19.11.06


ABCD: Del Prada sobre Philip Roth

El suplemento cultural del diario ABC trae esta reseña interesante del autor de La tempestad a la reciente novela de alguien que empieza a ser un eterno nominado al Oscar.

Es Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933) uno de esos escritores que siempre nos habla de sí mismo, no importa que emprenda la redacción de unas memorias ?como en la soberbia Patrimonio? o de una ucronía, como ocurriera en la reciente y fallida La conjura contra América. Su literatura es siempre escéptica e incisiva; sus personajes, no importa si se hallan en la flor de la edad o en su declinación, abjuran de su componente espiritual o trascendente; no es que desistan de desentrañarlo, ni siquiera que lo eludan o escamoteen, sino que más bien lo niegan, haciendo de esta negación ?paradójicamente? un ejercicio de afirmación vitalista.

El hombre, para Roth, es materia condenada (o más bien sólo convocada) a la disgregación; y la aceptación de este destino trágico (o más bien sólo inexorable) convierte la peripecia de sus personajes en una experiencia biológica aliviada por la inteligencia o el deseo, nunca por la esperanza. La búsqueda de la felicidad resulta así una tarea inútil o impertinente; cuando dicha felicidad se vislumbra o posee, se trata de un puro accidente cósmico, de un benévolo azar que no basta para refutar el sinsentido de la existencia humana. Inevitablemente, Roth se ha convertido en un santón de la literatura contemporánea, que se pretende postreligiosa y materialista.

Drama medieval. No discutiremos que Roth acierta a explicar al hombre de nuestra época, aunque presente como consecuciones de la inteligencia lo que para algunos ?entre quienes nos contamos?no son sino carencias que lo cercenan y agostan. Más discutible se nos antoja que su literatura sirva para explicar al hombre de cualquier época, enfrentado al misterio de su propia muerte.

En la última novela de Roth, titulada en español Elegía (el título originario, Everyman, remite a un drama medieval inglés de contenido alegórico), la muerte es un acontecimiento puramente físico, un natural colofón que pone fin a las paulatinas decadencias de la carne (que Roth describe con precisión clínica), también a los desesperados esfuerzos por aplazarla, casi siempre de índole amatoria. Eso es lo que nos propone esta compendiosa novela: un catastro de padecimientos físicos (intervenciones quirúrgicas o meros achaques de la edad) y descalabros amorosos que, a la postre, permiten resumir la existencia del protagonista como un constante proceso de erosión y pérdida. No faltan en la novela pasajes en los que tales padecimientos y descalabros se compensan con resarcimientos morales y satisfacciones más o menos efímeras; pero lo que perdura en el lector es una impresión deprimente, pese a que el autor presenta a su protagonista como un estoico del escepticismo, un hombre que nada espera y, por lo tanto, nada pierde. Pero la falta de ilusiones es, en sí misma, una vasta pérdida.

Hemos de suponer que en la elección del título los editores españoles hayan deslizado un sarcasmo. La obra de Roth tiene algo de antielegía; o, en todo caso, sus componentes elegíacos aparecen tamizados por una represión consciente de las emociones. La novela presenta una estructura muy simple y diáfana, como no podía ser de otro modo en una obra que aspira al despojamiento pleno: se inicia con el funeral del protagonista, en un cementerio judío de Nueva Jersey, para proponernos a continuación un ejercicio retrospectivo en el que se suceden crisis conyugales y arrechuchos de la salud. El miedo más o menos confeso a la vejez sobrevuela Elegía desde la primera hasta la última página: el protagonista llega a odiar a su hermano mayor por preservar el tesoro de la vitalidad, que a él le ha sido arrebatado; su constante atracción por las mujeres más jóvenes no se explica de otro modo.

En la narración de estos episodios o escarceos amatorios, Roth incurre alguna vez en la chusquería lúbrica (así, de forma muy notoria, cuando se refiere a la danesa Merete y su «agujerito», o a la secretaria a la que el protagonista se trajina en el despacho, págs. 92-99), aunque por lo general suele ofrecernos páginas menos prescindibles, a veces no exentas de una melancólica y serena belleza (pienso, por ejemplo, en las que dedica a su encuentro con una joven que hace footing, págs. 109-113, o a Millicent Kramer, una alumna de su taller de pintura, págs. 71-81).

Sucesión de mujeres. En este cherchez la femme constante que otorga su argumento al libro se trasluce siempre un deseo vehemente por exorcizar el invierno, por aplazar la muerte; pero la sucesión de mujeres que discurren por la existencia del protagonista no logra mitigar ese sentimiento de «otredad» ?rescato el término empleado por Roth? que lo asalta hacia el final de sus días; sentimiento que puede definirse como una «patética necesidad de que te consuelen».

Y es que esas mujeres nunca llegan a ser del todo «prójimos», quizá porque para que el otro se convierta en parte de uno mismo se requiere el concurso del espíritu, ese espíritu cuya existencia Roth niega obstinadamente. A la postre ?más allá del despojado magisterio que Roth alcanza en esta entrega?, la impresión que nos deja Elegía es la de haber asistido a las postrimerías de un animal moribundo; es lo que ocurre cuando al hombre se le cercena de una parte de sí, para reducirlo a pura materia, convocada por la disgregación.

(Portada original)

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