13.8.06

Sobre Rosa de los Vientos de Héctor Ñaupari

Víctor Coral

Visto desde ahora –un tiempo trágico y demasiado politizado– puede
parecer extraño el hecho de que poesía y erotismo hayan estado
íntimamente ligados prácticamente desde los inicios de la cultura, tanto
en Oriente como en Occidente.
Basta recurrir a la Biblia, cuyo Cantar de los Cantares ha sido visto por
muchos estudiosos como el summun de la poesía erótica, o remontarse a
la poeta griega Safo de Lesbos, cuyos versos que seducen y ensalzan el
amor homosexual y el ansia por el cuerpo amado todavía permanecen
como hitos dentro de la poesía erótica:

«Se oprime en mi pecho el corazón
de solo mirarte, ni mi voz encuentra
salida desde el fondo de mi cuello,
y calla mi lengua quebrada.
Raudo fluye todo, fuego sutil
de mi cuerpo: mis ojos desbocados
sin rumbo vagan, mis oídos
truenan en horrísono zumbido.
De sudor gélido me cubro toda:
como marchita hierba reseca quedo,
y ya sin fuerzas, sin aliento,
yazgo como muerta en el lecho».

En Oriente la cosa no fue para nada distinta. La poesía erótica ha sido
cultivada desde muy antiguo en Arabia, Persia y la India (ya no hablemos
de China) y de hecho ha influenciado tanto nuestra concepción del
amor como los símbolos con que señalamos al amado o amada.

Con algunos momentos de distensión semejantes a aquellos de la sesión
amorosa, la presencia del erotismo ha permanecido y trascendido tiempos
y guerras, para llegar a un punto laxo, de quiebre, en nuestros tiempos.
En su clásico ensayo La llama doble (1), Paz desarrolla dos figuras claves
del erotismo occidental: el religioso solitario y el libertino. Escuchemos:
«emblemas opuestos pero unidos en el mismo movimiento: ambos niegan
a la reproducción y son tentativas de salvación o de liberación personal
frente a un mundo caído, perverso, incoherente o irreal».

En Oriente, por ejemplo, hay casos en que libertinaje y ascetismo están
imbricados en un mismo texto, y aparecen como indesligables y no
contradictorios como podría parecer prima face.

Un ejemplo de ello es el Gita Govinda, poema escrito en lengua sánscrita
por el poeta Jayaveda, donde se ensalzan los amoríos del dios Krsna con
Radha, una pastora de vacas. Allí el sentido religioso es inseparable del
sentido erótico, y hasta diríamos que ambos se apoyan mutuamente:
son dos aspectos de una misma realidad consubstancial y compleja.
Prosigue Paz: «En la figura opuesta, la del libertino, no hay unión entre
religión y erotismo; al contrario, hay oposición neta y clara: el libertino
afirma el placer como único fin frente a cualquier otro valor.» Su mundo
es el del «sacrilegio, la blasfemia y la profanación», en general, el de la
negación de lo trascendente.

Pero hay en esa negación una afirmación implícita: hay que creer mucho
en la existencia de Dios para enfrentarse a él pecho abierto, como lo
hicieran Sade y Baudelaire. Como afirma Paz: «podría decirse también
que el libertinaje es una religión al revés»(2).

Ahora bien, el devenir de la poesía occidental, desde la Edad Media de
los Goliardos y el amor cortés hasta las postrimerías del siglo veinte –
con un poco conocido intermedio de poesía «pornográfica» en pleno Siglo
de las Luces– se ha circunscrito casi exclusivamente a la poesía erótica
liberal (llamémosla así para evitar la semántica negativa del término
«libertino»).

En ella el canto a la amada o al amado desde una perspectiva sexual y
hasta procaz se impuso a medida que la sociedad moderna fue
abandonando esos principios y valores que el asceta afirma con su práctica
y que el libertino niega con la suya. Es por ello, en parte, que en estos
tiempos no hay santos ni sabios religiosos visibles (3). La poesía del
fundador de Neón, Héctor Ñaupari, se inscribe sin ambages en la
perspectiva del poeta liberal.

El tema erótico clásico en poesía, no es más que un movimiento de
variaciones y hallazgos parciales. El encuentro de dos cuerpos cuando se
aman, las formas que estos adquieren, las sensaciones que los amantes
tienen y los elementos utilizados para metaforizar el encuentro han sido
fijados en nuestra cultura desde muy antiguo, e incluso se han
incorporado a las respectivas lenguas occidentales. Ñaupari parece consciente de estos parámetros. Ha elegido la rosa de los vientos como un símbolo señero de su amada y la ha comparado con provecho en versos que citaré sin desgano:

«Soy en ti apenas un vahído, un rayo de sol que intenta tímidamente
derretirte,
y transformarte en agua lívida,
amor
líquido ávido que se agita desde las montañas
y no cede, sino que cae y cae y cae
hasta llegar al río cuyo cauce soy yo una vez más cariño mío
y en mi furia que te azota y te ahoga
te abandonas,
apenas arropada por los gemidos que corren desde tu boca hacia la mía
como cuando estamos en el amor
y en el amor somos otra vez uno,
uno como el sol que se hace del mar elevando su temperatura para crear las
nubes,
esas nubes eres tú, a veces cúmulos y a veces cirros
y yo soy el cielo libre azul que trémulo te sostiene siempre
como ahora te sostengo al borde de la cama
y elevo tus piernas para poseerte
lamo tus rodillas tu entrepierna tus muslos
aprieto suavemente los tendones de tus pies
y tú te electrizas, eres una lluvia con relámpagos que cae sobre mi cuerpo
y yo soy la tierra fértil amor mío
crecen la hierba y los árboles y los pájaros y los gatos salvajes que te ven con
ojos lánguidos caer, caer, caer,
caes como una muñeca de porcelana entre las sábanas de la niña que eres tú
una vez más, amor,
caes como tus propios pechos sobre el mío,
tus piernas devorando mis pulmones
te amo tanto cuando quieres absorberme totalmente...».

Versos inflamados, sinceros, versos que se atienen a una tradición de lírica
amorosa y sensual prístina, pero que sin embargo se dan espacio para un
aporte singular y como oculto: el poeta-amante se compara con la tierra
fértil, mientras que la amada es la lluvia que fecundará esa tierra.
Maravillosa inversión de los papeles tradicionales que nos avisa de una
posición ideológica abierta y sana a favor de una valorización de la mujer
distinta al machismo predominante (y a su versión intelectual, travestida
y equívoca, encarnada en cierto feminismo rabioso y «ferial»).

Ñaupari ha intentado con este libro algo que durante los dos últimos
decenios pocos han imaginado siquiera: elaborar íntegramente un
poemario erótico, congruente y medido, tanto en las figuras literarias
utilizadas –cuyo exceso «gozamos» en su primer libro– como en el
planteamiento y radio de acción de cada uno de los poemas.
(Como sabemos, la poesía peruana desde los años sesenta, por la
influencia de Eliot y Pound, terminó de abandonar la temática amoroso-
erótica para asumir asuntos supuestamente más profundos –el tiempo,
la existencia, lo social).

Los poemas simulan eslabones de una cadena que nos lleva desde el
placer intelectivo del cuerpo amado hasta el desbocamiento sofrenado
de las sensaciones, las emociones íntimas y el «buen amor», en versos
nítidamente apreciables:

«Nuestro buen amor
ha sido un perfecto salto al vacío.
Ah tus caderas vibrantes tensadas entre mi cuerpo como el miedo intuitivo de
un acróbata ciego.
Este largo amor nos mantuvo despiertos
como una espera que no da tregua alguna
semejante a un soneto que repica y refulge al mismo tiempo
y que cedió sus pausas a los puntos suspensivos
que sueltan los cabellos de tu imaginación.
Nuestro buen amor
tiene el sabor de la piel recién lavada.
Ahora te miro
con ese mismo asombro antiguo del que escribió el poeta.
No te recuerdo como hace unos instantes, en esta misma alcoba donde en su
hora más umbría,
te presentabas ante mí más nítida que un mediodía de enero
y donde impacientes y urgidos nos acometíamos tensos y sobrecogidos como
dos duelistas,
sin más motivos que esta impaciencia por tocarnos,
sin más armas que
nuestra piel sudorosa y febril...».

Si al leer estos versos, el lector percibe un sabor (un saber) a ya visto, a
tema (re)conocido, esto no es más que una característica moderna de la
poesía erótico-amorosa. Son viejos temas, ancianos tópicos que se
renuevan gracias al sentir particular de cada ser, de cada forma de asumir
la mimesis del encuentro de los cuerpos. Y Ñaupari ha acertado muchas
veces en la renovación de estos temas clásicos en su Rosa de los vientos.
En su poema «Amor en música», un verdadero grande de la lírica
amorosa, Luis Cernuda, define en un sobrio cuarteto el tema erótico–
amoroso en poesía:

«Aunque el tema sea el mismo,
cada amor tiene su aire,
que con tantas variaciones
difiere y a nuevo sabe».

Ñaupari parece haber estudiado, como un obsedido, una y otra vez esta
enseñanza. De otra forma no podríamos explicarnos el éxito –para hablar
en términos profanos– que ha logrado al escribir el mejor poemario
erótico–amoroso de las dos últimas décadas en el Perú. Y todo «con ese
mismo asombro antiguo del que escribió el poeta».

El poeta, ese libertino cuya religión es la poesía. O ese religioso cuya
deidad es la palabra, y cuyo ritual es la escritura y la consumación del
amor en el tálamo real y en el de lo imaginario. Allí donde moran la rosa
de los vientos (4) y los rosales de una regeneración intemporal más allá y
más acá de los cuerpos.


NOTAS

(1) Paz, Octavio. La llama doble, amor y erotismo. Seix Barral, 1993.

(2) Op. Cit. pp. 22–24.

(3) No me referiré, por un último resabio de respeto, al Dalai Lama y sus conferencias pagadas.

(4) La rosa de los vientos es un producto intelectual asimilado tradicionalmente al simbolismo de
la rueda y por extensión al eterno retorno del placer sensorial y espiritual. La rosa, en términos
generales, es símbolo de regeneración, estrechamente emparentada, entonces, con el erotismo y
la poesía.

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