26.11.06



Max Milner: El otro lado de lo visible

En el siempre interesante blog de Patricia de Souza, Palincestos, hallo esta pieza de colección del libro El otro lado de lo visible, de este crítico de arte y filólogo francés. La traducción es de la autora de La mentira de un fauno.

“Dos opciones se ofrecen al artista: reconstituir por la distribución equilibrada de la sombra y la luz, la impresión de permanencia, de serenidad, de majestad tranquila que pedimos a un arte que tiende a un ideal hermoso del cual Grecia ofreció el modelo; o bien, tomando acta de la inestabilidad de nuestro mundo, de su fluctuación en un universo sin límites, del carácter conflictivo de las fuerzas que se pelean su dominio, apostar a la catarsis incluyendo en el cuadro, en sus proporciones y disposiciones, pero sobre todo en las partes luminosas, los símbolos de una inquietud que esperamos manejar representándola. Los pintores de los que he hablado en esta obra (Goya, Velázquez, Carvagio) no dan más que una idea muy frágil de las infinitas soluciones intermedias, tanto como una cierta generosidad en la parte reservada a la sombra y que está lejos de tener la misma importancia en unos y otros: de una infinita delicadeza en Leonardo, puede sugerir, en Carvagio, la brutalidad de la irrupción de lo sagrado en un mundo profano, o instaurar como en La tour, un clima meditativo que es como un oasis de serenidad en una época violenta y perturbada.

La época de las luces, en sí misma, a pesar de su nombre, está lejos de ser sensible al prestigio de la sombra, sea porque su pulsión de investigación, la pone en presencia de fuerzas naturales que despiertan en el hombre una especie de horror sagrado indisociable del sentimiento de sublime, sea porque la lucha contra todo lo que ofende la razón la lleva, como en Goya, a subrrayayr con un negro colérico la crueldad, la villanía, y la estupidez que forman la trama de los días en el instante en que el futuro parece cerrarse.

Esperarán, sin duda que se le hubiese dado un lugar más importante al romanticismo, en el cual una estética de la sombra parece haber triunfado. Es que ese triunfo, que los contemporáneos han exagerado, o tomado demasiado al pie de la letra como la apuesta por la ruptura con el pasado, no se acompaña, a decir verdad, de ningún descubrimiento esencial en el campo que nos ocupa. Delacroix ha asimilado con genialidad y puesto a su servicio, las lecciones de Velázquez, de Zurbarán y de Goya, tenemos la impresión que el Víctor Hugo que dibujaba se sitúa en los pasos de Rembrandt y, en su obra poética, el uso del claro-oscuro, parece reinventar el de cierta poesía barroca, a tal punto su retórica tiene de eso gran parte, pese a la potencia de sus componentes visuales.

Lo más importante es sin duda que la experiencia de las tinieblas no es llevada hasta el final en el romanticismo, salvo, a lo mejor, en ciertos poetas, que se pusieron fuera de la literatura por medio del suicidio o por el culto razonado del fracaso. El caso de Hugo es, en este punto de vista, ejemplar. Nadie más que él ha sido sensible a las fuerzas de la sombra, a tal punto que muchos de sus lectores, legítimamente receptivos a las preguntas que atormentan nuestra época, creen que es más fiel a sí mismo del lado de las sombras que de la luz.En realidad , el verdadero punto de ruptura, aquel a partir del cual la sombra es pensada por su propia negatividad, y no en relación con una luz que comparte, equilibra y, al final de cuentas, consolida el reino, es a partir del cual el universo cesa de ser concebido como un todo en el que el espíritu humano podría idealmente abarcar. Vemos en el primer romanticismos alumbrar en Alemania estas tendencias contestatarias a una totalidad en la cual todo lo negativo se disolvería o se integraría. Me gustaría citar una reflexión de Fernando Pessoa:No conozco nada más grande, más digno, en el hombre realmente grande, que el análisis paciente, expresivo, de las diferentes formas de ignorarnos, la cuenta exacta de la inconciencia de nuestras conciencias, la metafísica de las sombras autónomas, la poesía nacida del crepúsculo de la desilusión. El libro del desasosiego, p. 241.
Teniendo en cuenta el temperamento melancólico de Pessoa, esta “metafísica de las sombras autónomas” es subyacente a muchas otras obras en las cuales se refleja la intranquilidad de varias generaciones a las cuales las desilusiones no les ha hecho falta. Es significativo que el escritor portugués ponga la autonmía de las sombras en el mismo plano que el dicho socrático: “conócete a ti mismo” sobre el cual se ha fundado una buena parte de nuestra civilización occidental. Sería absurdo ver en esta coincidencia una vocación por el oscurantismo (y en el libro que se termina una renuncia a los beneficios de la luz, a la fascinación a la que Pessoa se muestra tan sensible tanto en su prosa como en su poesía).

Pero nunca reflexionaremos lo suficiente sobre las lecciones de modestia que nos da, sin ceder a la desesperación, puesto que escriben, los que respetan la sombra, para no permanecer sordos al mensaje que ellas aportan. Sin ignorar la intensidad de los sufrimientos del que las sombras llevan siempre la marca, quisiera considerarlas no como agujeros en una plenitud del ser del cual tendremos siempre la nostalgia, pero como reservas. Reservas de sentido, si queremos, pero a condición de admitir que el sentido no será nunca definitivo: reservas de humanidad, en todo caso (qué escritor más humano que Pessoa) que impiden, como Lévinas lo ha demostrado, que se instaure entre los hombres una violencia enraizada en la certeza de poseer la verdad porque la vemos de frente. Igual que es posible imaginar a Sísifo feliz, de la misma forma (pero en otro sentido) podemos considerar la “epekeina tes ousias” no como el término de una lenta y larga asención, si no como una nube de desconocimiento, que nos cubre y a veces, intempestivamente, mientras hayamos aceptado la alegría de perdernos: “Me hice perdedor y me gané” Me hube perdido y me gané, dice el alma en el Cántico de Juan de la Cruz.".

(Portada original del libro de Milner)

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