2.9.06


La Primera Dama en El Universal

Como hemos informado antes, La Primera Dama es un colectivo literario mexicano conformado por Vizania Amezcua, Ishtar Cardona, Alberto Chimal, Hazel Gloria Davenport, Adriana González Mateos, Saúl Gutiérrez, Noé Morales Muñoz y Cristina Rivera-Garza. La columna que publica hoy en el diario mexicano se titula “El exiliado”. Algunos fragmentos reveladores. Cuidado.

“Como muchos otros que usamos, el término hacker, además de provenir de la lengua inglesa, se emplea de modo confuso.

El verbo to hack y sus palabras aledañas se remontan por lo menos al siglo XIV y pasan, entre otros, por los ámbitos de la literatura, la equitación y la prostitución. A mediados del XX el verbo tenía, entre otras acepciones, la de "intervenir en" o "meterse con" algo, y tal significado se usaba, en especial, entre los radioaficionados, quienes recomponían y alteraban sus aparatos para mejorar su desempeño. De ellos, al parecer, el término pasó a la comunidad de los primeros entusiastas de las computadoras personales, para quienes llamar hacker a alguien podía ser o un insulto o un elogio.

Hacker era el inadaptado que se pasaba la vida en una relación de amor/odio con su computadora, mientras intentaba hacerla funcionar; hacker era también el más grande experto en el funcionamiento de los componentes electrónicos, o de los programas que los controlan.

La palabra entró en la cultura general de Occidente -y se volvió infame- gracias a un filme de Hollywood: Juegos de guerra (1983) de John Badham, que popularizó la noción del hacker como criminal que se vale de sus conocimientos para penetrar sistemas de comunicación o de cómputo y cometer diversas fechorías; el protagonista del filme, interpretado por Matthew Broderick, hace de todo, desde puentear un teléfono público para hacer llamadas sin cargo hasta reservarse boletos gratis en un vuelo transcontinental, antes de intervenir el sistema de misiles balísticos de Estados Unidos y provocar (casi) la Tercera Guerra Mundial.

No es casual que otro filme famoso: Matrix (1999), de Larry y Andy Wachowski, equipare a la figura del hacker con las del mago (¡!) y el terrorista.

Todas estas nociones y prejuicios se unieron de modo alarmante en el caso de Kevin Mitnick, programador estadounidense arrestado en 1995 por fraude electrónico y otros cargos. Cuando su proceso empezó a ser seguido por los medios, éstos se dedicaron a presentarlo -exagerando reportes policiacos- como uno de los peores criminales en la historia de su país; detenido por años antes de su juicio, sin que se le permitiera solicitar fianza ni el examen de la evidencia en su contra, fue sentenciado en 1999 a 68 meses de prisión en un penal de máxima seguridad.

Liberado en enero de 2000 (su tiempo de arresto se contó como parte de su condena, y se le perdonaron 180 días por buen comportamiento), Mitnick quedó sujeto, sin embargo, a una "liberación supervisada" tan restrictiva que carecía de precedentes: le había sido totalmente prohibida la posesión y el uso, para cualquier fin, de todo tipo de teléfono celular, computadora, programa de cómputo, equipo periférico y cualquier otro aparato, conocido o por conocerse, que pudiese comunicarse con un sistema de cómputo o cumplir las funciones de uno. Además, le fue prohibido asesorar a ningún individuo o grupos cuyas actividades se relacionaran con la computación e intentar el acceso a cualquier tipo de computadora o sistema de cómputo, fuese directamente o por medio de terceros.

Toda innovación conlleva el peligro de no caminar por donde se desea: la soberbia planea sobre el impulso creativo y eso, lo sabemos, puede desatar la ira divina (o más secularmente la venganza de la historia). Un exceso de confianza puede convertir un luminoso experimento científico destinado a salvar la vida de miles de personas en una hecatombe: la literatura y el cine bien nos han prevenido. Y cuando un dispositivo tecnológico se asienta de forma tan definitiva en nuestro cotidiano como desde hace algunas décadas lo ha hecho la computadora, los miedos corren a ponerse su traje dominguero.

Como ocurre con la mayor parte de los implementos que usamos para vivir como vivimos, no sabemos bien a bien cuáles son los mecanismos que operan para la actividad de un ordenador. Nuestra contribución a su puesta en marcha se reduce a oprimir un botón. En su funcionamiento existe mucho de magia, y quienes son capaces de comprender, y más aun, de crear sobre estos sistemas, nos resultan taumaturgos que con sólo poner las manos sobre el objeto (en este caso un teclado) desaparecerán las amarguras que poblaban nuestra existencia (un archivo perdido, por ejemplo).

Estos potenciales intrusos, conocidos popularmente como hackers, han tomado carta de naturalización en nuestro imaginario y sus hazañas se reportan regularmente en la prensa alcanzando vuelos francamente epopéyicos. Sin embargo, no es lo mismo meterse a husmear por el placer de encontrar nuevas rutas y generar nuevas nociones sobre la instrumentación del sistema, que provocar calambres al sentido de propiedad de las grandes instituciones gubernamentales, militares y bancarias.

Con el fin de establecer una línea conceptual que les permita seguir profesando en un contexto hostil, los hackers han comenzado a desmarcarse de los crackers o black hats, quienes sí se dedican a romper las protecciones del software con fines de lucro o de ganancia criminal. Algunos investigadores, como McKenzie Wark o Fran Ilich, preponderan el valor de la innovación en la práctica del hacker y el conocimiento nuevo que esto produce. El mismo Ilich lo dice: lo que importa a la hora de hackear es subvertir las funciones estándar de una tecnología ya en uso.

Pero más allá de los debates en torno a la acción de los hackers, la institucionalidad del cuerpo social ha puesto límites a esta acción, y las penas impuestas a los expertos de la virtualidad indiscreta han sido terribles. Los ocho años de alejamiento de todo equipo de información o de comunicación que pudiese conectarse al ciberespacio supuso para Kevin Mitnick, hacker mítico si los hay, la cuasi-prohibición de existir, al impedirle acceder a las vías de intercambio en las que este mundo se rutea actualmente.

En 2003 la condena terminó y Mitnick, como Robinson Crusoe, fue rescatado del mundo real para volverse a integrar en el mundo virtual: ahora trabaja, en el equipo de los buenos, como asesor en seguridad de sistemas de cómputo. El mismo Ilich lo dice: lo que importa a la hora de hackear es subvertir las funciones estándar de una tecnología ya en uso.


( Hacker en acción)

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