9.5.07


Pálido fuego o la poesía como bello pretexto

Que Vladimir Nabokov, uno de mis autores favoritos, fue un gran admirador de la (buena) poesía, es ampliamente conocido. Menos lo es que en una de sus novelas más logradas –junto a la extraordinaria Ada o el ardor (de la cual ya me ocupé en este blog) y menos celebrada que la archiconocida Lolita- la poesía le sirve poco menos que como pretexto para desplegar en el texto algunas de sus ideas controvertidas. Por fortuna para sus lectores, el experimento es exitoso a pesar de algunas fisuras que espero señalar, aunque este tour de force metaficcional me deja, en una relectura luego de unos quince años, cierto sabor a simpático artificio que no a mundo autónomo, como en el caso de la citada Ada…. Veamos.

Jhon Francis Shade (1898-1959) ha legado a su amigo y biógrafo Charles Kinbote –el narrador de la novela- un poema en 999 versos divididos en cuatro cantos, que lleva el nombre de Pálido fuego. Lo que hace Kinbote es una exegesis del poema, casi verso por verso, la que le sirve para contar la vida de ese singular poeta, referir críticamente las vicisitudes históricas y políticas de Zembla, imaginario país que sin dificultado puede ser el alter ego histórico de la Rusia prerrevolucionaria; homenajear a escritores y poetas afines al autor, y dejar constancia de algunas ideas peculiares sobre temas como el suicidio, la religión, el psicoanálisis y más.

La ironía y la autoironía no están ausentes en esta novela como no lo están en casi ninguna de este genio de la lengua. Tampoco las preocupaciones poéticas, lingüísticas y de traducción. En la página 86 de la versión de Aurora Bernárdez que manejo (Sudamericana, 1974), al analizar los versos 47-48, el narrado afirma:

“Pero basta. Volvámonos hacia las ventanas del poeta. No tengo ningún deseo de retorcer y maltratar un apparatus criticus sin ambigüedad para convertirlo en el monstruoso simulacro de una novela”.

Y a veces parece que lo hace. En ocasiones los versos examinados solo llegan a pálidas chispas que encienden una inmensa y desproporcionada fogata exegética que sin embargo no escapa a los diversos hilos conductores que el diestro narrador domeña a lo largo de la obra. El verso 470 solo dice: “Un negro jovial tocaba la trompeta. Tric”. A continuación, el narrador se despacha con un speech sobre el uso de ciertas expresiones eufemísticas para referirse a los negros. Incluso llega a poner en boca de su amigo poeta, John Shade, lo siguiente:

“Shade dijo que lo que más detestaba en la tierra eran la vulgaridad y la brutalidad, y que la unión ideal de ambas se encontraba en los prejuicios raciales. Dijo que como hombre de letras, no podía menos que preferir la expresión “Es un judío”, a “Es un israelita”, y “Es un negro”, a “Es un hombre de color” (p. 219)

Si bien sus ideas en este punto son plausibles, no deja de haber una desproporción entre lo conciso y puntual del verso de Shade y el extenso y proliferante comentario.

Marx, Darwin y Freud, tres viejos enemigos del pensamiento nabokoviano vuelven a aparecer en esta novela, como siempre, zarandeados. Contra Darwin esboza un aforismo aparentemente demoledor: “El que mata es siempre inferior a su víctima (énfasis suyo)”. O sea que la sobrevivencia del más fuerte resulta una vileza o poco menos. Luego de citar a dos psicoanalistas más o menos prestigiosos (uno sugiere que actos como hurgarse frecuentemente la nariz, o meter el dedo en el hojal recurrentemente, son signos de “apetito lujurioso sin límites” en un niño; el otro afirma tajantemente que el gorrito de terciopelo rojo de la Caperucita simboliza la menstruación), se pregunta el narrador:

“¿Esos payasos creen realmente en lo que enseñan?” (p. 273)

Una feroz crítica al marxismo obtuso y recalcitrante se esconde –apenas- tras la caracterización de Gradus, uno de los personajes secundarios de la novela. Se trata de un “miembro de toda clase de anémicas organizaciones de izquierda” que en cierto momento es designado para cometer el regicidio que libraría a Zembla de la monarquía reinante. Gradus es pintado con rasgos oscuros y deprimentes, “una aversión esencial, formidable en su simplicidad, invadía su alma obtusa: aversión a la injusticia y al engaño. (…) Una aversión como esa hubiera merecido elogios de no haber sido el subproducto de la irremediable estupidez del individuo”, sentencia impalcable el narrador, y agrega:

“Si una persona era pobre y otra rica no importaba lo que había causado la ruina de uno o la riqueza del otro; la diferencia misma era injusta, y el pobre que no la denunciaba era tan malvado como el rico que la ignoraba” (p 155).

No sé por qué me hace recordar este pasaje al famoso reproche de Borges contra el marxismo: las razones para que un hombre mate a otro son infinitas. El marxismo pretende reducirlo todo a un sórdido problema económico (cito de memoria).

Más amables y bellas son las página de Pálido fuego dedicadas a la poesía y a la lengua. Hay un elogio de Robert Frost, el gran poeta norteamericano, que merece citarse:

“Frost es el autor de uno de los más grandes poetas cortos de la lengua inglesa, un poema (…) acerca de los bosques invernales, y el crepúsculo desolado, y las dulces reconvenciones de los cencerros del caballo en el aire que se oscurece (…) A pesar de la excelencia de sus dones, John Shade nunca podía conseguir que sus copos de nieve se posaran así” (p 206)

Las preocupaciones lingüísticas también son renuentes. En la página 262 hallamos un comentario lexicográfico que repudia la inserción de notas a pie de página en las traducciones (“son el museo de criminales de las palabras”), además de señalar una rarísima serie de palabras de la misma raíz coincidentes semánticamente en inglés y en ruso: crown-crow-cow, korona-vorona-korova. En castellano, con pérdida evidente: corona-cuervo-vaca. El análisis del verso 894 nos entrega el origen de la palabra Zembla: “es la corrupción no del zemlya ruso, sino de Semblerland, país de reflejos, de “parecidos”. En este pasaje (a mí gusto, muy aceptable): “el milagro de una lemniscata trazada/ en la húmeda arena por las ruedas descuidadamente / diestras de una bicicleta”, pone en cuestión el uso del vocablo “lemniscata” con razones sospechosas. Dice el narrador:

No alcanzó a entender qué tiene que ver esto con una bicicleta y sospecho que la frase de Shade no tiene un verdadero significado” (p 138).

Solo puedo colegir de esto que el narrador simula ignorancia para dejar participar al lector, pues cualquiera que ha manejado bicicleta sobre la arena mojada sabe que las ruedas pueden perfectamente dejar trazada “una curva única y bicircular de cuarto grado”, como el mismo Kinbote define a lemniscata. Si el reparo es puramente estético, responderé que no está mal, una que otra vez, mandar al diccionario al lector, si esto favorece el verso, como es el caso. (Una perífrasis del tipo “el milagro de una curva única y bicircular…” es a todas luces desechable).

Antes que frente a la gran novela metaficcional y/o posmoderna que algunos han tratado de hallar en Pálido fuego, estamos ante una novela muy divertida (su apología del suicidio con la discusión sobre la forma más adecuada de hacerlo, es desopilante; su agilidad para cambiar de temas y tópicos resulta muy atractiva, casi adictiva), de una graciosa erudición y brillante en el trabajo de deslizar ideas y puntos de vista sobre literatura, política, religión, poesía, psicología e historia en una novela singular y de hecho inolvidable. Para mí –permítaseme por esta vez un ránking personal-, entre las mejores de Nabokov, por debajo de Ada o el ardor y por encima de Lolita.

Ver aquí un ensayo sobre el problema de la traducción en Nabokov. Y no pueden perderse Zembla, un sitio dedicado exclusivamente al autor de Pnin, de la U. de Pennsilvania. Hay en librerías una edición de Pálido fuego en la colección "Compactos" de Anagrama.

(Nabokov)

2 comentarios:

  1. M.P.9.5.07

    para mí siempre será Lolita la mejor novela de Nabokov ==no se dan cuenta que la han llevado al cine una vez==,además sus otras novelas están muy caras.

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  2. "Amigo": Lolita ha sido filmada hasta ahora dos veces. Una en 1967, por Stanley Kubrik, y otra en 1997, por Adrian Lyne. Y no sé cómo el precio de un libro puede jugar en contra de su calidad, como pareces sugerir.

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