15.8.07

Eduardo Lago viene al Perú

Veo en el programa del CC de España que el gran escritor español Eduardo Lago va a dar uan conferencia en Lima y a dictar un taller para iniciados. Una gran noticia de un autor que tiene al menos un libro imprescindible: Llámame Brooklyn (Premio Nadal 2006). Entrevista de Julio Valdeón para Literaturas.

La Forja de un escritor paciente

La escena de la entrevista: una cafetería en Chelsey, francesa, cálida, protegida contra los cuchillos del día. El viento sopla como un jinete loco. Empuña un cornetín mal afinado. Nueva York hiela los párpados. La primavera llega tarde, a trompicones. Cuando parece reinar el invierno recompone los músculos. Muerde tus riñones. Acumula energías insospechadas para los europeos, tan acostumbrados a que la corriente del Golfo entibie los termómetros. Algo similar sucede con la literatura. Lo que entre nosotros a veces es tarro con esencias para cutis y egos hipocondríacos, en América bufa. No hay lugar para la autocompasión.
He quedado con Eduardo Lago.
Ha ganado el Premio Nadal 2006 con Llámame Brooklyn .
Su novela narra una historia infeccionada por el tiempo.
Los personajes empollan fracasos. Son fulanos complejos, emotivos, listos para combustionar y deflagrar contra el cielo.

Eduardo Lago trabajó su material sin prisas. Su novela ha nacido vinculada a una suerte de núcleo umbilical donde memoria histórica, principios y certidumbres, miedos y sueños, se anudan indisolubles. ¿ Llámame... contesta afirmativamente a la pregunta formulada en su día por Norman Mailer? ¿ Llámame Brooklyn es arte? Bueno, plantea preguntas y corta el resuello. Agita las vidas de sus personajes gracias a una arquitectura medida y unos diálogos punzantes. Busca la gran tradición novelística americana como vacuna frente al estanque de patos que son las mesas de novedades.

En directo, Lago transmite calma. Opta por la conversación tranquila. Medita sus palabras. Acumula dudas irresueltas en unas profundas ojeras. Agranda su estatura en cuanto comienza a hablar. A veces parece cansado de explicarse. Quizá porque aún no ha desarrollado la concha del profesional, los subterfugios cínicos que permiten repetirse. Traductor, profesor universitario, ciudadano de Nueva York, llegó a Babilonia para respirar. Ha vivido en Brooklyn casi 20 años. Hace tiempo que se mudó. Cambió el barrio de los escritores por Manhattan. Mantiene un blog en El País . Comenta, entre otros asuntos, las reseñas anglosajonas a los libros españoles: pocas, muy pocas, y no por casualidad. Un blog recomendable: ejerce la crítica literaria y la divulgación académica con el oficio que otorga ver al morlaco en la arena, lejos del burladero, respirando sangre.

Dos cafés, algunos libros, bolígrafos sobre la silla vacía, una pila de folios. Los tópicos se disparan. Frente a mí, el escritor revelación. Capaz de apurar materiales durante una década. Dejemos que hable.

“ Llegué a Nueva York en 1987, algo cansado de España, quizá, buscando respirar, no sé, necesitaba un cambio, y aunque en principio vine para un año han pasado casi 20”.
Apenas atisbas nostalgia en su discurso. Sólo constatación de los hechos, apuntes de lugares y gentes, crónica de espectros, nieves y humos, colocados sobre la mesa:

“ En aquellos años salía bastante. Tenía un grupo de amigos, todos de mi edad, bordeando los treinta, y todos dedicados, de alguna forma, a la creación intelectual o artística, pintores, poetas, periodistas, en fin, formábamos un grupo bastante ruidoso, y solíamos vernos en un bar de mala muerte en Broolkyn” .

Igual que Rulfo, experto en moldear historias durante las madrugadas de whisky y vigilia para deleite de sus compadres, Lago comenzó a roturar una historia. Trago a trago Llámame Brooklyn germinaba en aquel garito:

“Se me ocurrió una idea, desconocía cuanto daría de si, y estaba anclada en un bar, que bien podía ser el mismo de cada noche...”. Ajá. “En esa cantina un escritor de unos 50 años conoce a un periodista español, treintañero, en trámites de separación. Imagino que la semilla pasaba por vislumbrar las posibilidades que ofrecía una historia anclada entre aquellos dos polos”.

Subraya que, cuando intuyo la novela, tenía 30 años. Daba clases. Ejercía de periodista cultural. Ahora, una vez publicado el libro, acumula 50, la edad del otro protagonista. Anota la curiosidad. Ni hados ni pollas. La ficción toma partido por un lado; la biografía empuja como puede. Si ambas convergen será, tan sólo, “porque la biografía de un escritor son sus ficciones”, tal y como le comentara al propio Lago el novelista Breaston Easton Ellis , en una entrevista en Babelia .

“Al llegar a Nueva York inauguré un cuaderno, al que bauticé como Cuaderno de Brooklyn, donde escribía sin parar. No podía detenerme. A ese cuaderno le sucedió otro, y otro, y otro más, y así me pasaba las horas, clases, salidas nocturnas, lecturas y paseos. Escribía, pero sin intención de publicar, ojo, jamás quise hacerlo. Aquellos cuadernos contenían de todo, y cuando los terminaba iban directos al cajón, acumulándose”.

Mummm. Descontemos la posiblidad del escritor limpio de ego, un imposible, si bien no todos los estibas quieren follar frente a la cámara. ¿Qué nos resta? La sombra del aficionado. Experto en relatar proyectos para evitar escribirlos. Consumido en una sucesión interminable de cafés, tabaco y frustraciones. Amojamado por su propia inconstancia. Incapaz de atisbar sus límites, por lo demás comunes, en absoluto vergonzantes.

Lago, hoy lo sabemos, burló el destino con Llámame Brooklyn . Además, como contrapunto extra a esa sospecha escribía poseído, a rabotazos, todos los días.

“Regalaba cuentos, o los intercambiaba por cuadros, con mis amigos pintores, a los que debo mucho, por cierto. Observarlos trabajar ayuda para establecer ciertas pautas. Reconforta su vocación... Pero estoy alejándome... Decía que yo otorgaba una importancia relativa a mi trabajo como escritor, y me consideraba escritor, sí, aunque luego, una vez terminado el trabajo, lo olvidaba sin detenerme. Muchos me preguntaban si no publicaría alguna vez, quería saber la razón de mi negativa, y yo no sabía qué responder. Miedo, timidez, perfeccionismo... Aún no lo sé”.

Desde 1987 y hasta 1997 la historia oral, los encuentros de esos hombres separados por décadas y unidos por la cierta orfandad vital, ganan coherencia, peso, vigor, autenticidad. La historia, metamorfoseada, eleva plegarias. Un día, al fin, cierra el círculo:

“Es una buena forma de describirlo. A los 10 años completo ese ciclo, el de la gestación de la novela. Me encerré y, más o menos en el año 2000, salí con un magma indeterminado, un comienzo. Decidí buscar agente, para olvidarme de los problemas externos y centrarme sólo en rematar mi libro. Aprovechando un viaje a Barcelona visité a Antonia Kerrigan, mi agente desde entonces. Le conté la historia, y ella creyó en mí. Parecía encantada, la verdad. Es increíble que alguien de su prestigio dijera adelante, confío en tí, porque apenas pude contarle la historia de forma oral, aún no existía sobre el papel, al menos no definida. Sólo añadió que necesitaba un texto, «nada de refritos, jamás funcionan». Tenía razón. De regreso revisé todo el material que para entonces había acumulado. Comprendí que no funcionaba. Me quedé con apenas 50 páginas; el resto, muchas, fueron a la basura”.

A Lago el éxito lo ha sorprendido con los ojos como platos. Lo halaga, pero tampoco demuestra mucho entusiasmo.

“Lo más importante es escribir mi segundo libro, una novela corta, que ya tengo ideada”.
¿También neoyorkina?

“No, qué va, sucede en España. Siento que tengo una deuda con mi país y debo pagarla”.
¿Y el peligro del idioma, la contaminación de vivir inmerso en un potaje de lenguas, los riesgos de perder la, cómo decirlo, música?

“Siempre me obsesionó. Preguntaba a todo el mundo qué tal sonaba mi escritura, por eso me alegra que te haya gustado el estilo. Nunca sabes. Tanto tiempo fuera podría arruinar la escritura”.

Descontada la nueva novela ultima una conjunto de cuentos.

“Un género que me apasiona. Donde de verdad el escritor demuestra sus poderes. No vale la digresión. Debes entrar a matar desde la primera línea. Son muchos, escritos a lo largo una vida, y estoy seleccionando, puliendo, añadiendo alguno, bueno, dejándolo listo”.
Uh, pero la narrativa breve no es el género favorito de los editores españoles...

“Claro, ¿y? Son buenos. Aparte, lo que opinen las editoriales no importa mucho. Es cierto que algunos editores son fantásticos, por ejemplo en Destino, donde quedé sorprendido, para bien, ojo, pero en general cedimos a las corporaciones algo que nos pertenecía. Quizá vaya siendo hora de que hagamos algo”.

¿Una editorial?

“No sé, nunca sabes, pero debemos pasar a la acción, porque el panorama es bastante triste”. ¿Por qué hemos de padecer rogando clemencia? ¿Por qué no somos capaces de levantar iniciativas como hacen, por ejemplo, los estadounidenses? Miramos el atardecer desde los miradores de una fábrica reconvertida en mercado. La sangre del cielo entibia los adoquines y las cuestiones quedan pendientes. A lo mejor no hay tiempo para todo. Expirar con la cicuta entre los dientes, gimoteando, parece el destino de muchos escritores”.
Al menos Eduardo Lago tiene una cosa clara. De mayor, dice, querría ser Don DeLillo.

“Ha pasado los setenta y vive entregado a sus libros, buscando la novela definitiva, siempre apostando”.

La mención del gigante americano, tan poderoso como la efigie de un presidente en el monte Rushmore, recuerda la evidencia. No sólo son culpables las editoriales. A lo mejor el mercado ofrece lo que hay. Eso sí, Llámame Brooklyn posee dinamita. Sobra con leerla para zanjar tentaciones necrófilas respecto a la literatura patria.

(El escritor)

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