visión de la misma se ha enriquecido.

No sé si para un lector mexicano, pero para nosotros, lectores extranjeros a la tierra maravillosa de Rulfo y Gilberto Owen, la anécdota política ha perdido importancia sin haberla perdido la novela en su conjunto; raro caso.

La novela de Villoro se nos propone, así, en esta segunda mirada, como un complejo tapiz verbal donde la apuesta por la poesía como un interregno a buen recaudo de la vileza del mundo político latinoamericano tanto como de la impredicibilidad de la historia, siempre dispuesta a dar esquinazo a nuestras expectativas y utopías, ha terminado siendo el mástil mayor de una nave narrativa cuyo viaje en el imaginario latinoamericano apenas empieza.

¿Cómo logra Villoro esta suerte de prodigio? Tal vez él sea quien más conoce los límites de la novela contemporánea en Latinoamérica. Por ello su apuesta de fragmentos narrativos interrelacionadas que van formando un tramado ambicioso, fértil en imágenes y episodios sin caer en las facilidades de cierto barroquismo, resulta particularmente adecuado a su objetivo como narrador. El manejo diestro de la sintaxis narrativa es determinante, además, para mantener los ritmos y aclarar el panorama narrado.

No hay dudas de que lo mejor que brinda esta novela multifacética al lector moderno, está todavía por desentrañarse desde el punto de vista de la crítica especializada.

Horas de violencia

La violencia política en el Perú, desarrollada entre 1980 y 1995 aproximadamente, dejó una secuela espeluznante de 69,000 muertos, casi 30, 000 millones de dólares en pérdidas materiales y un país al borde del colapso, según cifras de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (2004).
Luego de un largo pero continuo proceso de recuperación económica, hoy los peruanos todavía no cerramos la herida de la exclusión y la injusticia social que explican pero de ninguna manera justifican la insanía terrorista. Mas tenemos abierta la veta de una nueva narrativa con mucho empuje, y que se está haciendo un lugar tanto en España como en Latinoamérica.

Comparamos la herida de la exclusión con la veta de la narrativa peruana reciente no por un mero juego retórico. La literatura que aborda el tema de la violencia política peruana está en pleno crecimiento. Un ejemplo claro de ello es La hora azul, del novelista Alonso Cueto Caballero (Lima, 1954). Y recordemos también Abril Rojo, ganadora del premio Alfaguara 2006, de otro peruano, Santiago Roncagliolo.

La novela de Cueto es, prima face, un policial político donde la incapacidad de los sectores pudientes limeños de comprender al otro, andino y subordinado, queda patente aunque exenta de moralismos o reflexiones culturales, sociales o políticas. El narrador, con prosa ágil y diestra, se limita a dejar en evidencia estas taras de clase, sin aventurar juicio alguno.

Una lectura más atenta nos revelará una novela existencial donde el personaje principal, Adrián Ormache, un abogado de éxito, es enfrentado a la verdad (anagnórisis) sobre su padre muerto: un general del Ejército que torturó y mató prisioneros en un cuartel de Ayacucho durante el tiempo de la violencia política.

Pero eso no es todo. El enfrentamiento con la acre verdad opera como un transformador alquímico en Ormache, y pronto asume las riendas de una vida libre de los prejuicios contra el otro –que precisamente generaron el resentimiento de los grupos sediciosos-, lo que lo lleva incluso a tener una relación amorosa (trágica) con Miriam, joven madre soltera violada cuando niña por el padre del protagonista.

Hacia el final, la mirada amplia y descarnada de Cueto sobre la violencia política en el Perú se focaliza en un estadio fundamental para la superación de los traumas nacionales: la necesidad de una reconciliación.

Estamos así frente a una novela multisemántica, para la que vale tanto una lectura sencilla de policial político –la estructura de la misma responde a esta tipología-, como un acercamiento desde la tragedia griega (mutatis mutandis, la novela reelabora un argumento clásico) o una mirada desde las profundidades de la filosofía existencial y el problema del otro.

Ahora, cuando gran parte de la novela contemporánea suele abordarse unidimensionalmente y con estilo deliberadamente “atractivo”, condescendiente con el lector, grande atributo de La hora azul es el fomentar diversas lecturas y visiones sin caer en los facilismos del neobarroquismo, además de deleitar a los conocedores del género policial con una prosa afilada, seca, cortante. Una mirada abarcadora de la compleja trama política y cultural del Perú de hoy.

(Fotografía: novelista y crítico Juan Villoro)

9 comentarios:

  1. Anónimo8.7.06

    Buen comentario. Cuándo salió la primera parte? Tu redacción es clara y evita los lugares comunes. Más bien algún colaborador tuyo escribe con muletillas y pleonasmos. En fin. Felicitaciones por el blog. La dirección me la dio el buen narrador Max Palacios.

    Clarita

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  2. Anónimo8.7.06

    le sugiero a victor que lea el http//cavb.blogspot.com de cesar vasquez bazan sobre la bomba que nos dejò alan garcia,
    es lùcido ademàs su comentario sobre los premios literarios ganados por nuestros escritorres, y es claro que son buenas ambas, pero la de cueto es un poco màs real, en el sentido que se acerca màs al problema que hemos vivido.

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  3. Anónimo8.7.06

    Juan Villoro no sólo es un gran novelista, sino, quizá, uno de los mejores cronista de hispanoamerica. No he leído mejor crónica sobre Chéjov que la que escribiera Villoro. Realmente impresionante, pero aquí se le conoce en circulos algo selectos. Buen post, sin dudas Villoro es alguien de quien vale saber una y otra vez.
    saludos,

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  4. gracias por la sugerencia.

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  5. Anónimo8.7.06

    Este comentario de otro blog: "el problema con lasso no es editorial sino personal. bien mirado, cualquiera con sentido común y algunos conocimientos básicos puede editar un libro. Ahora, saber qué editar, cuándo editar y cómo editar es otra cosa. Eso exige oficio, talento, formación y conocimiento del mercado. Lasso, ya lo he sugerido antes, no lee nada ni tiene experiencia, es natural que le pasen esas cosas.

    Gabriel

    3:16 PM"

    Con qué cara este narrador de muletillas y 5 errores ortográficos por página critica a un editor? Lean su novela "editada en EE UU" para que lo comprueben.

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  6. Ya hemos dicho anteriormente que los comentarios deben hacerse en el post respectivo. A partir de ahora borraré los comentarios que no cumplan este único requisito, por más atinados que sean. Muchas gracias.

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  7. Anónimo9.7.06

    Interesantes tus opiniones. Ahora bien, no nos dejemos deslumbrar por el valor de los premios. Es vox populi que últimamente la apuesta literaria del Herralde apunta más a los finalistas que a los ganadores. Las novelas de Neuman, Berti y Subirana están bastante por encima de las de Pauls, Villoro y Cueto... El nombre sigue teniendo su poder...

    El gaucho insumiso

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  8. Anónimo9.7.06

    Interesantes tus comentarios, aunque no nos dejemos delumbrar por los premios. Últimamente la apuesta literaria del Herralde apunta más a los finalistas que a los ganadores. Las novelas de Neuman, Berti o Subirana les sacan una buena distancia a las de Pauls, Villoro o Cueto. La importancia de los nombres sigue marcando demasiado.

    El gaucho impasible

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  9. Doris Rodrígiez10.7.06

    Gabriel Ruiz-Ortega es un escritor joven que tiene mucho camino por delante. No lo podemos lapidar por unos errores ortográficos de su buena novela "La cacería". Más tolerancia y menos sensibilidad se imponen. Es signo de modernidad, la que tienen las novelas de Pauls, Villoro y Cueto. Es signo de grandeza.

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