10.7.07


Santiago Roncagliolo de visita en el pueblo de Borat

En el blog del autor de la exitosa Abril rojo -que sigue funcionando- me entero que estuvo dando unas charlas en Astana, Kazajistán, el pueblo del famoso protagonista de una desopilante película muy comentada el año pasado. Reproduzco la parte -el texto completo fue publicado en El País hace un par de semanas- donde Roncagliolo describe aquella ciudad.

La ciudad del pasado

Cruzando el río Ishim se llega al mundo real. Durante el invierno, cuando la temperatura baja hasta los -40 ºC, el río se convierte en una pista de patinaje gigante, y los pescadores abren agujeros en el hielo para lanzar sus anzuelos. Pero en el verano, es un lugar para pasear y comer shashliks, que es como se llaman las brochetas de carne. En algunos restaurantes se consiguen de caballo. En una plaza de la calle República hay un ajedrez gigante. Los casilleros están pintados en los mosaicos del suelo y las piezas miden un metro. Los kazajos que se reúnen a jugar parecen generales dirigiendo a sus ejércitos. Al lado del tablero hay una caseta policial para el guardia que cuida las piezas. Está autorizado a detenerte si te pilla robando una.

La vieja ciudad de Astana discurre a lo largo del margen derecho del Ishim. El centro, en las cercanías del río, es la parte más moderna. Sus edificios combinan cristales ahumados con cúpulas de estilo turco, y sus centros comerciales están decorados con pantallas gigantes y luces de colores. Algunos edificios, como el de la televisión pública en la calle Kenesari, tienen luces intermitentes en la fachada, como gigantescos árboles de Navidad.

Pero conforme uno se acerca al barrio de Órbita, la parte vieja, la ciudad se oscurece. Los complejos residenciales llamados jruschovskas, en honor del sucesor de Stalin, son grandes edificios homogéneos, sin adornos ni lucecitas. En esta zona, la crudeza del invierno está marcada sutilmente sobre el terreno. No hay mendigos ni perros callejeros, ni nada que se muera por debajo de los -10 ºC. Por las calles serpentean las tuberías de la calefacción, de un metro de diámetro. Enterrar esas instalaciones es demasiado caro. Así que, cuando se topan con un cruce de avenidas, las tuberías se elevan para dejar pasar los coches, como grandes arcos de aluminio en las esquinas.

Los contrastes de Astana se aprecian especialmente desde el vuelo de regreso. Desde el Baiterek hasta Órbita, la ciudad se va volviendo más baja y uniforme, menos luminosa. Alrededor de ella se extiende la estepa, una llanura infinita, sin árboles ni montañas, ni nada que interrumpa el vacío. Conforme el avión se aleja, Astana parece cada vez más una pequeña isla de la estepa, una lucecita de Navidad emergiendo de la nieve.
*Editado gracias a las constructivas sugerencias del corrector de estilo de LDL, Gustavo Faverón. Supongo que debo sentirme honrado; así nomás nadie tiene a un hígado avisor tan presto a las minucias y gazapos, pero lamentablemente ciego para las cosas importantes como los actos de censura.

(Borat)

1 comentario:

  1. Anónimo10.7.07

    jeje, un poco de humor no cae mal en estos momentos difíciles para los que tienen conciencia democrática. Saludos

    b.

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