30.8.06


Tsvietáieva: promiscuidad y genio


Mucho antes de casarse por primera vez, a principios del siglo veinte, Marina había ya diseñado un recorrido de vida personal (en su caso esto equivale a “sexual”) liberada, sin límites, entre lo romántico y lo maldito. ¿A dónde la llevó esta vida ofensiva con sus semejantes, sin escrúpulos en sus relaciones amorosas, sin frenos morales? Un par de testimonios citados por Sergio Pitol en un librito completamente recomendable, El viaje (Anagrama, 2001) son elocuentes:

“Todo lo que dice Tsvietáieva me interesa, en ella entreveo una amalgama de sabiduría y capricho, bebo sus palabras, pero en ella y sus palabras hay casi siempre un dejo morboso (…) una nota de exaltación, curiosa, inteligente, pero de algún modo histérica, carente de equilibrio, tal vez peligrosa para nuestras futuras relaciones…”, confiesa su amiga Nina Berbérova en 1937.

Un su amigo incondicional, el crítico ruso Mark Slónim, nos legó una imagen final de su vida pulsada por el furor sexual: “En el París de la emigración resultó claramente fuera de lugar. (…) No llegó a ocupar ningún lugar dentro de la “sociedad” del exilio, con sus salones literarios y políticos, donde todos se conocían… Ella era un bicho raro, una sombra ajena, expulsada del grupo, alejada de las relaciones personales y familiares, y se destacaba poderosamente, con su rostro, sus palabras, su vestido gastado y su imborrable sello de pobreza.”

Mucho se ha especulado sobre el par de encuentros que tuvieran Ana Ajmátova y laTsvietáieva. Pitol afirma que lo más probable es que la primera haya sido prudente y de perfil bajo frente a la arrogancia y excesividad de la genial ninfomaníaca. Como para que no quede dudas, el escritor mexicano señala que la poeta y su hermana Anastasía “podían pasarse noches enteras en recorrer las listas de amores que se le conocieron a Tsvietáieva y lo calamitosa que podía ser en este sentido, una peste, una ladilla”.

Pero no solo en el plano de las relaciones personales la poeta era una indeseable. Sus cantos a la guardia zarista, a los militares y a la aristocracia decadente a la que pertenecía –hermosos, por cierto- le habían dejado en la más espantosa soledad, con toda la intelectualidad rusa que valía la pena en el exilio, y con un entorno local indiferente y hasta hosco.

Cuando la poeta salió de Rusia y se sumó a los exiliados, el vacío y la ley del hielo fueron los postes a donde debió amarrar su destartalado navío. Terminó su vida repudiada por la izquierda dominante, execrada por todas las parejas a quienes su furor uterino había mancillado, despreciada por la oficialidad bolchevique a la cual también había intentado acercarse, empujada por el hambre y el mal estar.

Para esto se inicia la Segunda Guerra Mundial y la situación material de Tsvieatáieva y de su hijo Georgui, enfermizamente adorado por ella, se vuelve infernal. Dan tumbos de acá para allá en cuartuchos miserables, padeciendo el espanto del frío y la miseria profunda. Pero tenía en su hijo –y en sus rutinarias escapadas sexuales- una suerte de última razón para vivir.

Un buen día Georgui, su hijo sobreamado, se voltea contra ella y le espeta todo el mal moral y autodestructivo que ha causado a su padre. El golpe es insoportable. En 1941 la poeta más luminosa del siglo veinte se quita la vida de una manera tan irresponsable como había vivido toda su vida, la sexual y la otra. Su hijo es llevado por las autoridades a una “escuela para hijos de padres enemigos de la patria”.

El daño total estaba hecho. Sus poemas, intensos, resplandecientes, quedarían depositados en un Instituto Suizo para ser rescatados posteriormente. Único detalle previsor en una vida dislocada y farragosa.

En su clásico tratado Estructura de la lírica moderna (1956), Hugo Friedrich ha establecido que la lírica contemporánea tiene actitudes diversas frente al mundo que convergen en un solo punto: la desvalorización de la realidad. En el caso de Marina Tsevietáieva esa desvalorización, feraz en el plano simbólico, fue feroz en el plano de lo real.

Destruyó todo a su paso, incluso a sí misma; el furor interno fue apenas un rasgo de una voluntad destructiva extremadamente profunda. A diferencia de otros casos, locales y foráneos, no pudo destruir su propia poesía. Gracias a su talento, a ella sí le podemos perdonar todo. Su poesía la avala desde la eternidad.

(Fotografía: Marina Svietáieva, poeta)

3 comentarios:

  1. Anónimo31.8.06

    qué palabra tan fea: "sobreamado"
    Y fea también toda la moralina misógina que transpira este
    escrito.

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  2. sobreprotegido es lo permitido por la academia, pero no expresa con precisión el "amar demasiado" que caracterizó a la poeta con respecto a su hijo.
    En cuanto a la misoginia, es la primera vez que me dicen eso y me extraña. Puedes dar razones para tremendo epíteto?

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  3. A mi me parece el mejor post literario que te he lèido en este blog Victor.

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