14.10.06


Mis Noventa. Tristan Tzara y Malcolm Lowry en La Cantuta

Los noventa ha dado, más allá de varios poemarios y poetas, algunos grupos literarios universitarios interesantes. Y de nombres curiosos. Ahorita recuerdo uno de la Católica, formado tal vez a mediados de los noventa, llamado El Club de la Agonía.

Allí estaban Alfredo Villar, Alexis Iparraguirre, Marco García Falcón y Bruno Mendizábal; tal vez otros más. Uno de sus actos públicos en esa universidad fue sacar en procesión, como si hubiera muerto, a Bruno Mendizábal, mientras se repartía un panfleto pesimista y alpinchista a más no poder.

Otro grupo interesante de aquellos años, con vida menos efímera, fue Estación Com-partida, de la Universidad La Cantuta. Debe haber sido el año 93 –lo sé por que yo llevaba en calidad de primicia la primera edición de Al final de la calle en las manos- cuando contacté a uno de los miembros de este grupo, el “Che” Miguel Velásquez.

Era, es, de estatura mediana, contextura más bien fuerte y voz altisonante, ánimo alegre y desprendido. Recitaba poemas de escritores surrealistas franceses de memoria (recuerdo que muy fieles a traducciones poco confiables) mientras bebía botellas de cañazo en las orillas del río que baña los pies de dicha universidad. Una vez ebrio, solía gritar a todo viento: “¡Yo soy Tristan Tzara!”, mientras daba tumbos entre las piedras del río.

Una mañana, lo recuerdo como hoy, me invitaron a leer a un evento poético en La Cantuta. Yo llegué puntual. Pero no encontré a nadie en el Auditorio, hasta ahora no sé si porque habían suspendido el recital (lo cual era harto frecuente en esos años) o porque iba a empezar mucho más tarde, lo que cual también era usual.

Lo cierto es que un animoso cachimbo fungió de Virgilio y me guió hacia una de las demasiadas chinganas en las afueras de ese centro de estudios, donde solían refugiarse –me dijo como confesando algo muy importante- los poetas de dicho grupo a compartir y escanciar.

Llegamos a la puerta de dicho local y me encontré con varias caras conocidas de los noventa: Miguel Ildefonso, Roxana Crisólogo, algunos miembros del grupo Cultivo ( para quienes guardo un morceaux especial) y una poeta de los ochenta, ya entonces prestigiosa, que se hallaba en llameantes embelesos con un joven de unos treinta y algo de años, de cabello corto y mirada aviesa, a quien no conocía en absoluto.

Me senté a la mesa y pedí unas cervezas, pues yo no gustaba entonces ni ahora del ron. Como los demás estaban avanzados en libaciones, solo pude observar el curso de las acciones, y es por esta circunstancia fortuita que puedo narrarles este encuentro.

El sujeto que se hallaba en tales arrumacos con dicha poeta prestigiosa (hoy lo es más aún) se llamaba Fernando Rado, y en poquísimo tiempo se convirtió –con su mirada faltosa y sus libaciones pantagruélicas- en uno de mis mejores compañeros de bebida.

Rado era (¿es?) un tipo especial por donde se le mire. La gente lo respetaba mucho porque sabía bastante de narrativa, había escrito algunos cuentos de gran factura y era un especialista en Onetti y en Malcolm Lowry, cuya personalidad asumía cuando los efluvios alcohólicos se concentraban en su cerebro. Lo que sucedía demasiado a menudo.

Pero Rado también era un afanoso lector de Budismo Zen –en su biblioteca tendría unos cincuenta libros o más de ese tema, entre los que destacaban notablemente los tres tomos de Lecciones de Budismo Zen de D. T. Zuzuki. De sus labios escuché por primera vez, entre copa y copa, los fundamentos zen de la cuentística de Salinger, por ejemplo.

Pues bien, lamento haber perdido la pista de estos dos amigos. Los vi por última vez, si la memoria no engaña como siempre, el año 98, durante un encuentro de poesía organizado por el maestro Jorge Cornejo Polar en la Universidad de Lima. Rado estaba cambiado. No bebía desde hacía uno o dos años –y tengo entendido que hasta hoy no ha vuelto a beber-, su ánimo irónico y agresivo había amainado, pero no se vetaba a invitar unas chelas a los amigos. Chelas que agradecí, por supuesto.

“Triztan Tzara”, en cambio, estaba más bien eufórico y qué sorpresa, con ganas de libar. De inmediato hicimos una comisión y nos constituimos en el entonces flamante Jockey Plaza, a comprar un Absolut a medias. Consumimos la botella entera mientras él me explicaba una oscura teoría matemática que decía haber descubierto, y que debe haber sido una completa locura pues a medida que yo me embriagaba, la entendía más. Hasta el punto que con el último shot en la mano le dije que me iba a ordenar el primero en la secta matemática que proyectaba.

El hecho es que era el último día del encuentro de poesía, y no sé cómo burlamos toda la vigilancia de la universidad para presentarnos, completamente alcoholizados, al vino de honor. Allí el perjudicado fue un entonces todavía joven narrador chileno en alza, que no sé qué hacía allí, pero a quien El “Che”, prendido de su cuello, obligaba a aceptar un tour por Lima subterránea completamente gratis.
Cuando desperté al día siguiente, tenía el primer libro de cuentos de este narrador chileno dedicados a mí y a “Tzara”, “dos locos del carajo” (¿?).

No he vuelto a ver a estos dos amigos de La Cantuta. Me gustaría saber algo de ellos. Solo sé que el “Che” estaba ejerciendo el magisterio en algún colegio de Vitarte, y que Rado abandonó por completo la vida disoluta para abrazar el Budismo con mayor seriedad. Tzara y Lowry con vidas arregladas, quién lo diría.

(Lowry. Genial paradigma de los cantuteños literatos)

1 comentario:

  1. Anónimo16.10.06

    Muy bueno tu relato. Me parece que el grupo se llamaba Estación 32.

    La Gorda

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