24.3.07



Sturgeon o el lento trabajo de esculpir una obra original

Hace apenas tres semanas se cumplió un año más del nacimiento de Theodore Sturgeon (1918-1985), reputado como uno de los mayores artifíces literarios de la ciencia ficción del siglo pasado. Supongo que debo tomar como una mera casualidad -pero algo me dice que es un leve guiño de no sé dónde- que también hace unas tres semanas haya llegado a mis manos uno de sus libros más alucinantes: Sturgeon is alive and well... (1970).

Se trata de un volumen que reúne 12 relatos escritos entre 1969 y 1970*, al cual el propio autor adicionó "De aquí y el caballete", escrito en los años cincuenta. Sobre la particular génesis de este libro de cuentos, traducido para Emecé como Nuevamente Sturgeon (1976), el mismo autor nos revela en el prólogo:

"Yo me hallaba viviendo en las proximidades de una montaña situada en Quiénsabedónde, escondido bajo una roca. (...) súbitamente un día explotó frente a mis ojos una gran masa de cabello pelirrojo, a la cual venía unida una cara sonriente, con una mancha en la frente y una personalidad absolutamente eléctrica. Su nombre era Wina, y era una periodista, fotógrafa, diseñadora de vestidos y bailarina que había viajado unas 6500 millas con su gata (dentro de la cual se agitaban cuatro gatitos) para casarse conmigo"

Sobre la azarosa y por ratos mísera -materialmente hablando- vida de este genio de la sci-fi humanista, podría decir un par de cosas, pero prefiero dejarlo en manos de la que afirma ser la página oficial del escritor. Ni siquiera me referiré a cuentos claves de este volumen, como "Suicidio", donde la pericia narrativa de Sturgeon de verdad se luce cuando nos describe los difíciles movimientos de un suicida encallado en una pequeña saliente de un precipicio; o ese cuento casi perfecto, relatado en la primera del plural, titulado "El cajón", que si no fuera por la suerte de moraleja embutida en el último párrafo, colgaría en algún lugar de mi habitación.

Quiero centrarme en "Escultura lenta", relato largo que en su momento mereció los premios Hugo y Nébula. Una chica aquejada de un tumor maligno, por un hecho fortuito llega contactar a un extraño científico librepensador, quien luego de una serie de tires y jales psicológicos -su omnisciencia parcial le permite al narrador profundizar en comportamientos y decisiones personales- convence a la enferma a someterse a un tratamiento extramédico ideado por él, basado en isótopos de potasio y la conversión -matizada de dudas- de la chica en una suerte de generador de energía humano.

Al final la joven es librada de su tumor maligno y se da a inicio a una relación de distinto tipo entre ella y su curador. El título del relato se debe a un inmenso bonsai de cinco metros que el científico ha venido cultivando a lo largo de su vida, como si fuera una escultura, sometiéndolo a injertos, correctivos, tratamientos que lo fueron modificaron. La formación de un hombre es también como la formación de un bonsai, parece decirnos: una escultura lenta.

Como suele suceder en una amplia gama de relatos de sci-fi, el narrador aprovecha este, sobriamente, para soltar aquí y allá algunas reflexiones sobre la razón y sus límites:

"Si se está en peligro, y se prueba la razón, y se ve que esta no sirve de nada, se la abandona. No se puede decir que sea poco inteligente abandonar algo que no funciona, ¿verdad?"

O ensayar una memorable opción creativa de vida (que suena a poética y confesión biográfica por igual):

"Tengo algo en mi cabeza que nunca se quitará de ella: es un modo que tengo de formularme la siguiente pregunta: ¿por qué tal y tal cosa es como es? ¿Por qué no puede ser en cambio de tal otro modo? Siempre existe otra pregunta respecto de cualquier cosa o situación (...) Y vivimos en un mundo donde lo que le pasa a la gente es, justamente, que no quiere formularse la pregunta siguiente"

Me pregunto: si alguien vive atento a su creatividad, abierto a hacerse la pregunta siguiente y evita caer en la actitud borreguil de seguir "lo que piensan los demás", ¿que posibilidades tiene de incurrir en el plagio o en algo peor? Nuevamente Sturgeon es un notable volumen de cuentos donde hasta divertimentos realistas como "Hay que cuidar a Joey", sin dejar de ser el relato flojo del grupo, tiene originalidad y fina eficacia en su tratamiento. Algo cada vez más difícil de encontrar en los narradores contemporáneos: voluntad de innovación.

Los que quieran más sobre Sturgeon y su mundo, vean este ensayo solo aceptable. Aquí tienen uno mejor aún, de 1976, escrito por Paul Willliams. Y un cuento de Sturgeon publicado en la buena revista de Daniel Salvo Velero 25.
*El mismo autor en su ya célebre prólogo a este libro se encarga de aclarar que la redacción de los cuentos le tomó un verano, pero que su gestación duró años. Eso mismo le sucede a muchos creadores.

(Sturgeon, maestro y ejemplo de originalidad)

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