22.5.07


Mario Levrero por Mario Levrero + reseña de Zambra en El Mercurio

En 1984 el narrador uruguayo empezó a escribir La novela luminosa, su proyecto más ambicioso, que Alfaguara-Uruguay daría a luz recién en el 2005, un año después de su muerte. Alejandro Zambra (Bonsái, 2006), escribe una reseña sobre esta obra monumental y atípica en El Mercurio de Chile:

“La novela luminosa suma, en definitiva, quinientas y tantas páginas: las cuatrocientas del diario (incorporadas en calidad de gigantesco prólogo) más las escasas carillas escritas en 1984 y un notable capítulo-cuento titulado "Primera comunión", único resultado "real" del bendito año Guggenheim. ¿Es La novela luminosa una novela? Sí y no: "una novela, actualmente, es cualquier cosa que se ponga entre tapa y contratapa", dice Levrero, con cierta lúcida resignación. Pero La novela luminosa tampoco es, con propiedad, un diario, pues persisten, en aparente dispersión, ciertos hilos argumentales que van y vienen según el impredecible ánimo del narrador”, dice Zambra.

Esto, por lo menos, exige a los que queremos dar a nuestros lectores algo más que lo que dicen las contratapas de los libros, saber qué pensaba Levrero de la escritura. Pues he aquí que encuentro una entrevista imaginaria hecha al autor por él mismo (verla completa en este excelente sitio). Algunas preguntas:

Deberías explicar, entonces, a qué llamás “experiencia espiritual”.

-A cualquier experiencia, en la medida que pueda advertir en ella la presencia del espíritu o, si lo preferís, de mi espíritu. Y antes de que vuelvas a intercalar una de tus preguntas, me apresuro a ampliar el concepto: el espíritu es algo viviente inefable, algo que forma parte de las dimensiones de la realidad que caen habitualmente fuera de la percepción de los sentidos y aun de los estados habituales de consciencia.

Supongo que, en primer lugar, elegís un tema...

-No. El tema, o más bien el asunto, suele elegirme a mí. En determinado momento, sin que esté pensando necesariamente en términos de literatura, percibo que hay algo que me está molestando: una imagen, una serie de palabras, o simplemente un clima, una atmósfera, un ambiente. El ejemplo más claro sería el de la imagen o el clima de un sueño, al despertar por la mañana; a veces uno se queda un buen rato como enredado en ese fragmento de ensueño, y a veces eso se disipa después de un rato, y a veces no. Puede volver, espontáneamente, o evocado por algo, en otros momentos del día. Cuando esto se mantiene durante varios días, es para mí una señal de que allí hay algo que es imprescindible atender, y el modo de atenderlo es recrearlo. Por ejemplo, tengo un relato, El crucificado, que nació de una perturbación de este tipo, aunque no provenía de un ensueño. Noté que desde hacía unos días tenía un crucificado en la mente; alguien que estaba permanentemente con los brazos abiertos. En realidad no descubrí que se trataba de un crucificado hasta que me detuve a examinar esa imagen perturbadora, porque era alguien que estaba vestido, se notaba claramente que tenía puesto un saco viejo. Examinándolo, descubrí que debajo del saco, estaba clavado a restos de una cruz de madera, y en seguida me puse a trabajar en ese relato.
Otro relato, Las sombrillas, surgió de una frase escuchada en un sueño: “Nohaymar”. En el sueño, una niña saltaba sobre una cama y decía algo así como “nohaymar”, o más bien yo escuchaba “noaimar”. Mientras me duchaba me vino esa imagen y esa frase, y concluí que quería decir “no hay mar”, y al terminar de ducharme ya tenía un relato bastante estructurado. También la novela Desplazamientos surgió de la breve escena de un sueño: una mujer en ropas menores que lavaba platos en una cocina. Me llevó como dos años sacar a la luz todo el mundito que encerraba esta imagen. Y por si te interesan los fenómenos parapsicológicos, te cuento una anécdota acerca de “no hay mar”: días después de escrito el cuento, me encuentro con un amigo que me cuenta que más o menos simultáneamente él a su vez había estado escribiendo un cuento, y que se le había infiltrado un personaje con una fuerza obsesiva. Este personaje se llamaba “Mariano”. Como te habrás dado cuenta, “Mariano” es un perfecto anagrama de “noaimar”.

Hay quienes sienten tus textos como versiones de una realidad deformada, exagerada, cruel, absurda, pesadillesca, asfixiante...

-Puedo aceptar todos esos calificativos menos uno: “deformada”. Ese suele ser un recurso de la ciencia-ficción. Yo no hablaría de “deformación de la realidad” en mis textos, sino más bien de subjetivismo... Me hacés pensar en los zapatos que están en una vidriera, y en los zapatos “deformados” por el uso. ¿Le llamarías “deformados” a los zapatos que usás? ¿Son más “reales” los de la vidriera?

¿El trabajo es incompatible con la creación literaria?

-En mi experiencia, al menos hasta ahora, sí. No soy un escritor de fines de semana. Escribir no es sentarse a escribir; ésa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio. Mediante el ocio es posible armonizarse con el propio espíritu, o al menos prestarle algo de la atención que merece. Yo no soy escritor profesional, no me propongo llenar tantas carillas, y no quiero ni puedo escribir sin la presencia del espíritu, sin inspiración. Aquí tengo un texto de Raymond Chandler, en realidad una carta de Chandler: “Leo constantemente cómo los autores dicen que jamás esperan que llegue la inspiración; lo que ellos hacen es sentarse a sus escritorios todas las mañanas a las ocho, con lluvia o sol, con los restos de una borrachera, un brazo roto, o lo que sea, y vomitan su pequeña cuota. No importa cuán en blanco estén sus mentes o cuán agarrotados sus cerebros, nada de absurda inspiración con ellos. A ellos entrego mi admiración y mi cuidado de evitar sus libros”. Mirá, yo soy muy haragán; me pongo a escribir cuando me resulta imperioso, ineludible, del mismo modo que me pongo a hacer cualquier otra cosa cuando me resulta imperioso e ineludible. Vivo de stress en stress. Mi ideal de vida es el reposo absoluto. Para que me ponga a hacer algo hace falta un estímulo, y en el caso de la literatura es necesario un estímulo a dos puntas: la necesidad de sacar algo a la luz, y la necesidad de comunicarlo a alguien”.
(Mario Levrero)

6 comentarios:

  1. Anónimo22.5.07

    sí pues, eso de andar repitiendo lo que dicen las solapas y las contratapas de los libros es un vicio difundido en los blogs y en cierta prensa.

    Jaime

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  2. Anónimo22.5.07

    deberías de preocuparte por la literatura y la violencia política, esos son los temas del país...

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  3. hay demasiada gente en la blogósfera diciendo qué es lo que se debería escribir y encontrando "coincidencias". Ese matiz policíaco y noico de ciertos bloggers es chistoso, aunque ya está demodé luego del mea culpa colectivo, ¿o no iba en serio?

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  4. Anónimo23.5.07

    ese que dice de qué deberías preocuparte es Thays, Vico, jugando otra vez en pared con Faverón. Nada ha cambiado, ya viste cómo maltrata Faverón a Roncagliolo, Colchado y Miguel Gutiérrez en su último post.

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  5. Anónimo23.5.07

    A mi me ha parecido un excelente post. Mario Levrero, lamentáblemente muerto, tiene mucho que ofrecer al lector de cualquier sitio.
    La mención que hace a la ciencia ficción, por ejemplo, no es gratuita. Sus primeros cuentos fueron publicados por revistas de ciencia ficción argentinas, pues las revistas "serias" no comprendieron su propuesta, al menos al principio.
    Más fácil le habría resultado seguir la corriente principal y escribir sobre la violencia en su pais (Uruguay), o sobre la dictadura argentina. Subirse al coche de moda siempre da reditos inmediatos, pero no sirven para producir una obra duradera y trascendente.

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  6. Muy importante lo último que dice el comentarista de las 8.20 pm. Lejanamente relacionado con eso, quiero dejar en claro que lo único que quería decir con los de las contratapas es que dar SOLAMENTE información que se puede encontrar buceando en la red me parece fácil y poco o nada productivo para los lectores de blogs.

    No quise ofender a ningún blogger, y si fue así, las disculpas del caso.

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