22.7.07


El mecanógrafo. Sobre novela y pasión

"Sospecho que en la novela hay otro tanto. Se nota, se huele cuando hay trampa, cuando no existe un mínimo de pasión que sujeta e incluso difumina la técnica, por más maravillosa que esta sea.

Pienso en alguna de las novelas que en los últimos años le recomendé a una lectora nata como Monika. El buen soldado, del inglés Ford Madox Ford. El bosque de la noche, De Djuna Barnes, Pilgrimage, de Dorothy Richardson. El Gatopardo, de Lampedusa. La copa dorada, de Henry James. Tal vez novelas para novelistas o para quienes sueñen con serlo. Y todas ellas, una tras otra, fueron sistemáticamente rechazadas por Monika. Leídas con fruición pero rechazadas. No conectó con ninguna. Algo, quizá, con la obra de la Richardson, pero sospecho que más por reconocer en ella la voz de una mujer que por los otros valores. Yo mismo confieso haberme maravillado con esas novelas, sí, pero no entusiasmado. Obsesión por la técnica, por lo interior, por el esqueleto de la narración. Son obras en las que lo poético y lo filosófico aunado dejan en un segundo plano lo puramente narrativo, o, para ser más exactos, lo argumental.
(…)
Me seducía la forma de esas novelas, pero no el contenido. Temo que me suceda igual con todo, desde siempre. De la Crítica kantiana me cautiva la forma, pero no lo que dice. Lo que dice acaba aburriendo. El milagro, y eso no ocurre tan a menudo en arte, es cómo lo dice.” (pp 403-404)
(Djuna Barnes con Natalie Barney. En 1936 publicó Nightwood, con prólogo de su amigo T. S. Eliot)

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