3.12.06


Bryce en ABCD

Juan Ángel Jurista ensaya una reseña en el suplemento cultural de ABC sobre Entre la soledad y el amor, de Alfredo Bryce Echenique, recientemente publicada en España por Debate. Posteo la nota completa.

Deberíamos empezar por deshacer un malentendido a la hora de enfrentarnos con este libro, pues es ya una suerte de tópico el achacar a cualquier obra que salga de manos del autor una tendencia al humor, la exageración y la digresión de corte sterniano. Y si el tópico es verdad, no lo es en su totalidad, pues hubo siempre un Bryce un tanto escueto, con tendencia a la contención e incluso a la cita profesoral, y cuya manera se ha dispersado más en lo ensayístico que en el artículo o en la redacción de memorias, estas sí escritas bajo la admonición de su admirado Sterne, párroco genialoide y sentimental.

Este libro, sin embargo, parte de otra maestría, otra manera, por lo menos en su forma de encarar aquello de lo que trata, nada menos que la felicidad, la soledad, el amor, la melancolía... Me refiero a Michel de Montaigne, autor por el que Bryce sintió siempre una admiración no sólo comprensible sino necesaria a poco que el lector ahonde en las novelas de nuestro escritor. Del creador del ensayo ha rescatado Bryce el impulso fundamental de su obra, esto es, el modo en que Montaigne aborda los problemas fundamentales de la vida haciéndolos suyos, trascendiéndolos precisamente en una rabiosa subjetividad. Porque estos temas de los que habla Bryce son los temas humanos por excelencia, aquellos en que se resuelve toda obra de arte desde el Gilgamesh.

Sólo que esos temas se hacen carne y alma porque el autor nos habla de su soledad, de su idea de la felicidad, de su padecimiento con la melancolía moderna, la depresión, y, desde luego, con el amor.

Sabiduría. Se transforman así en una suerte de apartados donde el autor va pergeñando su idea de cada uno de esos temas aportando su sentimentalidad, su individualidad, pero transfigurándolos en sabiduría. De ahí que a más de uno le cueste entender el estilo que Bryce ha adoptado en el libro, escueto hasta la sorpresa en un autor que nos tiene acostumbrado a la desmesura, eso si logramos olvidar obras mayores de estilo y contención narrativas como Dos señoras conversan, y, por supuesto, dotado de una extraña gravedad donde la alusión a Kierkegaard se trufa con una hermosa definición de La fenomenología del espíritu, de Hegel, «esa gran historia novelada de la conciencia del hombre», como la define, o la pertinente cita de Kant, de Dostoievski o de su amado Proust, aquí, claro, para hablar de Swann y Odette, y finalizar con gente mucho más cercana, caso de Emilio Lledó o Forges.

Con ello quiero decir que aquí Bryce se nos puede mostrar un tanto imprevisible, pero que en cualquier caso el descuido es nuestro, no suyo. Creo que este libro, en cierta manera, en su estilo de armoniosa distancia, en su tono escueto, desnudo, es tan Bryce como el que más, como Permiso para vivir o A vuelo de buen cubero, donde se nos muestra en su mejor momento la faceta falsamente anecdótica pero deliciosamente evocadora del autor.

Depresión. Hay, sin embargo, una excepción en este libro escrito al modo discursivo y ameno de la mejor tradición anglosajona: el apartado donde Bryce da cuenta de la depresión, de la suya propia sufrida a lo largo de los años y que se titula «Del humor, del dolor y de la risa» en significativas y audaces estadías del alma. Aquí lo narrativo gana terreno al discurso, la experiencia se transforma en algo personal, aparece la figura del narrador, se da cuenta del doctor Z., alguien muy real, que, por obra y magia de la literatura, se transforma casi en un personaje de ficción.

Como si Bryce no hubiese querido que esa enfermedad que le ha dado de todo, hasta humor y risa, se le quedase empastada en lo discursivo, en lo conceptual, y hubiese sentido la necesidad de enriquecerla narrando su lucha personal con ella. Quizá no haya mejor modo de conjurarla en un escritor. Y algo así pero al contrario le sucede con el amor. Aquí uno hubiese esperado un racimo de anécdotas pero Bryce ha preferido en cambio hablar sólo del sentimiento ya decantado, no de la narración de las experiencias. Como hizo en su momento su admirado Stendhal en el famoso tratado. Y es que lo que este libro enseña, entre otras cosas, es que Proteo es así, escoge la forma que mejor le conviene. De ahí la peculiar fascinación del arte, adopte este la manera de la narración o del ensayo.

(Bryce)

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