30.10.06


Entrevista a Claudio Magris en El País

“Pesimismo de la razón y optimismo de la voluntad”. La máxima de Gramsci le sirve como capote al escritor italiano Claudio Magris (El Danubio) para soportar el vendaval de corrupción de los credos políticos actuales. Unas preguntas.

A ciegas es su libro más triste y salvo en las páginas finales me parece que no deja lugar para la esperanza.

El capítulo final lo escribí hace diez años. Marisa, mi mujer, lo cortó y corrigió, y las tres últimas páginas del libro las escribí el mismo día que entregué el manuscrito a mi editor italiano en 2004. Para mí el más triste sigue siendo La exposición, ese libro es durísimo.

¿Cómo nace este libro?

La primera idea sobre A ciegas la tuve en el 88 y surgió de la contemplación de los mascarones de proa sobre los que ya había escrito un librito que no acababa de convencerme. Me fascinaba esa mirada dilatada, abierta sobre los desastres que tienen los mascarones y que otros no pueden ver. Luego vino la increíble historia del campo de concentración de Goli Otok, que está también en mis otros libros, en Otro mar, en Microcosmos. Esa historia siempre me ha obsesionado: los dos mil hombres que avanzan felices para construir el socialismo con Tito en Yugoslavia y luego son deportados a esa isla. Es como si delante hubiera un mascarón de proa que ve el final.

Luego encontré casualmente a un personaje histórico, Jorgen Jorgensen [aventurero danés del siglo XIX que fue deportado a Tasmania por los británicos]. Había escrito muchísimo, viajado a Tasmania, recopilado información, tenía un material ingente y, finalmente, surgió la idea de recuperar a los Argonautas y la historia del Vellocino de oro, la más grande civilización del mundo y la más destructiva. Habla de desesperanza y es cierto, es un libro que pasa a través de todos los horrores de nuestra historia, pero también es un libro de resistencia, porque en el fondo, estos personajes que han luchado y creído en una causa equivocada, tienen tal fuerza y capacidad para sacrificarse por la colectividad, que su lucha tiene un gran valor. Es un libro muy duro, pero no saca la bandera blanca.

El Danubio es un viaje en pos de la reunificación de la cultura europea. A ciegas es otro viaje pero por las ideologías del siglo XX. ¿Cuál es aquí su búsqueda?

Este es un viaje para dar sentido al mundo, un sentido que se cree poder encontrar en la ideología. La ideología es importante porque empuja a buscar el sentido, pero está equivocada y no se lo da. La búsqueda del sentido es muy fuerte, y éste es el aspecto positivo. La ideología es, sin embargo, el barco que se hunde. Pero el viaje sigue siendo verdadero. Es como viajar por el mar en busca del sentido de la vida y de la historia, en un barco que no puede llegar.

¿Estamos al final de una cultura, de una civilización?

Se parece mucho al final del mundo antiguo, con la diferencia de que en el mundo antiguo estaba el cristianismo, que lo pudo unir de nuevo. Se creía que el socialismo en sentido clásico habría podido hacerlo, y hoy el problema es mundial. Hoy una catástrofe como la del fin de la civilización antigua sería mucho más tremenda porque el progreso ha evolucionado mucho.

En ese sentido su novela es un poco premonitoria, paraliza porque no se conocen los caminos por dónde ir.

Yo no soy catastrofista en el sentido de que creo que no se puede hacer del pesimismo y de los miedos una ideología. Hay que remitirse a Gramsci: pesimismo de la razón, y optimismo de la voluntad. Hay que trabajar "como si".

¿Qué opina del otro gran problema contemporáneo, el terrorismo y la restricción de la libertad individual que el Estado impone para combatirlo?

Creo que ése es hoy el auténtico problema del terrorismo, y la única forma de combatirlo es la información. No puedes establecer una violación permanente de los derechos porque si no, el terrorismo ha ganado. No es sólo una cuestión moral, es también una cuestión de calidad de vida del Estado, no puedes vivir en un Estado en el que no estás seguro. Estoy de acuerdo con una vigilancia estrechísima de los servicios secretos, a favor incluso de penas muy severas, porque lo que asusta ahora es que con el terrorismo no sabes quién, qué, dónde y porqué. Vivimos en un mundo en que el terrorismo, el verdadero, el fingido o el simulado, está confundiendo completamente el sentido de la verdad. No sabemos nada. ¿Qué sabemos nosotros de Afganistán? ¿Quién manda realmente? ¿Tenemos medios para saber lo que ocurre en este segundo Kabul?

Creo que debemos estar dispuestos a acoger todas las culturas, pero estableciendo algunos puntos que no están en discusión. Ahí no podemos tener ningún complejo de inferioridad. Hace dos o tres años, en Milán, unos padres musulmanes pidieron una clase para sus hijos, en la escuela pública, sólo de musulmanes, y las autoridades escolares aceptaron. Escribí un artículo durísimo. Si cuando mis hijos eran pequeños, hubiese pedido que estudiaran en una clase sólo con católicos, el director me habría echado a patadas. Ni siquiera lo habrían tomado en consideración. Que un niño musulmán no pueda estar con uno judío no es negociable. Sobre ciertas cosas debemos estar preparados para decir: no, eso no se plantea.

Si el Papa dice que está contra el matrimonio homosexual, hay manifestaciones contra él, pero nadie protesta en las ventanillas de las embajadas islámicas donde decapitan a los homosexuales. Nunca he visto estas protestas, y allí los decapitan. La paridad implica que no hay que tener ninguna incertidumbre. La monja que han asesinado, ¿se imagina que tres católicos fanáticos, cuando el imán dice "conquistaremos Roma", maten a una musulmana? El mundo saltaría, con razón, por los aires. Si uno dice "vamos a quitar a las mujeres el derecho al voto, o los negros no pueden estudiar", no se discute.

(Magris)

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