3.2.07


Madame Bovary: 150 años

En la revista sabatina más interesante de Latinoamérica, Confabulario (El Universal) hallo una nota de Miguel Barbarena sobre la biografía de Flaubert que publicara Frederick Brown el año pasado y que pasa por ser la más autorizada hasta el momento. Recuerdo haber leído hace más de una década El idiota de la familia, de Sartre, una biografía voluminosa del autor de La educación sentimental, que llega apenas a la pubertad del escritor si mal no recuerdo. ¿Será mejor esta?


Una biografía imposible

MIGUEL BARBERENA


Curiosa posteridad la de Gustave Flaubert: él inventó aquello de que el escritor debe ser invisible y no dejar tras de sí más que la obra, lo que llamaríamos hoy “la desaparición del autor”. Cuando en 1859, dos años después de la publicación de Madame Bovary un amigo le escribió para pedirle datos biográficos, Flaubert replicó: “Yo no tengo biografía”. En 1869, cuando el famoso dibujante Gill quiso hacer su retrato —se trataba de ilustrar una reseña periodística de La educación sentimental—, Flaubert no permitió la reproducción de su rostro. Sin embrago, Flaubert es hoy el clásico del XIX francés más popular y estudiado, un novelista omnipresente.

Kafka, Joyce, Henry James, Sartre, Nabokov, Vargas Llosa, Michel Butor, Julian Barnes, todos se reclaman del Gran Maestro. Su vida y obra han sido desmenuzadas hasta el último detalle, pero las biografías, sobre todo provenientes del lado anglosajón, donde la “flaubertomanía” es más pertinaz que en la misma Francia, se publican a ritmo constante, una cada década: en los años ochenta fue la de Herbert Lottman, en los noventa la de Geoffrey Wall y el año pasado apareció la de Frederick Brown, Flaubert. A Biography (Little, Brown). Con 629 páginas y un voluminoso aparato crítico —las notas, bibliografía selecta e índice onomástico ocupan casi 50 de ellas— el libro contiene todo lo que es posible conocer sobre Flaubert, el hombre, desde su nacimiento, el 12 de diciembre de 1821, en el hospital Hôtel-Dieu de Rouen (Normandía), donde su padre, Achille-Cléophas, era cirujano en jefe, hasta su muerte el 8 de mayo de 1880, de un infarto fulminante, tal vez de un ataque convulsivo, quizá de una hemorragia cerebral, probablemente de una combinación de las tres. Su salud era un bomba de tiempo: años de glotonería, de adicción al tabaco de pipa, de una labor sedentaria, más los efectos de la sífilis y los episodios de epilepsia le cobraron factura. Además, su humor de energúmeno, sus frecuentes crisis de indignación ante la estupidez de su tiempo, le elevaban la bilis y la presión arterial.


La vida de Flaubert tiene dos fases. En la primera vemos al niño curioso que espiaba las cirugías del padre en los pabellones del hospital; el mediocre estudiante de Derecho en París; el aventurero del viaje a Medio Oriente; el joven literato que se alimentaba de clásicos griegos y latinos y escribía en la clandestinidad su primera novela, La tentación de San Antonio. La segunda fase arranca el 1 de enero de 1844, cuando Gustave sufre el primer ataque de epilepsia. La “enfermedad nerviosa”, como él la llamaba, dio un giro radical a su existencia. Lo hizo sentir siempre como un freak, pero también, gracias a ella, pudo dejar los insoportables estudios de Derecho y dedicarse exclusivamente a la literatura. A partir de 1851, tras su regreso de Oriente, se instaló como escritor de tiempo completo en el estudio de su casa en Croisset, a orillas del río Sena. Guardó en la gaveta a San Antonio —libro de tema bíblico que reescribió tres veces— y se embarcó en los adulterios de Madame Bovary, su primera obra publicada, la que le dio renombre y abrió puertas en el París literario.Brown agrega a los hechos de la exagerada vida de Flaubert una mirada crítica a la obra. Resume y explica las cinco novelas, algo invaluable en el caso de Salambó y San Antonio, obras históricas de difícil digestión. Revisa también sus últimos Tres cuentos y los escritos de infancia y primera juventud, cuando Gustave parecía encaminarse hacia el teatro, como se debe en un paisano de Pierre Corneille, oriundo también de Rouen. Brown ubica precisamente a Flaubert dentro de su tradición: tenía un lado esperpéntico que le venía de Rabelais, atemperado por una vena romántica, en la línea de Chateaubriand, y otra realista a lo Balzac (“Temo hacer un Balzac chateaubrianizado”, escribió a un amigo durante el arduo trabajo de Madame Bovary).


Este ángulo desde la crítica literaria es la principal fortaleza de la nueva biografía, un apartado en el que supera a las anteriores de Lottman y Wall. El estilo de escritura es también superior, con mucho de “flauberteano” en su sobriedad. El profesor Brown no especula ni inventa, como tanto se ha hecho con el pobre Flaubert, quien, por ejemplo nunca dijo o escribió aquello de que “Madame Bovary, c’ est moi”. Tampoco cae, como Sartre en El idiota de la familia, en el análisis psicológico de un personaje tan complejo y contradictorio. Se basa Brown en lo que verdaderamente conocemos de este gran escritor, que ya es bastante. Ni siquiera se atreve a mencionar, como lo hizo Geoffrey Wall, la especulación de que Flaubert pudo haber muerto mientras fornicaba con la joven sirvienta Suzanne. Y también pasa por alto, como no lo hizo Herbert Lottman, la versión de que Flaubert pudo haber sido el padre de Guy de Maupassant, sólo porque la hermana de su gran amigo de infancia Alfred Le Poittevin, Laure, fue la madre del futuro autor de Bel Ami, nacido en 1850. En efecto, Flaubert tuvo una relación filial, casi de “hijo adoptivo” con Maupassant, pero de eso a lo otro…


La curiosa posteridad de Flaubert, que él mismo ayudó a propagar, lo pinta como un ermitaño perfeccionista que pasó la vida encerrado en Croisset, en búsqueda de la palabra precisa, el famoso mot juste, acompañado de su atosigante madre, nacida Caroline Fleuriot, y de su sobrina huérfana, también de nombre Caroline. Solterón empedernido, sin hijos, Flaubert gustaba describirse como un misántropo que despreciaba a la sociedad burguesa, un “burguesófobo”, por utilizar su expresión.Pero los datos históricos desmienten a este Flaubert de la leyenda. Su vida no fue la de un “ostión” (como él mismo llegó a definirse), ni solamente la de un “hombre pluma” (ídem). A los 18 años, nada más terminar el bachillerato, recorrió el sur de Francia, de Burdeos por los Pirineos a Marsella, y de ahí a Córcega. Diez años después, entre noviembre de 1849 y enero de 1851, viajó con otro de sus grandes amigos, el también escritor Maxime du Camp, a Egipto, Palestina, Siria, Turquía, Grecia e Italia (el alto, rubio y apuesto Gustave volvería calvo y barrigón, para horror de su madre). En 1858, mientras escribía Salambó, su novela sobre las guerras púnicas, zarpó a Túnez para documentar las ruinas de Cartago. Fue a Baden-Baden, en Alemania, por las aguas termales que alivianaban sus dolencias reumáticas, y también al casino de Vichy. Ya cincuentón iba a Londres para proseguir el amorío con Juliet Herbert, antigua institutriz de su sobrina (y supuesta traductora de Madame Bovary al inglés).


Pero nunca dejó el terruño en Normandia, donde el padre le heredó tierras por el lado de Deauville y una bien fincada posición burguesa. Pasaba los meses de invierno en París, en su departamento de la rue Murillo, con vista sobre el parque Monceau. El “burguesófobo” estaba en el centro de la vida literaria y social de su país, una presencia en los principales Salones. Brown lo retrata animadísimo en el restaurante Magny, junto al Pont Neuf, donde el crítico Saint-Beuve reunía a su alrededor a Renan, los hermanos Goncourt, Taine, Gauthier, Merimée, al joven Zola, al ruso Turgenev y otros de la época. Era favorito y confidente de Matilde Bonaparte, cuñada de Napoleón III, emperador de Francia en esos años sesenta y setenta del siglo XIX. Flaubert era habitué en las fiestas de la influyente princesa, las más cotizadas entre la alta sociedad parisiense. También cenaba con el intimidante Victor Hugo y con Charles Baudelaire, su compañero en el ámbito judicial (ambos fueron acusados en 1857 de faltas a la moral por el poemario Las flores del mal y Madame Bovary. Costumbres de provincia, título completo de la célebre novela). George Sand fue su mejor amiga, su chère maître. Iván Turgenev su más grande afinidad electiva. La correspondencia de Flaubert con estos dos últimos es una cumbre del género epistolar. Lo es también la que mantuvo con Louise Colet, nacida Révoil, la mujer que, después de la madre, más lo marcaría. Entre 1846 y 1854, ella fue la “musa”, el amor de su vida. Brown la retrata como una dama de gran belleza y carácter, apasionada al grado de la histeria, y poseedora de cierto talento literario. Once años mayor que Flaubert, le entró a todos los géneros, publicó muchos libros, ganó premios, y fue la primera que supo ver el genio de su adorado Gustave. Lástima: poco antes de morir, Flaubert quemó, entre muchas otras, las cartas que recibió de la Colet. Nunca sabremos si Louise lo consoló después de su primer encuentro sexual, en el que Gustave sufrió, según Brown, un ataque de impotencia. Penosa situación para alguien que presumía su priapismo y que hizo de la visita al burdel una forma de vida.


Brown relata las noches sensuales junto a Kachiuk-Hanem, la hermosa cortesana que Flaubert conoció en Egipto (y de quien posiblemente contrajo la sífilis), y la importancia que para su sensibilidad —y la de Emma Bovary— tuvo Eulalie Foucault, una prostituta de Marsella con la que Gustave se acostó en aquel primer viaje de juventud.Flaubert defendió la postura de “el arte por el arte” y no tuvo ánimos —como Victor Hugo— para participar en el agitado debate político de su época. Vivió bajo cuatro regimenes políticos en sus 59 años de vida. Nació bajo la restauración borbónica que siguió a la caída de Napoleón; siguió la monarquía constitucional de Luis-Felipe de Orleans; luego la efímera república de 1848 y por último el Segundo Imperio del autoritario Napoleón III, el mismo que invadió México. Pero Flaubert observó todo esto desde la barrera. Fue un conservador que echaba pestes contra el sufragio universal, las teorías igualitarias y todo lo que oliera a socialismo. En París, bajó a las barricadas durante la revolución de 1848 contra el rey Luis-Felipe, pero con ánimo de reportero: utilizaría esa experiencia años después para La educación sentimental, una novela que Flaubert concibió como “la historia moral de su generación”.


La guerra de Francia contra Prusia en 1870 le sacó lo patriota: se enroló en la Guardia Nacional para pelear contra el invasor, pero Francia claudicó tan rápidamente que nunca vio acción. Los alemanes ocuparon pacíficamente la casa de Croisset.Los años finales fueron tristes. La muerte, en 1869, del poeta Louis Bouilhet, su “amigo indispensable”, lo sumió en la depresión. En 1871, a los 79 años, expiró la madre, ya para entonces totalmente sorda. Flaubert se quedó solo, con su perro Julio como única compañía. Cuando falleció George Sand, en 1876, el dolor fue “infinito”, como lo escribió a Turgenev.El peculio familiar, mal administrado por su “banquero”, Ernest Commanville, esposo de la sobrina, desapareció casi por completo en la recesión de la posguerra. Flaubert acabó en la ruina. Sus libros poco habían aportado a su patrimonio financiero (los pleitos monetarios con el editor Michel Lévy son bien documentados por Brown). Tuvo que vender los terrenos de Deauville y contemplar la espantosa posibilidad de trabajar por un sueldo para ganarse la vida. Para colmo, se rompió una pierna y cojeo esos últimos años. Pesaba 115 kilos, se vestía con amplias túnicas orientales y se cubría la calva con sombreritos turcos. Solía pasear por su vasto jardín, pero los estragos de la sífilis lo mantenían postrado buena parte del tiempo.


Brown describe un cuadro de neuralgia, anemia, migrañas, agotamiento, lumbago, amigdalitis, insomnio, problemas de la vista y dolores en el único diente que le quedaba. Además, los ataques de epilepsia, la dama que lo acompañó toda la vida. Avanzó en su Bouvard y Pécuchet, su novela cómica, pero dejó inconcluso su Diccionario de ideas comunes, una especie de epílogo a esta última obra.Al morir, ignorado por la clase literaria, seguido de un pequeño grupo de fieles (Zola, Maupassant, Daudet), dejaba tras de sí las cinco novelas, sus formidables Tres cuentos, más de cuatro mil cartas, unas 20 mil páginas manuscritas: una obra magnífica, detrás de la cual no pudo desaparecer. Frederick Brown lo revive nuevamente en este ejemplo de biografía literaria.


(Portada)

1 comentario:

  1. Pues este post me ha servido de ayuda.
    También te he leído el de los escritores contemporáneos peruanos.
    Intentaré encontrar algún libro suyo por aquí.
    Saludos

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