18.4.07


Crítica de la razón mimética (II)

Como había adelantado en la primera parte de esta reflexión, corresponde ahora dar un resumen de las principales ideas sobre la mimesis que encuentra Neus Galí en su libro Poesía silenciosa, pintura que habla (El Acantilado, 2006). Encuentra la crítico tres momentos, débilmente delimitados, en la evolución de este concepto de origen griego tan importante para entender nuestra propensión a la mimesis realista. La poesía homérica y la de los líricos griegos arcaicos constituirían un primer estadio, donde debido a la poca o nula importancia de la escritura, el poema será concebido como una manifestación (evidentemente oral) de lo divino, de ninguna manera como una “imitación”de un paradigma o verdad (aletheia), dado que el concepto de original, con el concepto de copia como contrapartida, surgió recién con la aparición de la escritura. La aparición de la escritura coincide a su vez con un fenómeno llamado proceso de desacralización poética, que Galí resume en un párrafo muy sintético pero harto elocuente:

“A lo largo de los pongamos cuatro siglos que separan la poesía homérica del epinicio pindárico la palabra del poeta experimenta un gradual y profundo proceso de desacralización: la poesía pasa de don a tekhne, se profesionaliza, surge el concepto de autoría, los poetas elaboran poemas de encargo” (p 27)

A partir de la introducción y difusión de la escritura es que cambia la relación del poeta, o específicamente el aedo, con la palabra. Si antes el poema era un don divino, una revelación, con la escritura se fija un texto, considerado como “original”, y lo que hacen los intérpretes y poetas posteriores a esa fijación es precisamente imitar (mimesis) el original, con toda la complejidad que implica este proceso. En aquella primera etapa, que implica una sociedad basada en la oralidad, el discurso poético no remite a original alguno, “es palabra en el tiempo, evento”.

En una sociedad basada en la escritura –como la que ya se vislumbraba en los tiempos del poema homérico y de Simónides-, en cambio, al consolidarse la importancia de la palabra escrita se produce una mutación de gran importancia en la percepción de la realidad: el poema, la palabra, son percibidos por primera vez como “un objeto frente a un sujeto”. Con esto llegamos al segundo estadio del concepto de mimesis, el cual coincide con el momento en el cual el poema se configura como texto escrito, fijado, y por lo tanto manipulable, sujeto a transformación y a revisión. Galí precisa:

“Con el establecimiento de un texto homérico definitivo aparece la idea de un “original”, un referente escrito respecto del cual toda variante se entenderá como desviación. Es precisamente esa idea de original que surge con la escritura la premisa básica para el nacimiento no solo de la literatura, sino de un pensamiento teórico acerca de ella”. (p. 39)

Los poetas posteriores al texto Homérico, con Píndaro cono uno de los puntos más elevados en cuanto a creación, producirán textos bajo una idea de original y copia que si bien aún no termina de corromper su idealismo con respecto a los misterios de la creación poética, los entrega a un tiempo radicalmente distinto al vivido por los arcaicos y aedos, que no eran más que mediums (elegidos) de un impulso superior. La poesía se desidealiza con la escritura, pero el poeta se agiganta. Nace el autor y su aureola. La diferencia entre texto fijado y copia, sin embargo, solo cobrará un sentido peyorativo con la intervención de Platón y su famosa y polémica concepción de mimesis. Lo que constituye el tercer estadio anunciado.


El principio del problema mimético

Mimesis viene de la raíz griega mimos, un término oscuro y contradictoriamente tardío, que no está registrado inicialmente ni en Homero ni en Hesíodo, sino en Esquilo, y que Galí prefiere definir como “copia que intenta ser lo más fiel posible a un original y cuya proximidad o distancia respecto del modelo es susceptible de ser valorada”. La teoría del arte (que luego alimentará a la teoría literaria) simplificaría en extremo el concepto de mimesis hasta hacerlo significar “imitación de la naturaleza”, lo que llegaría hasta nuestros días, con los cambios respectivos, como realismo entendido miméticamente.

Pero según algunos estudiosos (Koller, Else, Rodríguez Adradós) el concepto remitía arcaicamente no a un original y a una copia, sino a la representación o encarnación de un ser. Tenía que ver entonces con la representación ritual, con la toma de una personalidad determinada durante una ceremonia religiosa. Por extensión, también significaría representar voces y acciones de animales a través de la voz, e imitación no paródica de la voz y el accionar de una persona. Galí tiene dudas atendibles sobre esta serie semántica, y se apoya en el erudito Eric A. Havelock para hacer algunas precisiones importantes:

“Para Havelock la mimesis preplatónica es siempre “simpatética” y, por tanto, hablar en términos de “modelo”, “ejemplo”, representación”, como hace Else, supone tomar prestada una terminología que solo adquiere sentido a partir de Platón”. (p. 100-101)

En efecto, antes de Platón lo uqe llaman mimesis no solo no tenía un sentido peyorativo, sino que se trataba en realidad de la actualización de un evento, era la producción de una realidad única y sagrada, que de ninguna manera remitía a ningún esquema del tipo original-copia. El hombre o aedo, entonces, no imitaba nada –por más que su evento o poema haya estado ya oralmente preestablecido-; más bien encarnaba, se ponía en el lugar de un ente (sea divino, humano o animal). Vivía ritualmente esa vida.

Es en La República donde en verdad se introduce la idea de mimesis como imitación, degradada además, de un original. Luego de estudiar minuciosamente todas las interpretaciones que existen sobre el porqué del maltrato a la poesía que hace el filósofo de La Academia en su famoso libro, Galí asume esta posición: lo que Platón buscaba con esto era resolver la vieja pugna entre filósofos y poetas, expulsando a los últimos de la Ciudad Justa porque imitaban las apariencias y no las ideas eternas (1), y porque fomentaban sentimientos negativos en la gente (mediante sus cantos y representaciones). Sócrates, en boca de Platón, se muestra especialmente severo: la poesía causa la ruina de las mentes porque apela al aspecto irracional del hombre, y lo que se busca en la Ciudad Justa es beneficiar el lado racional y virtuoso del ser humano.

Más allá de estas consideraciones morales, lo que más radicalmente alejaba a la poesía de lo deseable era su indefectible condición de productora de phantasmata (apariencias) y no de cosas reales (onta). Para Platón, el mundo fenoménico no es lo que Es (no es el Ser). Es solo algo que se le parece. Cuánto más trivial será para el pensador entonces una representación o imitación de eso que no es (que es lo que hace la poesía). Como se suele decir, para Platón la poesía participa aún más lejanamente que las meras apariencias (los fenómenos) de lo que verdaderamente existe, de las Ideas.


Primera coda

Sin duda debo apresurarme a suscribir aquí lo afirmado por Galí al final de su largo capítulo sobre Platón y La República:

“El concepto de mimesis constituye uno de los problemas más difíciles y espinosos del pensamiento de Platón. Un análisis exhaustivo del término y sus aplicaciones en los distintos diálogos desborda las pretensiones de este trabajo” (p 345)

Lo que me interesa de todo esto es tener presente cómo el concepto de mimesis originalmente no solo no era unívoco (como en la actualidad bajo la modalidad de realismo), sino que designaba cosa muy distinta a la práctica desmañada de imitar un original fenoménico (es decir, no Real), como Platón nos la presenta. Mimesis era encarnación, tomar el lugar de otro, imitar no peyorativamente (el sentido de “parodia” es tardío, surgido seguramente con Aristófanes), replicar una persona o cosa mediante un arte (tampoco en el sentido copia-original).

Y sin embargo, luego de que el filósofo de los diálogos instaurara aquella concepción reductora de la mimesis, el concepto inició una paulatina y al parecer irreversible degeneración, que atravesando la poética aristotélica se decantó con las teorías neoplatónicas del arte y la creación producidas en el Renacimiento, hasta llegar a los siglos recientes convertida en una forma casi única de asumir la creación literaria y artística en general: la representación. La literatura como representación de la realidad. Veremos en una tercera entrega algunos ajustes a lo aquí estipulado y cómo el siglo veinte habría de traernos alternativas a esta concepción de la creación.

(1) Se nos había enseñado en el colegio o la universidad la gradación platónica de la siguiente manera: Ideas (provenientes del mundo eidético)-Fenómenos (lo llamaremos mundo manifestado o material)-Reproducciones (poesía, pintura, escultura). Pero Galí corrige: la serie es Ideas-Fenómenos-Imágenes. La poesía, de esta manera, sería apariencia de una apariencia, pertenecería irremisiblemente a la esfera ilusoria de lo que aparenta ser un fenómeno.

(Portada del notable libro de Neus Galí)


4 comentarios:

  1. Anónimo18.4.07

    pucha que muy largo el texto para un blog no creo que alguine lo lea completo.

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  2. Rubén Diego19.4.07

    Muy cuidadoso y documentado el ensayo, el problema que veo es cómo escapar a la mímesis, toda literatura y toda acción verbal es en el fondo mimética, es imposible su realización sin un referente.

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  3. Y ENTONCES COMO CATALOGARÍAS A BOLAÑO, REALISMO VISCERAL SERÍA MIMÉTICO O QUÉ?

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  4. creo que algunas de estas dudas se discutirán en la última parte del ensayo, cuando veamos las poéticas no miméticas.

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