1.3.07


Ada o el ardor del tiempo recobrado

Ada o el ardor (1969) no solo es la novela más voluminosa publicada por el autor de Pálido fuego. Es la más ambiciosa y compleja. Si Lolita se había centrado ¿maliciosamente? en la seducción y la pérdida del ser amado, trabajando con innegable maestría estilística la dialéctica del deseo y la frustración, Ada o el ardor habría de dar un par de pasos más al fijar como nueva obsesión el incesto y la posibilidad de construir (recuperar) una suerte de arcadia sexual y moral en la que un amor de este tipo no solo sea posible sino deseable.

Más. El propio Nabokov calificó a su novela como “una crónica familiar”, lo que nos lleva a un logro mucho más profundo si cabe: la novela es también un testimonio de primera mano de una época histórica prestigiosa -el fin de siglo del diecinueve e inicios del viente- y de una clase, con sus liberaciones, sus cambios, sus particularidades epistémicas. En este sentido, Ada o el ardor es una suerte de A la recherche comprimida; un notable esfuerzo de recuperación de un tiempo irremisiblemente perdido por cualquier vía que no sea la de la literatura. Nabokov ensayó (y logró) aquí escribir su propio El tiempo recobrado.

La historia es la de dos hermanos inseparables, Iván y Adelaida (Ada), miembros de una familia aristocrática. El amor adolescente que surge entre ellos logra atravesar las barreras familiares y sociales para prolongarse en el tiempo hasta la vejez de los protagonistas, quienes se enfrentan a la muerte con una valentía y orgullo indescriptibles. Iván y Ada conservan su amor sobre la base de una mutua comprensión y el enriquecimiento de su relación con aditivos intelectuales de gran originalidad.

El relato de este amor, mejor, la recuperación mediante el ejercicio de la memoria escrita –hecha al alimón por los dos personajes- de esa época utópica en que fueron felices con su amor el más prohibido, está lleno de reflexiones, información y tópicos que los narradores abordan en función a la temática central; son como breves bifurcaciones (atingencias) que siempre terminan jugando a favor de una imagen más cumplida del extraño amor de los hermanos.

Encuentro que todo el libro está plagado (muy exacto el verbo acá) de alusiones, juegos verbales, guiños literarios y descripciones, obsesivas y renuentes, de insectos y plantas. En el capítulo 17 de la primera parte, por ejemplo, aparece una plaga de hembras del mosquito Chateaubriand que se ensaña con Ada quien

“con sus oscuros ojos velados al igual que en el transcurso de los trances eróticos (…) rascaba con sus cinco dedos las prominencias rosadas causadas por la extraña mordedura del insecto”.

Pero no es la entomología el único saber que agita las páginas de la novela. Constantemente el narrador (o los narradores) acogen tópicos atractivos. Así, en el capítulo 35 de la parte citada, Ada discurre sobre el arte de buscar palabras en el diccionario (algo comparable a la ornamentación con flores y al collage con alas de mariposas, opina) al referirse a un juego de tablero llamado “Alfavit”.

El capítulo 4 de la segunda parte el narrador lo dedica íntegro al examen de la naturaleza de los sueños. “Los sueños no pueden admitir ninguna apariencia de moralidad, de símbolo, de alegoría o de mito griego, a no ser, naturalmente, que el soñador sea un griego o un mitólogo”, afirma el narrador, con esa vana y suave sabiduría que lo caracteriza.

En el capítulo 7 de la misma parte, Kim Beauharnais visita a la pareja en su pueblo útópico llamado Ardis, y lleva consigo un álbum marrón con fotografías. Este arte será entonces el tema del capítulo, y el examen de las fotos darán pabilo a disquisiciones sobre botánica, pintura, geografía. Pero sin duda el gran tema para Nabokov en este libro –y con ello retomamos la tesis central del post- es el tiempo.

El tiempo de vuelta

Rodrigo Fresán: “Hasta Nabokov, la Gran Novela Americana partía de dos grandes fuentes, el río pagano del viaje iniciático (Huckleberry Finn) y el río metafísico de lo simbólico absoluto (Moby Dick). Nabokov anuda y desemboca ambas vertientes en Lolita, océano donde conviven la idea del camino como punto de fuga con la idea de la persecución y punto. (…) las novelas de Nabokov que siguieron su estela (Pálido fuego, Ada o el ardor, Cosas transparentes…) fueron todavía más lejos en el terreno de la metaficción".

Ese concepto, metaficción, es clave para abordar Ada o el ardor. Constantemente el discurso narrativo en esa novela vuelve sobre sí mismo, se automodifica, se reconstruye y deconstruye, revela nuevas aristas, otras facetas, con cada tema que se aborda. En el caso del capítulo primero de la cuarta y última parte esto se hace patente hasta el clamor. Abandonando todo viso “literario” el narrador dedica la mitad del capítulo a una disquisición seria, sesuda, filosófica sí, sobre la materia de la que estamos hechos. Cita:

“¿por qué es tan difícil –tan degradantemente difícil- poder enfocar mentalmente la noción del Tiempo y poder examinar? ¡Qué esfuerzo, qué dificultad, qué fatiga tan irritante! Es como revolver con una mano en el compartimiento de los guantes, buscando el mapa de carreteras (...) Y también Aurelio Agustín (se refiere al autor de Confesiones), él también, en sus estudios sobre el mismo tema, hace 1,500 años, experimentó este mismo extraño tormento físico de la superficialidad mental, de los shekotiki (cosquilleos de la aproximación, de las evasiones del agotamiento cerebral”.

Nabokov prosigue con una significativa disquisición sobre el pasado y la forma en que lo construimos, y esta preocupación explícita (¿demasiado?) abona a favor de mi idea central sobre Ada o el ardor: una novela que es un intento parcial aunque feliz de recuperar un tiempo mítico y moderno a la vez. Mítico porque in illo tempore, cuando Ardis estaba lleno de su amor incestuoso, fue cuando la vida era más real para los amantes. Moderno porque apelando al tabú del incesto no cae el escritor en lo que el paratexto de la edición de Grijalbo plantea (una “representación genial de las prohibiciones fundamentales”, “arcaicas”).

Por el contrario, la novela al contarnos los años de utopía sexual de Ardis, sugiere que es posible un estado metacivilizado de las relaciones humanas, donde la relación incestuosa –imposible como generalidad, por cierto- es una forma regenerada (y no degenerada) del amor. Un estadio superior, genial, pleno, que a muchos todavía hoy repugna o asusta.

Sobre el libro puede revisarse esta entrevista que diera Nabokov para Times en mayo de 1969, cuando se publicó. Para una biografía confiable visiten este sitio. Y a manera de curiosidad pueden leer este ensayo sobre Ada o el ardor visto como un libro de sci-fi.

(Nabokov, genio de la lengua y de los temas punzantes)

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