21.7.07


¿Tepito es el infierno?

Se trata de uno de los barrios más violentos y a la vez entrañables de Ciudad de México y tal vez de América Latina. Tepito. Lo poco que vi y sentí allí: bailes callejeros multitudinarios, mercados ambulantes elefantiásicos, una lengua lumpen inextricable, gente humilde y trabajadora, gente insana, y mucha droga y mucha mala onda y mucha fe también. Pero me quedo corto. Confabulario hoy dedica el número al Narco, y publica cuatro textos sobre cuatro aspectos de la realidad vinculados a este fenómeno. Les dejo el dedicado al barrio de Tepito.


Infierno Tepito

Por Alejandro Suverza

Llevaba dos días enteros en espera de la muerte. La noche que lo secuestraron sintió un trapo que le cubrió la cabeza y algo muy sólido en medio de las costillas que le impidió reaccionar. Su cerebro le mostró en 24 cuadros por segundo imágenes de cuerpos teñidos con sangre. La sospecha aumentó con las palabras:

—¡Camínale, o te va a llevar tu pinche madre! —le ordenó alguien mientras le encajaba lo que parecía ser el cañón de una pistola. Poco antes de que le encobijaran la cabeza, caminaba entre la acera y los tubos de los puestos callejeros que durante el día convierten a Tepito en el mercado fayuquero más antiguo de la ciudad de México. El camino por el que iba era estrecho, pero Eugenio no presintió nada. No vio ninguna sombra que lo pusiera en alerta. Quizá porque las cuentas de la venta de cocaína lo tenían muy ocupado.

Ahora no había espacio para números. Eugenio caminaba por la calle Aztecas tratando de memorizar vueltas a la izquierda o la derecha. Intentaba ver algo, tener referencias de hacia dónde era conducido, pero la noche y los giros que le dieron con la cabeza tapada lo nortearon. Ni siquiera podía andar a tientas porque sus atacantes no se lo permitieron, lo manejaban a empujones o a rastras. El tiempo se eternizó y no supo cuántos minutos pasaron hasta que un tropezón le hizo pensar que lo empujaban hacia dentro de algo. Lo sintió porque antes de caer al piso su cabeza se estrelló contra lo que podía ser una pared. No habían caminado mucho, estaba seguro de estar dentro de una vecindad.

Todo eran suposiciones en ese mundo negro y la sensación de que en cualquier momento le pegarían un tiro de gracia y lo arrojarían como a un perro muerto a la calle, lo mantuvo con los dientes y el rostro apretados. Sintió ganas de llorar, pero las ganas fueron interrumpidas cuando le quitaron el trapo de la cabeza y algo pegajoso comenzó a rodearle el rostro y el cabello. Intentó ver algo, pero no pudo. Estaba oscuro. Puntapiés, bofetadas y frases violentas le cayeron encima.

Parecía una momia. Había quedado envuelto con cinta canela: cabeza, tórax, manos, piernas y pies. Podía predecir el final. Su memoria había recuperado en tan pocos instantes la violencia de esos días. Él mismo había presenciado imágenes similares en contra de sus rivales. Ahora sí lloraba, pero las lágrimas, que no podían escurrirle, le inundaban los ojos.

En cualquier otro momento de la vida, Eugenio hubiera reaccionado con violencia y medio matado a golpes a los que lo atacaron, pero esta vez era diferente. Pensó en los crímenes y las ejecuciones en el barrio de Tepito. La guerra de los cárteles se recrudecía en las calles. Era el verano de 2003, pero las ejecuciones habían comenzado mucho antes: se remontaban a 1998, cuando El Tanque, Jorge Reyes Ortiz, un tepiteño, había sido arrestado una tarde cálida en el callejón de la calle Tenochtitlán. Lo señalaban como el jefe del cártel de Tepito que se disputaba la plaza con Fidel Camarillo Salas, alias El Papirrín, a quien las autoridades acusaban de ser el líder del cártel de la Morelos.

Los ejecutados aparecían en Jesús Carranza, en Rivero, con la cinta canela como elemento principal. Les quitaban la visión, los envolvían y los ataban de manos y pies dentro de una vecindad; después esperaban a que llegara la noche para tirarlos en la calle. Otras veces, las balas eran disparadas desde motonetas. Iban directas a la cara o a la cabeza. Por lo menos se habían contado casi 30 asesinatos.

Los informes de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal describían y apuntaban hacia

El Tanque, que estuvo encarcelado por delitos contra la salud y crimen organizado. Recién había salido de prisión donde, aseguran, dirigía a distancia el cártel de Tepito. También decían que El Tanque, que no rebasaba los 30 años, controlaba el narcomenudeo y comandaba una banda de extorsionadores al estilo del Chicago de los 20. Los expedientes en los que aparecen testimonios de propietarios de comercios describen que les cobraban “renta”, una especie de cuota, a cambio de protegerlos para que no los robaran. Si no pagaban, ellos mismos se encargaban de efectuar el asalto.

Los relatos policiacos marcan el jueves 4 de junio de 1998 como el día en que comenzó la historia inédita en ese barrio por el control de la venta de droga. La tarde de ese jueves, el Grupo Especial de Reacción Inmediata visitó una vecindad en el callejón de Tenochtitlán. La orden era entrar para sacar a rastras a El Tanque. La irrupción policial, lejos de provocar sorpresa y temor, encontró resistencia, lo que dio tiempo al perseguido para subir a la azotea. Después se aventó sobre las lonas de los puestos callejeros y comenzó la huída.

Cuando parecía que el operativo quedaba en el fondo de la frustración, se escuchó otro lonazo. Un agente especial vestido de negro y con el rostro encubierto caía entre los puestos y en poco tiempo daba alcance a su objetivo. Tres meses antes, una noche de marzo en la esquina de Mineros y Mecánicos, había sido detenido el que con el tiempo se convertiría en el enemigo número 1 de El Tanque. Su nombre, Fidel Camarillo Salas, alías El Papirrín, señalado por el dedo de la justicia como el comandante en jefe del cártel de la Morelos, quien presuntamente comercializaba más de 10 kilos de cocaína a la semana.

Ambos, apenas con 27 años de edad, convirtieron al barrio en un lugar inhóspito en los primeros meses de 1998. Los testimonios después de aquellas detenciones dejaban al descubierto su rivalidad. Una declaración aseguraba que con una ráfaga de cuerno de chivo, de AK-47, El Tanque había matado a El Pantera, hermano de El Papirrín, y este a su vez asesinó a

El Adancito, considerado el lugarteniente del primero.

La información comenzaba a llegar de primera mano. En junio de 1998, Salvador Trejo Ibarra alias

El Casablanca, considerado lugarteniente de El tanque, reconocía su participación en la distribución de droga. La policía lo involucraba por lo menos en cuatro homicidios. En abril de 2000, un hombre apodado El Oaxaca aseguró que a la semana vendía por lo menos 10 kilos cocaína y que 50% de la ganancia era entregada a El Papirrín, quien fue condenado a 27 años de prisión por homicidio calificado, homicidio simple y lesiones. A El Tanque no se le pudo procesar como jefe del cártel de Tepito, pero sí por delitos contra

la salud y portación de arma de uso exclusivo del Ejército.

Cuatro años después, el 23 de diciembre de 2002, El Tanque volvía a las calles. Según su expediente salía por “buena conducta y participación en tareas educativas y laborales”. Pero su salida coincidía con una nueva ola de ejecuciones. Informes de inteligencia capitalinos aseguraban que reclutó a más de 30 jóvenes de entre 15 y 17 años y los armó con pistolas nueve milímetros y subametralladoras Uzi. Describían que éstos se encargaban de amedrentar, golpear y robar a comerciantes, presionándolos para pagar una cuota por protección: 10 mil pesos a propietarios de locales y entre 20 y 50 pesos diarios a los dueños de puestos semifijos.

Eran una especie de sicarios, niños que por cinco mil pesos se deshacían de los personajes incómodos. Un grupo de asesinos que convirtió un espacio de 67 manzanas, entre la Morelos y el Tepito comercial, en zona de guerra: de muertos sin cabeza, de envueltos con cinta canela.

Lo que ocurrió en Tepito durante esos días fue el preludio de lo que en los próximos años y hasta la fecha se ha convertido el país tras la guerra entre los cárteles más poderosos, el del Golfo y su grupo de sicarios Los Zetas, contra el cártel de Sinaloa, de Joaquín Loera El Chapo Guzmán. Lanzaban cuerpos atados y cegados con cinta canela. La única diferencia es que ahora, además del cuerpo, aparecen recados escritos para las próximas víctimas y cabezas en bolsas negras depositadas en cualquier lugar. Antes, las ejecuciones con los ojos vendados y el tiro de gracia eran típicas de los estados del norte. Hoy, la violencia ha bajado hacia Acapulco, el puerto de Veracruz, las ciudades de Monterrey, Villahermosa, Morelia y hasta Tabasco. Más de mil 500 ejecuciones en lo que va del año.

En las calles de Tepito, el gobierno capitalino no vislumbró otra salida más que expropiar las vecindades como una forma de acabar con la guerra por la venta de droga. Pero mucho antes que eso ocurriera, Eugenio se sentía intocable. Contaba con apoyo y protección de algunos jefes de la policía federal. En el verano de 2003 vendía a la semana más de 15 kilos de cocaína. Por eso, el día que lo secuestraron las cuentas lo distrajeron a tal grado que ni siquiera tuvo tiempo de sacar su arma para defenderse a tiros. Su ambición por las ganancias lo tenía como una momia canela. Lo estaban preparando para la muerte.

Afuera, la vida seguía su rumbo. Fayuca, ropa, comida y cientos de compradores. Adentro, en un cuartucho de vecindad, de las ahora llamadas viviendas de renovación habitacional, yacía tirado. Nunca lo dejaron ponerse de pie. Se habían muerto muchos: algunos los vieron entrar a una vecindad, pero nunca los vieron salir. Ése sería el destino de Eugenio; sólo escuchaba voces y pasos. Llevaba dos días sin probar bocado. Los que se acercaban a él, sólo lo hacían para darle un zape en la cabeza. Calculaba que habían pasado muchas horas, pero no sabía que la segunda noche se acercaba. Que acabe como tenga que acabar, se repetía a sí mismo en los ratos de desesperación.

Lo que no sabía era que por esos días El Tanque volvía a ser aprehendido. Era agosto de 2003, habían detenido a El Papis, considerado su lugarteniente. Con él, habían apresado a El Topo, El Boga, El Pepino, El Silverio,

El Said, El Chirris. Ninguno rebasaba los 23 años de edad. También detuvieron a La Carlota por su presunta participación de una ejecución en la calle de Jesús Carranza.

Dos días después de que cayó El Papis, se dictó orden de aprehensión contra El Tanque por el delito de extorsión a un comerciante.

—¡Ni madres, a mí no me llevan! —dijo mientras los vecinos comenzaban a juntarse para hacer resistencia. El apoyo policial llegó pronto y Jorge Reyes Ortiz comenzaba su camino hacia el Reclusorio Norte.

La cadena de ejecuciones, sin embargo, terminó modificando el escenario, porque al cuartucho de la vecindad tepiteña donde permanecía Eugenio entró alguien diferente. Los pasos no eran los mismos que había escuchado durante su estancia en ese lugar. Ahora las pisadas eran suaves, con cadencia. En lugar de juntar más los hombros y sumir la cabeza como quien espera recibir un golpe, sintió curiosidad y se mantuvo alerta.

Era una voz de mujer, de una doña, que parecía conocerlo.

—Mira nada más mijo hasta dónde están las cosas. Ya casi se mataron todos. ¿Por qué? Si yo los conocí de chiquillos cuando eran amigos y jugaban futbol en el patio de la vecindad —le dijo a manera de reconciliación.

Mientras comenzaba a reconocer la voz, el cerebro de Eugenio le pasaba estampas de su historia. Vino a su mente la mujer que en sus días de infancia les vendía mariguana por puño; la sacaba de una tina de aluminio que utilizaban para bañar a los niños en una vecindad de la colonia Morelos. Recordó la vez que estuvieron a punto de matarlo cuando fue a recoger a la central de abasto un cargamento de cocaína que se introdujo a la ciudad de México en papayas: cada fruta traía en su corazón un cuarto de kilo. Se acordó también de cómo la gente para la que trabajaba le robaba la “mercancía” a los del cártel contrario. Él no sentía culpa, se consolaba creyendo que era tan sólo un operador. Poco antes de reaccionar ante la voz pensó en sus amigos y las mamás de éstos.

—¡Quiero que se acabe ya esta matazón y quiero que les digas a todos que ya no hay a nadie a quien matar! —decía con firmeza la voz femenina.

Eugenio volvía a llorar y cada vez que la señora decía algo respondía con un “sí jefecita” por el hueco de la cinta canela que alguien le arrancó.

La doña, sin saberlo, ponía fin a una guerra que la policía no había podido controlar.

Esa noche, Eugenio salía de la vecindad igual que había entrado, con la cabeza envuelta con un pedazo de trapo o cobija. Le habían quitado la cinta canela del cuerpo, pero no de las manos. Sintió que lo subían a un coche, pero en el breve trayecto nadie le habló, ni le pegó en la cabeza. Un pie lo aventó cuando el automóvil se detuvo. Después quedó ahí, tirado en la calle como un perro muerto. La vida le sería robada después, no de un tiro en la cabeza, sino una noche en la que alguien entró al cuarto donde dormía y lo acuchilló.

(Tepito desde arriba)

3 comentarios:

  1. Si, te quedas corto sobre "Tepito", un barrio al que se teme pero que si entras a comprar tantas cosas que venden (que no solo es droga, hay mucho más cosas que ésto, pero mucho más, por supuesto) no te sucede nada. Cuna de grandes boxeadores, campeones internacionales, por cierto. La lengua "lumpen" que comentas, fuera de las groserías que se escuchan en todas partes, es una lengua de albures mexicanos, albures que millones de mexicanos no comprendemos y otros millones sí (sobre todo los hombres), pero que son estupendos, al menos a mi me gustan y quisiera saberlos manejar y hablar. Sólo me se unos cuantos que mis hermanos me enseñaban, después en la universidad aprendes otros pocos y algunas veces hasta en la tienda de la esquina del Centro histórico (según la tienda, por supuesto). Son una maravilla, de verdad.

    "Tepito" se llama así porque hace años, en los 50' más o menos, la polícia entraba a vigilar y uno le decía a otro: "Si veo algo o necesito ayuda, te pito", el "pito" es el silbato que traen los policías (o traían, no se, no me he fijado si aun lo traen).

    Yo voy algunas veces a "Tepito", cuando necesito comprar lo que no se consigue en ningun lado. Pero sí, es un barrio duro, pero entrañable, bien dices.

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  2. Hola Magda. Además es inmenso. Aquí en Perú hay barrios entrañables y peligrosos también, pero no tan grandes. Por eso es que me cuidé de ser categórido en mi apreciación -fruto, además, de una visita de dos horas apenas. Y sí, he visto informes sobre academias de boxeo y programas juveniles y arte y música en Tepito. De hecho es un mundo dentro de ese otro mundo que es el DF. Saludos.

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  3. Así es Tepito, singular y enigmatico, te hace pensar que es peligroso! pero en realidad es uno de los lugares que mas me han gustado! mi primer visita a la cd. de mexico fue a tepito y la verdad es mas lo que dicen que lo que es! simplemente hay que tener claro el objetivo a lo que vas a tepito "a comprar lo que quieras" yo me lo esperaba mas violento a como lo anuncian en la t.v. un barrio muy noble! espero que nunca desaparezca!

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