17.3.07




Varamo, Poeta ciego: dos personajes no muy extraños

La historia de la literatura contemporánea no está exenta de personajes poetas. Bastará recordar el John Shade de Pálido fuego, de uno de mis narradores más queridos: Vladimir Nabokov. En el caso de Varamo (2002) y Poeta ciego (1998), de César Aira y Mario Bellatin respectivamente, los poetas son los personajes principales y tienen entre ellos algunas características comunes.

La historia de Varamo es alucinante: un burócrata de vida vulgar que un buen día, a partir de un suceso fortuito aparentemente, se enfrenta a la página en blanco por primera y única vez, y garrapatea “la celebrada obra maestra de la moderna poesía centroamericana: El canto del niño virgen”.

El Poeta ciego, en cambio, regenta una secta semirreligiosa en base a poemas-tratados que llevan títulos rimbombantes como “Cuadernillo de las cosas difíciles de Explicar” o “Tratado de la austeridad”. En general, la novela está atravesada de nombres efectistas que intentan asirse a una carga simbólica que no llega a cuajar: “Hermano de las Gafas de Cristales Gruesos”, “Casa de la luz negra”, “Palacio de las mujeres desnudas”.

No parecen prometer coincidencias, pues, prima face, estas novelas cortas. Salvo por compartir el subgénero y por la suerte de extrañeza que se intenta infundir –con diversos resultados- en el lector. Pero solo para contradecir esta impresión puedo esgrimir, por ejemplo, el hecho de que ambos personajes, Varamo y Poeta Ciego, sean hijos de padres desconocidos. En el caso del personaje belatiniano, un “recogido”:

“El poeta fue recogido de niño por una familia de pescadores que lo crió como a un hijo más. Los Antiguos Hermanos sostenían que lo encontraron dormido en una cueva habitada por lobos marinos, y los Nuevos que dentro de una cesta flotando en alta mar”.

Varamo tiene un origen similar. Su madre, cuando joven, anhelaba con todo su ser tener un hijo. Un día se le cumplió el deseo y una pareja desconocida dejó en sus brazos al futuro poeta súbito, de quien ya no iba a separarse más. Un rasgo adicional común es la vulgaridad de la vida de estos poetas. Varamo es un ordinario empleado tan poco listo como para dejarse endilgar un par de billetes falsos como pago por su trabajo. Poeta ciego ha establecido una forma asaz burda de captación de miembros para su secta: utiliza el strip tease, en el “Palacio de las Mujeres Desnudas”.

Algo más. En ambas novelas se evita dar una sola línea, un solo verso de los poemas tanto de Varamo como de Poeta Ciego. Pero el narrador de la novela de Aira reconoce que

“Todos los rasgos circunstanciales con que hemos venido coloreando y verosimilizando el relato de la jornada del personaje están deducidos (la palabra no es lo bastante fuerte) del poema que escribió al final, y que es la única documentación que quedó”.

En la novela de Bellatin, los poemas del Poeta Ciego no solo marcan el ritmo de lo que sucede -ya sea porque los personajes se atienen a ellos, o porque los refutan o niegan- sino que colaboran en el intento de crear una atmósfera de extrañamiento acentuada por su relación con los lunares del cuerpo humano y con la forma en que debe llevarse la vida dentro de la secta.

No será en este post donde abunde en las semejanzas y diferencias de estas dos novelas. Solo señalaré que en el caso de Poeta ciego, la muerte, temprana, del protagonista deja sin fuerza, baja la intensidad del desarrollo ulterior de la trama. La burocratiza, en el sentido que la entrega a una secuencia uniforme de eventos lábiles.

En el caso de Varamo la resolución de la historia es, diré, más feliz. Pero una vez finalizada la lectura quedan como puntos ciegos algunos aspectos de estilo e ideológicos que detallaré en un ensayo de apropiada extensión. Para una lectura adicional sobre Varamo pueden leer esto. Una visión general, algo apretada, de la narrativa de Bellatin hasta el 2002, pueden apreciarla aquí. Finalmente, Alan Pauls piensa a Bellatin.


(Aira y Bellatin)

1 comentario:

  1. Anónimo18.3.07

    Para comparar maneras de ser breve: lo que escribe Aira —otro al que le gusta mucho proliferar— es siempre lo que hay; Bellatin, en cambio, escribe siempre lo que queda.

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