20.8.06



Emiliano Zapata en novela

Pedro Angel Palou (1966) es un escritor mexicano que ha decidido tomar un tema clave dentro de la historia y la cultura de su país para hacer una novela que acaba de publicar Planeta-Mexico, Zapata (2006). Confabulario, la revista sabatina de El Universal de México, ha publicado hoy un fragmento de la misma que posteo sin más.


¡Qué nómina de huesos calcinados por la impaciencia! Que les tomen la medida mientras lloran, piensa Emiliano, que entre él y los otros se interponga una muchedumbre de hombres como él. Que haga una locura. Nada de esto es posible, la espera parece terminarse, el caudillo de la revolución se digna a visitarlos.
El 11 de junio Francisco I. Madero sale de la ciudad de México en tren rumbo a Cuernavaca. La ansiada visita a la tierra de la revolución del sur, su aliada. Por unas horas le cambió el humor a Emiliano. Había estado de malas desde su regreso de la capital aunque hizo algunas bromas con sus más cercanos mientras cabalgaba a la estación de ferrocarril. La comitiva que lo espera es enorme. Es la una de la tarde. La multitud se agolpa para saludarlo. Viene acompañado de unas ochenta personas. Miembros de su familia, comisiones de Cuautla, Yautepec y Tecala. Lo acompañan los importantes de Morelos, los de siempre: lo mismo Antonio Barrios, presidente de la Asociación de Productores de Azúcar y Alcohol, viejo amigo de Escandón, que Tomás Ruiz de Velasco, próspero comerciante de Jojutla quien representa a los hacendados. Zapata saluda a Madero con cierta frialdad y lo escolta siguiéndolo a pie junto al coche que lo lleva al centro de la ciudad.
Una doble valla de tropas surianas se forma a los lados de la calle. Flores que caen desde los balcones y las azoteas. Entra Madero triunfal al Palacio de Cortés y los hermanos Miranda y Zapata con sus escoltas presentan armas.
Van al Congreso del estado donde se pronuncian discursos entre loas y palmas. Nada parece más halagüeño. El gobernador Carreón ofrece una comida en el Jardín Borda, orgullo de Maximiliano.
Todos los conservadores y los hacendados están allí. Beben vino francés y escuchan valses. Nada aparenta haber cambiado. Zapata se rehúsa a asistir al convite. Es el ágape de los otros, cada vez siente que se le oscurecen las razones para festejar. Ni modo que se siente con los enemigos de la revolución a comer como si nada.
Después de la comida, desde el edificio del Banco de México, Madero presencia el desfile de cuatro mil revolucionarios. Pasan varias veces pero el caudillo empieza a reconocer a los mismos campesinos dando la vuelta y detiene el ya de por sí largo día de saludos.
Por la mañana Madero parte hacia Iguala y Chilpancingo. Zapata no desconoce que conversará largas horas con Figueroa, su enemigo. Lo espera a su regreso el 15 de junio, día final de la gira. La conversación es breve, como la siguiente que ocurrirá de nuevo en la casa de Madero en la ciudad de México. Las posiciones encontradas. Emiliano cede, declara al diario El País, de filiación católica, un día después de su nueva entrevista con Madero, que si él se afilió al movimiento revolucionario no fue por la idea de lucro sino por patriotismo.
El odio demostrado hacia mí por los hacendados morelenses no me lo explico como no sea porque arrebaté a la explotación que por parte de ellos eran víctimas los obreros que les enriquecían con el fruto de su sangre y su sudor. Ahora voy a trabajar en el licenciamiento de los hombres que me ayudaron para después retirarme a la vida privada y volver a dedicarme al cultivo de mis campos, pues lo único que anhelaba cuando me lancé a la revolución era derrocar al régimen dictatorial y eso se ha conseguido.
Había que callar a los reporteros, unos guacamayos.
Con esa declaración Zapata empieza a librar otra guerra, una de palabras. Preocupado por lo que se decía en la capital y por limpiar su imagen de bárbaro y bandido. El propio Madero le había vuelto a recriminar la destrucción de Cuautla. ¿Quién le repondría el oído a Felipe Neri, su dinamitero, que se quedó sordo después de tomar a la fuerza el convento de San Diego?
Mientras allí lo vituperan y lo insultan, las canciones lo ensalzan:

¡Pobres pelones del Quinto de Oro,
a otros cuenten que por aquí no más tres piedras,
porque la fama que hay en Zapata no tiene fin!

Lo que es el Quinto Regimiento nunca pierde, no,
decían los de ese batallón, cuando a
Morelos dispusieron los rebeldes
sitiarlos en la ocasión.
[...]
Nosotros somos disciplinados,
decían con grande satisfacción,
no pistoleros como estos vagos
huamuchileros sin instrucción.
[...]
Adiós al Quinto de Oro afamado,
mi pueblo llora tu proceder,
pues prometiste el ampararnos
y al fin corriste, ¡qué hemos de hacer!
en otras partes habías triunfado,
pero aquí en Cuautla no sé por qué
los calzonudos te corretearon
porque con ellos tan sólo tres.


En la ciudad de México se entrevista con la gente sin mayor éxito, a pesar de que ya desde el 13 de junio en la fábrica La Carolina habían depuesto las armas sus subordinados, lo que le costó cuarenta y siete mil quinientos pesos de licenciamiento y paga. ¿Tres mil quinientas armas no eran suficiente? Los hacendados seguían intrigando en su contra. Si él era el jefe de la policía en Morelos, le correspondían según el pacto, pero el mismo Carreón se había negado a entregarle quinientos rifles y municiones.
En julio estaba ya más seguro que nunca de que deseaba abandonar la política y casarse. En un mes regresaría a su vida normal.
Era una tarde a mediados del mes. Se tomaba unas copas con los suyos. Estaban cansados. Abrazó a Gildardo Magaña y brindó por el futuro. Lo trataba de hijo aunque apenas le llevara ocho años. Se apuraron nuevas copas mientras Silva les cantaba allí en Cuautla, en una cantina.

Soy zapatista del estado de Morelos
porque proclamo el Plan de Ayala y San Luis
si no le cumplen lo que al pueblo ofrecieron
sobre las armas los hemos de hacer cumplir.

Para que adviertan que el pueblo nunca se engaña,
ni se le trata con enérgica crueldad,
si semos hijos, no entenados de la Patria,
los herederos de la paz y la libertad.
[...]
Sublime general,
patriota guerrillero
que pelió con gran lealtad
por defender su patrio suelo;
espero que ha de triunfar
por la gracia del Ser Supremo
para poder estar en paz
en el estado de Morelos.

Yo como no soy político no entiendo de esos triunfos a medias, de esos triunfos en los que los derrotados son los que ganan; de esos triunfos mijo en que se me ofrece y se me exige que dizque después de triunfante la revolución salga no sólo de mi estado sino de mi patria. ¿A usted qué le parece?
Los demás generales y coroneles entraron en la plática.
Faltaba más, él era el jefe del ejército suriano, casi el padre de Morelos.
Muchos dicen que debe usted postularse para gobernador, mi general.
No es para tanto. No me interesa el poder. Yo estoy resuelto a luchar contra todo y contra todos sin más baluarte que la confianza, el cariño y el apoyo de mi pueblo.
No se hable más.
Esa noche se firmó un pacto sin papeles, sin palabras.
Los ojos de Montaño y de Magaña, de Eufemio y de Franco, los ojos de Emiliano y de los otros se miraron como no volverían a hacerlo nunca, como se miran los lobos antes de bajar al monte por comida.
Era cuestión de volver a esperar. Lo habían hecho desde siempre.
***
Empieza a establecerse una agria correspondencia entre Madero y Zapata. El del sur escribe:
Si la revolución no hubiera sido a medias y hubiera seguido su corriente, hasta realizar el establecimiento de sus principios, no nos veríamos envueltos en este conflicto. Yo, ni por un momento he dudado de que usted sostendrá los principios por los cuales el pueblo mexicano derramó su sangre y en la cuestión a que en este momento me refiero tengo fe y la he tenido siempre en que usted evitará el derramamiento de sangre que se prepara contra nosotros.
El del norte contesta que volverá a Morelos a pesar de las noticias de que su vida peligra si se entrevista con Zapata.
Emiliano es un hombre casado cuando recibe a Madero quien lo llama integrérrimo general. Mientras esta última entrevista ocurre, Victoriano Huerta avanza hacia Yautepec dispuesto a reducir a Zapata hasta ahorcarlo. Las cartas están echadas.
Está harto de oír que los pelones federales los llamen bandidos comevacas y que los guacamayos de la capital le apoden Atila, peligro social, aparición del subsuelo que quiere borrar la superficie.
Ya se lo había dicho a los suyos. No capitularía y se iría de México. Quería una ley agraria, el retiro de Figueroa y el nombramiento de Raúl Madero en Morelos. Nada más.
Perdono al que mata o al que roba porque quizá lo hacen por necesidad. Pero al traidor no lo perdono, les decía a los suyos, y luego contaba siempre la misma historia acerca de un trabajador de las cercanías de Anenecuilco que tenía en su casa un perro para cuidar la casa.
Los demás lo escuchaban como si fuese la primera vez. Era un perrazo amarillo, así de grande, con orejas pachonas y largas. En cuanto el animal escuchaba a los coyotes chillar salía a perseguirlos a todo correr. Cuando el perro regresaba su dueño le decía a su mujer que echara unas tortillas como premio, bien se las había ganado cuidando a las gallinas.
Emiliano calla, toma un poco de café de un pocillo de peltre y sigue su relato. Una vez los coyotes se acercaron tanto que cuando el perro amarillo salió a perseguirlos corrió el hombre tras él pa ver si siquiera había cogido uno. Cuál será su sorpresa al ver debajo de un huizache al perro y los coyotes comiéndose alegremente una gallina. Ese perro amarillo era un traidor. Tanto que los coyotes huyeron al ver al hombre y el animal siguió comiendo. Fue sacando entonces su machete y le abrió la cabeza de un solo golpe.
Así haré yo con todos los traidores, faltaba más.


[Fotografía: el autor]

1 comentario:

  1. Me gusto tu entreda.
    Que bueno que leas a un escritor tan prolifico
    Nn abrazo desde la Puebla de Palou.

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