23.8.07

Jean Santeuil y su independencia narrativa

No han faltado especialistas y entusiastas que han repudiado la calidad literaria de la novela autobiográfica de Marcel Proust. Se ha señalado que las principales características de la inconfundible prosa proustiana están casi ausentes, y que el libro, en términos estilísticos le debe más a Flaubert y a Dickens ( a quien el joven Proust leía con veneración) que a sí mismo. Otros, incluso han llegado a determinar que el libro no se debe leer sin haber leído antes En busca del tiempo perdido. Didier Sénécal en Lire de julio 2001:

Jean Santeuil est une ébauche, un projet, et en aucune façon une introduction à La recherche. Rien ne serait plus absurde que de se jeter dans ce roman de jeunesse avant d'avoir lu, et même relu, le texte abouti.

Creo que acá hay una exageración desfiguradora. Si bien el libro fue dejado inconcluso por el autor y en realidad fue armado por André Maurois (ver aquí sobre los problemas editoriales del escritor), no hay nada que nos impida poder verlo como una obra independiente, con sus propios valores y defectos (varios, si se le compara con la gran novela de Proust). En cierto modo leer Jean Santeuil puede ser incluso una experiencia mayor para aquellos –no son pocos- que no terminan de asimilar el estilo de Proust, pues en esta novela la exposición de la trama y el tratamiento de la historia goza, en general, de un estilo más directo, de frases cortas y pocas subordinadas, que lo acerca bastante a la forma standard en que hoy se escribe.

Y algo más. A pesar de lo arriba afirmando, la característica frase larga, llena de oraciones subordinadas y de apuntes evocadores que encontramos en En busca del tiempo perdido, la encontramos no pocas veces en Jean Santeuil. Vaya este ejemplo extraído de la introducción del libro:

“A decir verdad, en esos momentos de profunda iluminación en que el espíritu desciende al fondo de todas las cosas y las alumbra como el sol que baja en el mar, en que el movimiento de la chiquilla que mientras espera que su contrincante esté dispuesta, balancea indolentemente la raqueta en el extremo del brazo desnudo, en que las cuitas de las hojas innumerables de las lilas que se quejan débilmente, soportadas por un tronco lánguido, en que el ligero fruncir el ceño del hombre que espera su vaso en el café, queriendo señalar su desdén por la sociedad y subrayando cómo lo preocupa su opinión, cómo esos trujamanes de comedia a los que se confían las palabras más halagadoras y que repiten ridículas incoherencias son seguidos con idéntico encanto para la mirada, a la que entonces, una sombra algo más iluminada, una curva que se acentúa, no son caracteres jeroglíficos de más, sino caracteres parlantes que expresan la más agradable verdad y que se bastan para proporcionarle sin fatiga esa embriaguez que los demás hombres solo buscan en los venenos para expiarla en los sufrimientos, embriaguez no ya estéril, que solo sirve para contemplar por una hora idénticas cosas de modo agradable, pero que permite ver otra cosa que subsiste una vez disipada la imagen.” (Trad. de Marcel Menasché, pp 32)

Cómo no reconocer en esos apuntes detallosos, en ese juego de sombras y luces, en ese ejercicio de memoria involuntaria que luego llevaría a la potencia en la obra mayor, al Proust que todos admiramos. Ni esbozo ni introducción, el Jean Santeuil es una novela de juventud en donde el espíritu a la vez profundo y ligero de Marcel Proust está ya manifestado. Solo las formas lo abandonan aquí y allá, como sucede con cualquier novela.

1 comentario:

  1. Anónimo23.8.07

    Jean Santeuil es para Proust, en tanto preparaciòn para una obra mayor, El juego de las decapitaciones para Lezama.

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