12.10.06


El que tiene sed

A veces los remates que ofrecen las librerías limeñas son más generosos que sus atiborrados estantes de novedades. Ayer pasé una vez más por el enjuto pero jugoso rincón de ofertas de La Familia de Diagonal, y me topé con un libro clave para entender la obra de un narrador de culto: Abelardo Castillo (Argentina, 1935).

De él había ya leído su famoso libro de cuentos Las otras puertas (1961, Premio Casa de las Américas; Seix Barral, 1998) y tenía en lista de espera El Evangelio según Van Hutten (Seix Barral, 1999). Pero El que tiene sed (editado primero en 1985 y reeditado en el 2000 por Seix Barral argentina) llamó insoportablemente mi atención, así que la empecé a leer ayer.

Desde la primera página me di cuenta que estaba frente a un narrador que sabía lo que era el alcohol y sus efectos sobre el alma humana. No estoy frente a una novela sobre el alcoholismo. Ni en contra del alcohol, como alguna de London que leí y olvidé hace años. Tampoco ante un libro que tiene que ver en algunos aspectos con este compuesto químico, como algunos de Cheever o Carver.

El que tiene sed es una revelación alcoholizada. Una alucinación perplejadora, un monumento lingüístico y narrativo a la trivialidad de la embriaguez. La manera en que Castillo formatea su inolvidable protagonista, Esteban Espósito, tiene visos autobiográficos innegables. Además del sabor a viejo cognac de lo auténtico e insobornable.

El mismo Castillo dice de su libro: “En el caso de Esteban Espósito, mentiría si dijera que no es de algún modo mi alter ego. Porque en El que tiene sed, por ejemplo, que es donde aparece por primera vez Esteban Espósito (aunque apareció por primera vez como personaje de un cuento, que hoy es un capítulo de El que tiene sed). El de El que tiene sed, es sin duda alguien bastante parecido a mí, o bastante parecido al que yo era unos años antes de escribir ese libro y, de alguna manera, me representa”.

Un libro que me provoca sed de seguir adelante con esto de la escritura.

(Abelardo Castillo. No se fíen del rostro bukoskiano: el hombre sabe más)

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