13.10.06


Pamuk: habla el traductor

Muchas veces el traductor de un autor de lengua no castellana es el mejor intermediario para darnos una idea de su trabajo. Rafael Carpintero Ortega ha traducido algunos libros del reciente Nobel, y tiene un par de cosas que decir. Escuchemos.

“Tuve el gusto de traducir por primera vez a Orhan Pamuk hace ya seis años para la ya desaparecida editorial Metáfora. Y lo de gusto no lo digo por esa instintiva reacción del traductor de defender a sus autores. Había leído ya alguna de sus obras y me apetecía enormemente dedicarme a él desde el punto de vista profesional. Lo temía porque es un autor de un estilo muy difícil, pero a la vez esa misma dificultad suponía un reto, algo que siempre atrae al masoquista que todo traductor lleva dentro. La novela, La casa del silencio, me fascinó porque, de una manera originalísima para lo que era la literatura turca a la que yo estaba acostumbrado, pintaba un amplio cuadro de lo que fue la transición del Imperio Otomano a la República de Turquía.

El ambicioso proyecto del protagonista de escribir una enciclopedia con la que presentar a los turcos el saber de Occidente contrastando con la furia de su mujer por destruir toda su herencia, o las personalidades de los tres nietos, un historiador desengañado, un jovenzuelo de mala cabeza cuya única ambición es irse a vivir a EE.UU. y una muchacha al parecer políticamente comprometida, representaron para mí el redescubrimiento literario de una realidad que ya iba conociendo.

Luego vinieron sus otras novelas, todas distintas pero al mismo tiempo coherentes con el conjunto de su obra. La perpetua tensión entre tradición y modernidad que tanto se nota en Turquía, como en otros muchos países por muy europeos que sean, es una constante en los libros de Pamuk. Lo que se respira en su obra no es el tan cacareado conflicto de civilizaciones, sino dos formas distintas de ver la vida independientemente de cuándo o dónde se den.

El deseo del Sultán del siglo XVI de importar la pintura europea, la moderna, en Me llamo Rojo está animado por la misma pasión que mueve a los personajes de otras de sus novelas cuya acción se desarrolla en la época contemporánea. Porque, a pesar de lo que puedan decir algunos, Pamuk es ante todo un ardiente defensor de la modernidad, tanto en el arte como en la vida, consciente de que no podemos ir hacia atrás, y ésa es una postura que a veces no acaba de gustar. Pero también le da a la tradición, al no olvidar el pasado, la verdadera importancia que tiene. Esto le ha convertido en víctima de todo tipo de ataques: para unos es un peón de Occidente y para los otros un traidor a la revolución que la República trajo consigo porque defiende ciertos valores a cuya herencia no habría que renunciar.

Y aquí convendría explicar un último punto. Pese a tratarse de un autor de categoría universal, Orhan Pamuk es un autor turco que, ante todo, escribe en turco para turcos y que además es muy leído en su país. Al contrario que otros escritores que intentan explicar a los demás los misterios, a veces sólo aparentes, de la sociedad a la que pertenecen, Pamuk ha optado por bucear en el alma turca desde dentro y para los de dentro. Casi se podría decir que, desde el punto de vista estrictamente literario, él es el Américo Castro y el Sánchez Albornoz de Turquía.
No voy a decir que se trate de un novelista de lectura fácil, nada más lejos de la realidad, pero se lo aconsejo de todo corazón a todos los que huyen de las reducciones fáciles y que quieren saber más de uno de los países que algunos quieren presentarnos como parte de un Islamistán uniforme y pobre. Ganarán mucho con su lectura.

(Portada de Nieve, última novela de Pamuk y reciente traducción de Rafael Carpintero O.)

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