12.2.07


Lectores, electores, pantallas


Leo en la revista Riesgo de educar un largo artículo de Biagio D'Angelo ("Para una educación a la lectura de los clásicos") sobre la lectura literaria y la didáctica, sus semejanzas y diferencias. Entre las muchas ideas y definiciones que plantea el autor, está la de lector de televisión:

"El lector de hoy lee principalmente la televisión. Se volvió un profesional de la imagen propuesta por la pantalla pequeña. Ese "medio frío", siempre según la célebre definición de McLuhan, hasta "ártico", podríamos añadir, propone, a pesar de todas las contradicciones evidentes y ya bien conocidas, una cultura nueva en el lector contemporáneo"

Luego de citar a Baudrillard para explicar cómo el texto normalmente conocido se convierte con el espectador de TV en "imagen" en la que el texto oral y el texto visual están entrelazados formando un nuevo texto "que se introduce como forma compleja en el imaginario y en la expectativa del telespectador", D'Angelo define al lector de moderno como elector:

"Ese lector es, por definición sustancial a su nombre, un "e-lector", en el sentido de que "elige" (ex-lege, recoge), escoge, prefiere, nomina lo que puede ser más intensivamente correspondiente a sus necesidades antropológicas".

Es muy estimulante la concepción que tiene el ensayista de una categoría muy socorrida y manoseada en estos tiempos, como es la de lector. Este es concebido como una "categoría real" antes que, como muchos lo entienden, una "construcción abstracta y rígida"; cito para complementar la idea:

"El lector de este nuestro tiempo concibe la realidad como dentro de una totalidad fragmentada "ideogramática", donde la imagen posee la fuerza sintética y condensadora de aquel conjunto de palabras que leerán, discutirán, juzgarán el mundo".

Esto, para el autor, prepara y abona el terreno para una "cultura anticanónica y generalizada" formada por imágenes, "fast life", aceleraciones perceptivas y cognitivas, nuevas y confusas maneras de vérselas con el mundo. En este contexto, ¿vale la pena leer de nuevo?, se pregunta D'Angelo. Parece que la apuesta es por el regreso a una lectura en el sentido clásico, pero también por la comprensión de la nueva lectura (y los nuevos lectores).

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