18.11.06


Cuento de Claudia Ulloa

Un correo masivo me alerta de la salida de Los noveles, la revista virtual que anuncia un receso de dos años nada menos. Luego de revisar todo su contenido, me animo a postear este cuento? fragmento? del libro de Claudia Ulloa El pez que aprendió a caminar (Estruendomudo, 2006).

MANTEL BLANCO

Se van colocando los platos, las copas, los vasos; el tenedor a la izquierda, el cuchillo a la derecha y con el filo hacia adentro. Todos hacen un ruido ahogado y agradable sobre el mantel que huele a limpio en la mesa recién puesta.

A lo lejos, se oye a un cuchillo picar alguna hierba que sangra clorofila.

Mi madre se sienta a descansar un momento. Cruza las piernas, se rasca con sus manos verdes de perejil, la tibia, que ella suele llamarla espina, como si su esqueleto fuese de un pescado. Veo al trasluz, que miles de escamas pequeñísimas de su piel vuelan por el aire.

— Y cuando ésta nació, ni lloró; pero sí, qué angustia ese silencio...

Hablan del cordón umbilical, de la grasa en la piel de los bebés recién nacidos, de la leche materna hirviendo saliendo de sus pechos y mojando todos sus sastres. Sus palabras se van mezclando con los sonidos de las ollas y los cubiertos, mientras yo voy imaginando que un bebé crece dentro de una olla tibia, se cocina en líquido amniótico y luego sale colorado, oliendo a pescado, a leche, a grasa; como la comida de la cocina.

— Pero lo peligroso es cuando se te rompe la fuente...

La escucho mientras deslizo mi mano sobre el mantel. La textura de la tela me produce escalofríos. En los surcos de las palmas de mis manos se enredan las pelusas del lino: como el tacto de la piel de un bebé de trapo.

— ¡Carajo! ¿Y ahora dónde pongo los rollitos de pescado? —grita mi hermana en la cocina.

Yo me río por la fuente rota, como si alguien fuese a nacer ahora mismo en la cocina. Sé que fuente es, lo sé por el ruido de ésta: una fuente azul de un material ligero que es una mezcla entre cerámica y vidrio.

Partículas azules que cortan se esparcen por la cocina y caen sobre el pescado: carne blanca con puntitos azules de detergente que nos va a limpiar las entrañas llenas de mierda.
Mi madre deja de hablar del calostro y corre a la cocina. Sus zapatos de taco hacen el ruido de un galope.

— Usa la transparente, entonces —dice casi gritando.

Un portazo.
Regresa con las manos limpias y mojadas.

— Felizmente que este año todavía se pueden hacer estas cosas, porque como está la situación, quien sabe si más adelante se podrá romper las fuentes y comer corvina.

Mi tía, la más joven, se pinta las uñas de los pies en el sillón de la sala. Pregunta que si el color rojo de su esmalte es del mismo tono que el de su vestido. Se queja de que el esmalte le arde siempre en la uña más pequeña.

— Tendrás un hongo...

Ahora se enoja por el comentario. Dice que ella es la más blanca de todas las hermanas y que su piel es más delicada, que por eso le arde.

— ¿Te acuerdas cuando a mí nada más me dio insolación en Punta Negra?
Se sigue pintando las uñas y hace un ruido como si sorbiera sopa, mientras el esmalte rojo hierve en su dedo meñique del pie.

Llega mi otra tía. Entra a la sala casi corriendo, con sus piernas apuradas y firmes que mueven su faldón como una bandera multicolor de seda. Carga una talega de flores blancas y amarillas.

— Que horrorosas las amarillas. Así desentonas todo...

— Bueno, las flores eran mi parte ¿no? Amarillo de la felicidad, como la fecha, y a quien no le guste, ajo y agua.

Mi tía huele a crisantemos, a perfume AnaísAnaís, a la ruda que ha traído del mercado y le dice a mi prima, en voz baja:

— Anda, ponle esta ramita a mi santito.

Mi prima coge la rama como si fuera un plumero y sube las escaleras en pasos largos dejando un escalón, cantando dame más gasolina, regando las hojas de ruda e impregnando la casa con ese olor meloso y de hechizo. De pronto, la avalancha de sus pasos agitados bajan como palos rodando por las escaleras de madera.

— ¡El santo me movió los ojos, mamá!

Mi tía, emocionada, dice que al fin se le va a hacer el milagro, ese milagro del que siempre habla pero nadie sabe qué es.

Mi hermana entra al comedor y camina alrededor de la mesa.

— Falta que llegue Tony con el vino blanco- le dice mi madre.

— Ojalá que no se le vaya ocurrir comprar vino en caja, porque él es así...
Mientras espero que llegue el resto de la familia, me pregunto de dónde se habrán alquilado estas mesas. Son bastantes simples, de madera prensada, sostenidas de unos caballetes horribles de fierro de construcción pintado con esmalte negro.

Pero el mantel blanco lo tapa todo.

Mi hermana vuelve con la fuente de vidrio llena de pescado recién salido del horno, que calienta el mantel y hace que salga de éste el olor a detergente de puntitos azules, como los que hay casi invisibles sobre la corvina que nos vamos a comer hoy.

Empieza a llegar más gente. Se oyen más conversaciones sobre ex maridos e hijos que sí lloraron al nacer, ruidos de sillas que se arrastran, murmullos sobre mi novio, que está gordo y que compra vino en caja.

Miro el mantel blanco de la familia sobre las mesas horribles de madera prensada: veo chicles pegados en los filos, mocos y cosas resecas. Leo palabras “10p fam. Gutierrez para entregar” “Sra. Selmira Segura vd. Salas”, “Diaz novia local PIP” y también veo mi apellido: Torres.

Escribo con mi llave sobre la madera sucia, al lado de mi apellido: “ELISA TORRES 25 AÑOS 21/12/2006 A MI FAMILIA SE LE VA A HACER UN MILAGRO HOY EN MI CUMPLEAÑOS”.
Me quedo ahí, esperando el momento de poder levantar el mantel y salir de debajo de la mesa, en pijamas. Decirles que no fui a trabajar, contarles lo de mi trabajo y darles la sorpresa.

Yo a ellos.

(Ulloa)

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