17.11.06


Infiltrados

Mientras esperamos las primera reacciones de la crítica local frente a la última película de Scorsese, no irá mal leer esta reseña, muy crítica, de Luciano Monteagudo en Página/12.


Ya se sabe: Martin Scorsese hace rato que no es lo que alguna vez fue. Su última gran película, Casino (1995), la hizo hace más de diez años y desde entonces nada de lo que filmó estuvo a esa altura o la de Buenos muchachos (1990), otra de sus últimas, lejanas cumbres. Dicho esto, debe reconocerse que Los infiltrados es no sólo su mejor película en mucho tiempo sino también, quizás, uno de sus films más personales, mucho más que los delirios de grandeza de Pandillas de Nueva York (donde además dio rienda suelta a sus pulsiones fascistas) y El aviador, un film esencialmente ambiguo, que nunca terminó de definir la relación con su objeto, el magnate del petróleo y el cine Howard Hughes. Si con The Aviator Scorsese quiso decir algo acerca de su complejo, conflictivo vínculo con Hollywood, ese discurso autorreferencial es ahora mucho más transparente en Los infiltrados.

A priori, se podría dudar del grado de compromiso de un director de la talla de Scorsese con un proyecto nacido como la remake de un policial de Hong Kong (Infernal Affaires, 2002), pero este dato no debe llevar a conclusiones apresuradas. La premisa de la película de Andrew Lau y Alan Mak es una de las más originales que ha dado el cine asiático de género –un policía se infiltra en la mafia al mismo tiempo que un mafioso se infiltra en el cuerpo policial, esto por años, ignorando cada uno de ellos la real identidad del otro– y era claro que Hollywood no iba a tardar en vampirizarla.

Que haya sido el director de Taxi Driver el primero en interesarse en la versión estadounidense escrita por el guionista William Monahan pone de manifiesto dos realidades: por un lado, la evidente necesidad que tiene Scorsese –a diferencia de su par Francis Coppola, ya casi perdido para el cine– de seguir permanentemente activo y trabajando en el seno de la gran industria; y por otro, que supo encontrar en ese material ajeno varias claves con las cuales expresar las contradicciones y las disyuntivas que han marcado toda su obra. De alguna manera, Los infiltrados refleja esa dualidad a la cual parece cada vez más condenado Scorsese en el cine de hoy: él es el cineasta independiente infiltrado en el corazón de la gran industria (un “contrabandista”, como definía a algunos de sus colegas del período clásico en su documental sobre el cine estadounidense) y a su vez, también, un infiltrado de Hollywood en el imaginario del cine concebido como manifestación artística.

Ese espejo en el que Scorsese se vería reflejado tiene –como Jano, el dios bifronte– dos caras opuestas y complementarias: por una parte, está Sullivan (Matt Damon), un muchacho huérfano de las barriadas pobres del sur de Boston que simultáneamente a su ascenso en la carrera policial nunca deja de ser fiel a la mafia irlandesa que lo protegió de niño; y por otro, Costigan (Leonardo DiCaprio), vinculado al mismo ambiente de Sullivan pero reclutado por la policía para convertirse en su hombre de confianza del otro lado de la ley, a costa incluso de sacrificar su verdadera identidad. Detrás de cada uno de ellos, hay sendas, simétricas figuras paternas: del lado de la mafia irlandesa, impone su salvaje autoridad el siniestro Frank Costello (Jack Nicholson) y por el de la policía el capitán Queenan (Martin Sheen), capaz de pedirle a su protegido que entregue todo, hasta su vida si es necesario, sin ganar nada a cambio. A su vez, a la manera de un laberinto de espejos que multiplican monstruosamente las figuras, cada uno de estos padres terribles cuenta –como en una tragedia isabelina– con la lealtad incondicional de sus respectivos lugartenientes o “hijos mayores”: la brutalidad de Mr. French (Ray Winstone) es equivalente a la del teniente Dignam (Mark Wahlberg), un personaje cuyo nombre va a adquirir hacia el final su verdadero significado.

Casi demás está decir que las líneas divisorias entre uno y otro bando son prácticamente indiscernibles y que Scorsese –un cineasta que siempre hizo de la paranoia una de sus marcas de agua– explota de manera notable la tensión creciente, enfermiza, angustiante entre lealtades y traiciones. “Hay cada vez más ratas... éste se ha convertido en un país de ratas”, dice nada menos que Costello, refiriéndose a los soplones e infieles que sospecha hay en sus filas, aunque es difícil no leer en esas líneas la clásica misantropía del director antes que una declaración estrictamente política.
El vertiginoso montaje de las primeras secuencias, que ilustra las vidas paralelas de Costigan y Sullivan, no es sólo otra demostración de virtuosismo de Thelma Schoonmaker (la editora habitual de Scorsese, ganadora del Oscar por Toro salvaje) sino que sirve para sentar el tono y el ritmo del film, mecido a su vez por la música de Los Rolling Stones, como en la época de Calles peligrosas (1973), la primera obra maestra del director. Hay una visión estrictamente cinematográfica detrás de ese vértigo, una respiración que no tiene nada que ver con el videoclip y que es consustancial con el tema que trata, con la inestabilidad moral de ese mundo que ya no tiene pilares de los cuales sujetarse.

Cuestionamientos y objeciones se le pueden hacer muchos a Los infiltrados: su misoginia, sus excesos (de duración, de sadismo), sus múltiples finales consecutivos, alguno de los cuales no está a la altura de la construcción dramática que el propio film había logrado; la misma actuación de Nicholson es un problema, en tanto se ve siempre antes al actor que al personaje (lo que no sucede con sus pares). Habrá también quien impugne la verosimilitud del personaje de Madolyn (Vera Farmiga), la psiquiatra policial, enamorada de Sullivan pero incapaz de resistir la seducción de Costigan, aunque allí quizás habría que leer el film no tanto en clave realista sino freudiana, como si Scorsese –que no es irlandés y por lo tanto no es inmune al psicoanálisis– quisiera ratificar que ambos son uno y el mismo, con distintas caras.

Como Sullivan, siempre ansioso de reconocimiento, se diría que Scorsese quiere pertenecer: en su caso a una tradición cinematográfica, a Hollywood. Y como Costigan, el director necesita recuperar su identidad, volver a ser quien era, recobrar su autoestima. Lo que está diciendo Los infiltrados es que todo eso tiene su precio. Por eso, y aunque esta vez la culpa no forma parte aquí del núcleo del film, Scorsese –cineasta católico, marcado tanto por su fe como por su cinefilia– no puede ceder a la tentación de citar textualmente unas imágenes fugaces de El delator (1935), del irlandés John Ford. Es justo la clásica escena final, en la que el agonista, Gypo Nolan, eleva sus manos al cielo y le pregunta a Dios qué ha hecho, y cómo puede remediarlo.

(Afiche)

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