11.7.07


CUANDO DESPERTÓ, EL MAESTRO SEGUÍA AHÍ

Encuentro hoy muchos textos en la notable página chilena Letras S5, pero solo uno verdaderamente motivador y enterado: el texto leído por el narrador Carlos Yushimito durante la celebración por los 60 años de carrera literaria de Carlos Eduardo Zavaleta. Lo posteo completo.


Presentación de Cuentos brevísimos de Carlos Eduardo Zavaleta.
Homenaje por sus 60 años de carrera literaria.

Desde que fui invitado a presentar los Cuentos brevísimos del maestro Carlos Eduardo Zavaleta, cierta extrañeza ha acompañado la enorme gratitud con la que recibí este encargo. Vine con esta inquietud hoy, releyendo sus cuentos como quien busca una respuesta. Y aunque confieso que he llegado a esta noche con más preguntas que respuestas, lo cierto es que quizá esto signifique que lo he leído mucho mejor de lo que creía.

Si me lo permiten, quisiera arriesgar con ustedes una hipótesis; una hipótesis muy breve, antes de continuar, porque tal vez esta respuesta peregrina (la única que pude entrever al finalizar mi lectura) también me ha explicado en parte la fascinación que la literatura de Carlos Eduardo Zavaleta siempre ha ejercido sobre mi sensibilidad y seguramente sobre la de muchos de ustedes. Mientras leía algunos de sus cuentos brevísimos y los relacionaba con sus demás relatos (los más extensos quiero decir), pensaba mucho en la peculiar coherencia que la idea del carnaval le da a su obra y a su labor literaria; pensaba en ese espíritu joven y celebratorio que habita en él y en los muchos cuentos y novelas que ha escrito; en las fiestas de un corazón de provincia, tumultuoso y esencial; en esa fibra humana que contagia libertad, jolgorio y trasgresiones; y en la renovación, en la conservación de una verdad antigua, lúdica y casi instintiva.

Reconociendo esto acaso sea más fácil comprender por qué esta esencia carnavalesca, como no podía ser de otra manera, sólo podía encontrar su realización en la literatura. Creo que eso explica, si además tenemos en cuenta la enorme disciplina del autor que festejamos hoy, por qué esta realización acaba de cumplir 60 años; y por qué la celebración de este espíritu popular sigue siendo la del hombre simple que se ha mantenido invicto, conservando su optimismo -pese a todo- en la humanidad.

Esta ceremonia empieza, por lo tanto, trastocando la lógica de toda presentación no sin un sentido. No sólo porque este espíritu carnavalesco es el único que podría haber permitido que el alumno presentara al maestro; sino también por los significados que encierra esta idea bajo la ostentación de su fiesta. Por ello me ha parecido pertinente recordar los significados de aquel ritual antiguo, irreverente y de un secreto equilibrio, que le corresponde a la literatura mantener activo, preparándonos para una lógica que sólo pertenece a las artes de la ficción y al enorme poder que ésta tiene para crear una realidad paralela, a veces discordante, pero siempre autónoma. Sólo un autor excepcional puede mantener viva, por tanto tiempo, esta fiesta, este rito, esta celebración. Porque la abolición temporal de normas y jerarquías que es también la literatura; esa sustitución autosuficiente que nos refugia para darnos la posibilidad de denunciar, imitar, divertir, conmover y quizá transformar, es una de las últimas defensas con las que, a través de la subversión de la fantasía, los seres humanos todavía podemos reemplazar el día gris de nuestro mundo ordinario, viendo los pliegues y las costuras que no siempre vemos o no siempre queremos ver.

¿Qué celebración más propicia y justa, entonces, para quien, durante estos últimos 60 años nos ha venido invitando a poner de revés el mundo? ¿Qué homenaje más a tiempo para quien ha dedicado una vida a compartir con nosotros las máscaras de su ficción? ¿Qué reconocimiento a quien nos ha ayudado a hacernos un poco, sino plenamente, libres?

No lo sé a ciencia cierta, pero sospecho que los Cuentos brevísimos que hoy tengo el honor de presentarles se han escrito a lo largo de estos sesenta años en los descansos, en los entretiempos, sólo para darle forma a mis preguntas al final de ellos. A las preguntas que todos nos hacemos y que nos han acercado, más tarde que temprano o más temprano que tarde, al goce de la literatura. Son, por lo tanto, testigos de una carrera persistente, prolífica, honesta e insospechadamente influyente. Testifican algo inapelable también: una evolución, y, en el caso de un escritor como Carlos Eduardo Zavaleta, algo que quienes tenemos el placer de conocerlo en el ámbito privado, sabemos bien: que un inacabable asombro y una exigencia trasgresora le permiten seguir apostando por la renovación, la experimentación y el riesgo. Dar el paso de la novela al cuento y del cuento al cuento brevísimo (o microrrelato o cuento mínimo), significa avanzar hacia la inseguridad e incluso hacia la indefinición. Pero el vacío de este género resulta poco disuasorio para quien dio, en nuestra literatura, los primeros pasos en el monólogo interior y las épicas faulknerianas en el riesgo, felizmente vencido, de renovar la narrativa peruana.

En una tradición del cuento brevísimo, magra en el Perú si la comparamos con la mejicana o la argentina, Zavaleta también nos orienta brevemente, sienta precedentes y exige relecturas atentas.

La parodia, la mirada irónica, el humor y la sugerencia rigurosa. Detrás de todas sus historias, si embargo, está siempre el ser humano haciendo más compleja su percepción del mundo; está el hombre conociendo mejor al hombre, sus reacciones y desconciertos. Y en la forma de representar esta revelación, Zavaleta es absolutamente moderno: minimaliza, elimina la parafernalia inútil, simplifica los desarrollos y, como afirma el crítico argentino David Lagmanovich, privilegia (como en las obras maestras del género) "las líneas puras". La dificultad de esta artesanía discursiva se asienta sobre un suelo inestable en que otros han hundido sus pasos con apremio e ineficiencia. Mejor que nunca, Zavaleta nos enseña que es éste un género al que se llega sólo con la más absoluta madurez, cuando las ideas pesan pero no se hunden; cuando sobre esa delicada superficie, hecha de palabras suficientes, las ideas sostienen a sus lectores para que avancen lentamente pero con pasos seguros.

Así como los silencios de Westphalen o los textos apátridas de Ribeyro en otros géneros, el oficio y la excelente vitalidad de Carlos Eduardo Zavaleta han encontrado en el riesgo victorioso de la concisión la mejor manifestación de su madurez. Es decir, el tiempo propicio para trasmitir la sabiduría de su experiencia vital con pocas palabras. Parafraseando a Michael de Montaigne podríamos decir también en esta ocasión sobre sus cuentos brevísimos: "la palabra es mitad de quien la escribe, mitad de quien la lee".

Hoy felizmente reunidos en un solo libro, estos microrrelatos antes dispersos en revistas, suplementos y dos libros recopilatorios (los volúmenes dos y tres de sus Cuentos completos), nos hablan con una sencilla profundidad y nos generan largas preguntas con muy contadas líneas. Sesenta años después, han llegado a tiempo para cifrar con brevedad el compendio de una extensa obra y una fecunda carrera.


(El profesor Zavaleta en los años mozos. Letras S5.)

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