22.10.06


Hannah Arendt: 100 años de lucha contra la intolerancia

El suplemento ABCD del diario ABC rinde homenaje a Hannah Arendt, notable pensadora alemana, discípula de Karl Jaspers y Martin Heidegger. La nota, a cargo de José Lásaga (no lo conozco por si acaso) resulta muy al propósito en este momento en que el autoritarismo y la intolerancia -dos repugnantes banalidades humanas- se instalan incluso en el discurso y actuar de aquellos que, de la boca para afuera, dicen trabajar contra la exclusión y la injusticia.

"Arendt resumió con humor la muy dramática época que le tocó vivir, en su doble condición de alemana y judía, a partir del ascenso de Hitler al poder y del incendio del Reichstag, al observar que en cuanto ponías el pie en la calle te convertías en sujeto de la Historia Universal. Por lo demás, asumió el envite que le endosaba su tiempo y convirtió su vida en un valiente esfuerzo por comprenderlo. Pocos pensadores del malogrado siglo XX han vivido tan pegados a la piel de su época y pocos han tenido la suerte de estar en el lugar oportuno", afirma el crítico.

Fruto de este estarse en el lugar preciso, por trágico que sea, fue su primera inquisición sobre los males políticos occidentales: Los orígenes del totalitarismo (1951), donde se viviseccionan "las formas nazi y estalinista de Estado que constituyen la emergencia histórica de una nueva organización social que amenaza con destruir la condición humana".

Luego Arendt profundizará su reflexión en específico sobre cómo fue posible lo que parecía imposible: Auschwitz. A ello intenta responder su obra magna de 1958, La condición humana. En ese libro, nos dice Lásaga, "desde Platón a Marx, Arendt revisó la gran tradición de la filosofía occidental para rastrear las confusiones, olvidos, falacias, locuras o despistes que había propiciado en hecho de que nunca estuvieran claras las cuentas entre la contemplación y la acción".

Esta última palabra es clave. Acción. Para la pensadora alemana es ella, la acción, lo que distingue a los hombres de los animales, y en cierto modo es por ella -y no por discursitos demagógicos, gestos de consenso hipócrita y prologos "abarcadores"- que se debe juzgar a los intelectuales.

Muy sugerente el ejemplo final que cita el crítico de ABCD en torno a la trayectoria intelectual de Arendt. Se trata de un coronel de las SS nazis, que mandó al destierro mortal a cientos de miles de judíos. "No era un monstruo de iniquidad sino un idiota moral, capaz de citar a Kant, pero incapaz de usar su sentido común para comprender la monstruosidad que estaba cometiendo, precisamente, al cumplir con su deber" (cita textual, por si acaso).

La muerte de Hannah Arendt, en su mesa de trabajo, enfrascada en la develación de los secretos del pensar humano a la luz de la acción, que se iban a plasmar en un libro llamado La vida del espíritu, no deja de tener un tono entre irónico y profético. El capítulo que escribía cuando la arrebató la muerte se titulaba: "El juicio".
Hoy la pérdida del buen juicio es el enemigo principal y oculto de muchos intelectuales occidentales.

(Arendt. Necesaria más que nunca)

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