31.10.06


Oquendo sobre Julien Barnes

Los que lo han leído no pueden dejar de elogiarlo. Barnes es uno de esos escritores cuyos libros, incluso los menores, tienen siempre algo que decirnos, y con humor. Abelardo Oquendo dedica su columna de hoy a este francófilo inglés, y sugiere la existencia de novelas "literarias" y no literarias. Leámos.

Cuando Julien Barnes publicó El loro de Flaubert estaba al borde de los cuarenta años de edad. Había ya dado a la luz un par de novelas literarias –Metrolandia y Antes de conocernos- pero se había iniciado como escritor con novelas policiales que firmaba con el seudónimo Pat Kavanagh, y con libros de cocina. La escritura de estas dos modalidades era una ocupación alimentaria pero la holgura económica solo la pudo alcanzar con la literatura no precisamente popular.

Este camino se lo abrió, para su sorpresa, El loro de Flaubert, su tercera novela literaria. Las dos primeras habían sido más bien convencionales y su recepción fue discreta; con la tercera se arriesgó a ensayar una modalidad diferente, sin pensar en el público, y le fue mucho mejor. Con esa novela Barnes se puso en la primera fila de la nueva narrativa inglesa, al lado de Martin Amis y Kazuo Ishiguro.

Curiosamente, en una época en la cual la vejez retrocede ante una madurez que se prolonga aferrada a los aires de juventud, Barnes –cuya carrera propiamente literaria empezó más bien tarde- medita, al borde de sus sesenta años, sobre la ancianidad y la muerte. Su último libro, traducido el año pasado al español como La mesa limón, está poblado de protagonistas septuagenarios. En Barcelona, adonde viajó con motivo de la publicación de este tomo de cuentos, un periodista le pregunta: "¿La cercanía de sus sesenta años lo llevó a meditar sobre la vejez?" "Vengo pensando en la muerte desde los doce años –responde Barnes. La mayoría le transfiere el miedo a la muerte al temor a envejecer. A mí no me importa hacerme más viejo siempre que no muera al final del proceso."

El humor es un rasgo acusado en la escritura de Barnes, tanto como la inteligencia. Armado de ambas cualidades explora el mundo de la tercera edad sin eludir sus miserias, pero iluminándolas con la gracia y la lucidez.
"Es un libro en contra de la idea de serenidad en la vejez –le aclara Barnes al periodista. De jóvenes nos dicen que todo se ralentiza en la vejez. Que el declive de cuerpo, corazón y espíritu marcha al mismo ritmo acompasado. La sociedad se avergüenza y no acepta la idea de que el corazón de los mayores puede no discurrir en paralelo al estado físico de sus cuerpos.

Yo no creo que nos volvamos más serenos en la vejez, ni tampoco he visto pruebas al respecto. Por eso abordo el tema sin sentimentalismos en esta colección de cuentos." Una colección donde los hay bastante buenos. En uno de ellos, "El reestreno", y a propósito de lo que se acaba de citar, el personaje es Turguéniev, cuyo poco conocido amor de senectud es evocado y recreado convincentemente por Barnes, siempre dispuesto a insumir vidas de escritores en sus ficciones.

(Julien Barnes)

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