5.11.06


Mis Noventa. Lamento boliviano

Aquel noviembre del 94 sonaba en combis y micros una canción llamada “Lamento boliviano”, de un grupo argentino irrecordable. Pero en mi cuarto sonaban, de día, Ismael Rivera, Héctor Lavoe, La selecta, El gran combo; y de noche: DAF, Bauhaus, Nine Inch Nails, Nick Cave. En otro post supongo que exploraré esta radical división musical.

En San Marcos la cosa no andaba mal. Me habían publicado una extensa reseña sobre el primer libro de Peter Elmore en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, había publicado unos doce poemas en diversas revistas literarias, y las clases de teoría literaria eran estimulantes. De veras. De pronto un JALLA (Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana) se levantó en nuestro horizonte.

El escenario era La Paz, Bolivia, y la posibilidad de viaje atraía a muchos: Miguel Bances, Carlos García Miranda, Selenco Vega, Lucho Molina. Creo que fue con ellos con los que, finalmente, nos trepamos al bus que durante 20 horas nos maleteó hasta dejarnos en Puno. En mi maleta iban el libro de Edubanco de la poesía de Martín Adán, y una antología en francés de Ives Bonnefoy.

El viaje no fue fácil. En plena medianoche, en medio de la meseta del Collao, el bus se averió malamente y nos quedamos varados en un entorno cuasi selenita. Bajé un rato a aliviar aguas, y me vi en medio de la oscuridad más profunda en kilómetros a la redonda. La vista no chocaba con nada hasta que perdía su capacidad, salvo un puñado de rocas arrojadas como meteoritos aquí y allá.

Si mirabas hacia arriba, sin embargo, el espectáculo era asombroso. El cielo parecía recién inaugurado: gordas y brillantes estrellas y planetas colgaban del cielo y parecían tan cercanos que uno soñaba con agarrarlos con las manos. Solo bastaba detenerse en un hemisferio durante uno o dos minutos para ver alguna estrella fugaz. Allí surgió la idea de mi libro Cielo estrellado.

Llegamos a la Universidad de San Andrés a las 24 horas de viaje, y fuimos recibidos con cordialidad. Se nos asignó habitaciones comunales y se nos avisó del cronograma de actividades. Por fortuna, yo no tenía que dar ninguna conferencia, así que pude explorar la ciudad de inmediato.

Fatigué las calles empinadas como lomo de bestias una y otra vez. Comí en el mercado (algo que suelo hacer por lo menos una vez en todas las ciudades que visito) e indagué hasta dar con la calle de libros de viejo (algo que también suelo hacer). Allí compré, recuerdo, un libro de Shimoshe y una primera edición de Raza de bronce, los dos por menos de 10 dólares.

La noche siguiente, como a las doce de la noche, me tocaron la puerta dos chicas argentinas, específicamente de Mendoza. Nos invitaban a bailar. Ni corto ni perezosos, estuvimos cambiados todos en cinco minutos. Fuimos, creo, a una discoteca llamada El Molino. Allí nos enfrascamos en una francachela mientras las chicas bailaban la música dudosa que ponían los DJ. De pronto sentí que alguien me jalaba del brazo y me llevaba a la pista de baile. Era Mónica. Tenía los cabellos negros y largos, era como media cabeza más alta que yo, y jugaba vóley para su universidad. Fuerza y belleza unidas.

Ustedes los peruanos son shocantes”, me decía. Y se refería al particular carácter, cómo decirlo, ácido, corrosivo que teníamos entre nosotros. “Pero me gusta”. También me dijo: “Che, ¿ustedes no saben bailar, solo tomar, no?”. Mónica era sencilla, libre, y decía casi todo lo que pensaba, cosa rara en una chica, dentro de mi experiencia. Desde entonces no nos separamos y vagamos por la ciudad de arriba abajo, sin preocuparnos del famoso JALLA y sus ponentes.

La última noche le presté –luego de haber fracasado con cuatro o cinco estudiantes bolivianos, argentinos y paraguayos- mi ejemplar de Adán, a ver si podía apreciar la poesía del maestro. La verdad no tenía muchas esperanzas: los más pintados no habían sabido apreciar al autor de La mano desasida. Al despedirnos, me devolvió mi libro, y me dijo: “¿Sabés qué me dejaron esos poemas? Aquí está, llevátelo y leélo en el camino por favor.

La relación con la bella Mónica duró todavía un poco más. De Lima le envié un par de pelotas Mikasa, que no sabía yo que eran las mejores pelotas de vóley de este lado del mundo. Y le mandé también algunos discos de grupos peruanos. Ella me envió un par de discos de Los Rodríguez. ¿Qué decía el papelito que me dejó? Era un largo poema donde había alucinado a Adán como un viejo ebrio e incomprendido refugiado en un bar, y hablaba también de bombas, muerte, amor y… de mí.

Sorprendente Mónica aquella, levantadora de un equipo universitario de vóley, con su cabello negro largo brillante como en las propagandas de la TV, su cuerpo suave y firme, de color aceituna claro. Sobre todo, su extraordinaria y secreta sensibilidad. Intenté pero nunca pude escribirle un poema. Todavía se lo debo.

(Universidad de Mayor de San Andrés)

3 comentarios:

  1. Víctor, este relato sobre tu aventura colectiva e individual en la tierra que tiene de cerca al cielo, se lee de un solo impulso.

    Ah, lo de tu diviisón musical, suena bastante natural, como lo del poema aún no materializado.
    Es como algo que no pudo ser, y que por eso el homenaje se posterga... en realidad es lo que digo por mí, por alguna vivencia que queda en la memoria como grato conjunto de escenas, que de vez en cuando uno recuerda en un fulgurante flasback.

    Grandes salutes, tu blog es interesante, siempre lo supe.

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  2. Cuanta nostalgia Vico, creo que también escribiré sobre mis noventa :)
    Saludos

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  3. Gracias a Arturo y a virginia, grandes bloggers, por preferir esta zona ínfima (pero libre) de la blogósfera. Muchos saludos.

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