15.7.07


Mute, el penúltimo grito

Posteo, en contra de mi costumbre, este artículo completo sobre Mute, uno de los proyectos musicales más importantes de los últimos 30 años. Si todavía no sabes de que estamos hablando, echa una mirada a lo que viene abajo, y a esto. Encontré el artículo, perdido como una desafinada en una sinfonía, en el reciente ABCD.


Por Jesús Lillo.

Ha vivido del cuento de Depeche Mode, y también de la colorista historieta de Moby, pero no ha dejado de invertir los recursos generados por sus estrellas de estadio, remezcla y auditorio en causas tan nobles y perdidas como la promoción de artistas marginales y extremos, algunos de la talla de los componentes de Station 17, banda de discapacitados mentales de un centro social de Hamburgo a la que decidió fichar en 1991 y que durante la década pasada no dejó de moverse por el circuito electrónico alemán. David Miller, fundador y patrón del sello Mute, cocinero del punk sintético antes que fraile, no sólo pasa por ser un promotor caprichoso y atinado, sino que ha conseguido mantener intacta una de las líneas editoriales más personales y mejor definidas, por el riesgo, de la industria del pop, lo que en sí representa un manifiesto histórico cuya continuidad a lo largo de los últimos treinta años puede ahora seguirse -íntegra y milimétricamente, a 45 revoluciones por minuto- a través de la edición de sus Audio Documents.

Surgida en plena resaca del punk, Mute estaba llamada -como tantas otras pequeñas compañías especializadas en renovar, cada una por un lado, el discurso del rock- a desaparecer del mapa tras cumplir su misión. Sin embargo, tras convertirse en hogar y hangar del rock electrónico de los primeros ochenta, Mute logró sobrevivir a los movimientos que, por lo bajo y lo alto, fueron superando su primario acercamiento a un género que no iba a dejar de transformarse y en el que recalaron algunos de los creadores más revolucionarios de las últimas décadas. Mute se las fue apañando, más o menos bien, para no quedarse anticuada en un mercado en el que los hallazgos, aunque reivindicados pasados unos años, solían caducar a los muy pocos meses. El gran logro de Miller fue mantener, blindada o falsificada, el mérito es igualmente grande, la imagen de una modernidad que no estaba en sus manos.

Al milímetro. Aunque Mute no haya renunciado a explotar su catálogo con antologías de consumo y sin apenas interés, la celebración de su trigésimo aniversario no podía saldarse con la recurrente publicación de una deslavazada colección de grandes éxitos. Mute Audio Documents no es una simple caja de recuerdos, sino una colección que, sin descartes, reúne todos los sencillos editados por la compañía londinense desde 1978. La ambiciosa planificación de esta empresa de largo metraje ha impedido que Mute saque al mercado todos los volúmenes de una serie que, por ahora, sólo llega hasta su cuarta entrega, correspondiente a la producción de 1984.
Cada uno de estos cuatro álbumes dobles -a los que hay que añadir un notable extra de piezas inéditas- ordena por estricto orden de publicación las dos caras de cada uno de los singles de Mute, lo que permite seguir, sin cortes, el hilo argumental de un relato que empieza en noviembre de 1978 con The Normal, el proyecto de punk sintético del propio Miller, sigue con la irreverente carnavalada de los Silicon Teens y continúa con Fad Gadget, DAF, Non, Smegma, Robert Rental, Boyd Rice, Duet Emmo, Robert Görl, Birthday Party o Einstürzende Neubauten. Es la reproducción numerada de todas estas canciones lo que hace posible la reconstrucción -fiel, a tamaño natural- del pensamiento que activó la maquinaria de Mute y, lo que resulta más importante, favoreció su supervivencia en una época, convulsa, en la que lo difícil no era dar un grito, sino articular expresiones tras el primer vagido.

(Portada de un disco de vinilo del grupo Silicon Girl, promovido por el proyecto Mute)

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