2.2.07



El Hablador se manda

La revista que dirige Giancarlo Stagnaro, ampliamente promocionado en la blogósfera por un conocido informativo, trae algunos textos de interés real, como el de Jhonny Zeballos sobre Sol de soles, de Luis Enrique Tord, o la entrevista con el narrador Enrique Congrains Martin. También el ensayo del narrador Carlos Yushimito titulado “Subjetividad oficial: Exilios, desintegraciones y otros. Una lectura de la crisis social en la narrativa breve limeña de los ochenta".

La labor de esta revista virtual, que llega a su decimotercero número, es sin dudas encomiable. Por eso debe tener cuidado con la publicación de algunos ensayos que plantean ideas de difícil aceptación. Es el caso del publicado por Mario Suárez Simich sobre la novela histórica peruana.

Suárez Simich hace un extenso trabajo de investigación sobre “el proceso de la narrativa histórica en el Perú”, en el que se remarca la supuesta situación “entre dos fuegos” de los escritores de novela histórica en el país, lo que se habría reflejado en las posiciones de los protagonistas de las novelas, quienes reproducirían la situación real de los escritores.

Hasta ahí, más allá de no compartir esta impresión, no encuentro mayor reparo. El asunto surge cuando Suárez Simich tiene que tipificar el fenómeno de la violencia en el Perú. Cito:

“Este es el derrotero que sigue la narrativa histórica hasta mediados de la década de 1980, cuando aparece en el Perú el fenómeno de la insurgencia terrorista y la “guerra sucia” ejercida por el Estado. La espiral de violencia sacude y conmociona sin excepción a toda la sociedad peruana. El resultado de esta larvada guerra civil elevará a 70 mil los muertos en menos de 20 años”.

¿Cómo es posible que un editor permita que en un mismo párrafo convivan una tipificación como “terrorista” para uno de los supuestos bandos en conflicto, y apenas una línea después se hable de una guerra civil? En qué quedamos, ¿eran terroristas o guerrilleros?

En la última parte de su artículo, Suárez Simich vuelve ha insistir con la idea –de estirpe idealista- de la ubicación “entre dos fuegos” de los novelistas y sus personajes principales, y hace un reclamo final sobre el que me detendré brevemente:

“En este contexto era imposible escoger un bando. Sólo era posible resistir a ambos desde una lucidez que implicaba denunciar el sinsentido de un enfrentamiento brutal y fratricida; aunque ello significara marginación y proscripción. Estas son algunas de las razones por las cuales estos textos deben incluirse también en la denominada “narrativa de la violencia” que hasta ahora se encuentra delimitada por los críticos a los textos que ficcionan la violencia de una manera inmediata a los sucesos históricos”.

Sin duda hay algún grado de permeabilidad del fenómeno de la violencia política en todos los textos producidos durante aquellos años, sean o no novelas históricas, traten o no directamente los sucesos violentos. Me atrevería a decir que hasta la poesía de los noventa, que en su gran mayoría no tiene a la violencia como tema ni siquiera esporádico, refleja de modo críptico y lejano el tiempo de la violencia. Sin embargo, extender el concepto de narrativa de la violencia para incluir a la novela histórica producida en los ochenta y noventa, plantearía grandes problemas metodológicos.

La violencia –a secas- es una presencia constante en la historia de los pueblos. Por lo tanto hacemos mal en confundirla con un tipo específico de violencia como es la que vivió nuestro país entre 1980 y 1995, y que tuvo su expresión -y la sigue teniendo, pues se siguen produciendo cuentos, poemas y novelas sobre el tema- en la narrativa que trata el tema directamente (digamos algunos cuentos de Dante Castro), o de manera alusiva, como en Historias para reunir a los hombres, de Antonio Gálvez Ronceros o en el misterioso cuento de Pérez Huarancca que publica Gustavo Faverón en la antología Toda la sangre.

Cuidado: si incluimos a las novelas históricas dentro del concepto de narrativa de la violencia, ¿por qué no habrían de reclamar su lugar ahí mismo la poesía de los noventa, el teatro urbano del 2000 y la narrativa metaliteraria de Castañeda y otros? En concreto, que un texto literario de cualquier género trate el tema de la violencia no es suficiente para ser incluido en el concepto específico de narrativa de la violencia. No confundir.

(Félix Huamán Cabrera)

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