23.12.06


Mis Noventa. Juan Vega toreando patrulleros

Mucha gracia me causa, y mucho asombro, ver cómo se ponen circunspectos y serios quienes nunca conocieron a Juan cuando se ponen a hablar de él o cuando su recuerdo invade las discusiones y conversas. Y es que Juan era todo lo contrario: reilón, lúdico, profundo en sus críticas pero muy irónico.

Lo conocí en San Marcos, en el taller de Pablo Guevara, en los primeros años de los noventa. Tuvimos una relación tirante debido a diferencias ideológicas, pero confluíamos en muchos temas, y sobre todo en la destructiva ironía que ejercía yo sobre casi todo lo que se movía, y que entonces (¡ah, las "inmadureces" de la vida!) tenía por muy inteligente y admirable.

Tengo dos imágenes de él que lo pintan más o menos bien. La primera es de mediados de los noventa, cuando lo encontré en el cruce de las avenidas Quilca y Wilson, a eso de las 3 de la mañana, completamente ebrio. Estaba, como solía hacer a menudo, toreando carros en mitad de la pista. Por alguna extraña y deplorable razón yo estaba absolutamente sobrio, así que me quedé con Juan para cuidarlo (según yo). Esa noche conversamos sentados en las gradas de un edificio, bebiendo una chata de ron, sobre los poetas de los noventa.

Juan sostenía con total seguridad que Carlos Oliva y Miguel Ildefonso eran los mejores poetas de Neón; pero no ponía las manos en el fuego ni mucho menos por Paolo de Lima poeta, y conservaba cierta prudencia sobre las obras de los demás integrantes de ese grupo.

Juan hablaba y gesticulaba con suma elocuencia, y se paraba de rato en rato para torear algún coche que pasaba. Poco antes de que amanezca, apareció un patrullero al final de la calle. Traté de agarrar a Juan, pero no pude. Me dio mucha risa el rostro iracundo del policía que manejaba el coche al observar impotente las evoluciones y pases que hacía Juan con su casaca, delante del patrullero. Fuimos derivados a la comisaría de Monserrate. Digámoslo en palabras trilladas: una sucursal del infierno.

Dormimos espalda contra espalda, de pie, durante unas dos horas, en una mazmorra de cuatro por cuatro rodeados de una veintena de individuos de las más increíbles y variadas calañas. Para Juan, a quien por cierto ya se le había ido la borrachera, fue una experiencia valiosísima escuchar a un choro contar sus hazañas –muchas de ella seguramente inventadas- con un vocabulario riquísimo en imágenes, neologismos y jerga lumpenesca superfresca. Yo recién unos años después supe apreciar lo jugoso de dicha experiencia. Ese día nos dio la mañana extasiados con los relatos interminables de ese choro-narrador cuyo estro novelístico ya quisieran algunos hoy.

La otra imagen es del día de su muerte –algunos dicen que a manos, o llantas, de personal del antiguo y abominable SIN. Estábamos en el Queirolo bebiendo unas cervezas, Martín Rodríguez-Gaona, Ericka Guersi, este blogger y alguien que no recuerdo ahora, cuando apareció como una tromba Juan, más bien “picado”. Nosotros estábamos sentados a una mesa de la primera estancia del bar. Juan apenas saludó, y se dispuso a meterse en los espacios posteriores del lugar. Martín le preguntó, lo recuerdo clarito: “¿A dónde vas?” Juan se sobreparo y mirándonos muy serio nos dijo: “Me voy al fondo”. Una hora después fue encontrado muerto en plena avenida Wilson, supuestamente atropellado por una combi.

Juan solía reírse de las ínfulas de consagración de los escritores y poetas, le molestaban las solemnidades, por un lado, pero también las frivolidades de lo que llamaba “Narrativa Light”. Su pasión por la poesía era muy conocida, siempre estaba enterado de lo nuevo que había y de los poemarios publicados. Aunque muchas veces no coincidíamos en nuestras opiniones (“la coincidencia es una miseria”, Borges), tengo que reconocer la agudeza de su visión de la literatura, su útil crítica. Me divierte pensar en lo que pensaría Juan de sus congéneres ahora.

No ha faltada el infeliz que haya ligado al bueno de Juan con el prosenderismo. No tengo ni idea de ello. Antes como ahora ha sido un recurso fácil de los inútiles y cobardes el acusar sin fundamento. En todo caso, el Juan que yo conocí -digamos que con alguna profundidad- no tenía nada que ver con eso. Un abrazo donde estés, Juan, tu crítica hace falta.

(Carlos Oliva. Era casi un paradigma para Juan Vega)

5 comentarios:

  1. Es interesante ver el proceso de mitificaciòn de ciertos amigos de Nèon.

    Juan ha ejercido influencia en muchos poetas de los 90s y algunos conocidos de los 80s.

    Ya llegara el tiempo que se sepa mas cosas de un hombre apasionado por la poesìa como Vega.

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  2. Anónimo23.12.06

    Juan Vega fue una persona honorable que jamás hubiera sido capaz de traicionar a un amigo ni dejarse llevar por cobardes chismecitos de Messenger.

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  3. Anónimo23.12.06

    a qué se refiere el amigo entrañable de Juan Vega en los tiempos del grupo Neón en San Marcos??????????

    Carlitos

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  4. Anónimo24.12.06

    Juan Vega forever!!!!

    Máscara, de Quilca con sabor

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  5. Chico malo24.12.06

    Pierdete Zelada...please.

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