3.10.07


El gusano en la rosa (los Diarios de John Cheever)

Desde que me lo obsequiaron el sábado pasado, no he hecho más que leer en los tiempos que tengo libres –que no son muchos en estos días- este libro tan esperado por los adictos a la narrativa del autor de Falconer y Oh what a paradise it seems. Hoy por la mañana terminé el volumen de 500 páginas y no pude evitar decirme que poco importan las mezquindades, pequeñas envidias y errores de un escritor como él si frente a ello se yergue, gigante y empática, su obra literaria, a la cual debemos sumar sin murmuraciones estos diarios que acaba de publicar Emecé de Argentina con sumo acierto.

Aunque en un momento pensé hacerlo, he decidido no referirme a la gran cantidad de detalles familiares, anécdotas alcohólicas, sentimientos bajos y despreciables aun para él mismo, que Cheever exhibe en estas páginas, felizmente redimidas por su estilo terso e inconfundible. Que otros se ocupen de su bisexualidad, la impotencia, el infierno conyugal, sus penurias económicas y existenciales, su machismo, su depresión. Yo quiero hacer un recuento de las apreciaciones sobre libros y escritores –muchos de ellos sus amigos- que hace el narrador.

Sobre Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer, confiesa que lo inquieta su extensión y el hecho de que le hace ver la limitación de su talento y que no es un escritor “de primera categoría” con sus descripciones de otoños rosados y crepúsculos de invierno. En otras partes Mailer recibe más elogios de Cheever, y nos enteramos por la erudita anotación del novelista Rodrigo Fresán –como sabemos, el argentino editó y tradujo un conjunto de relatos del norteamericano bajo el rótulo de La geometría del amor- que Cheever fue uno de “los pocos contemporáneos a los que Mailer trató con respeto”.

Saul Bellow. Tuvo con este gran escritor, premio Nóbel de 1976, una relación admiración-envidia que queda patente (y patética) en estos diarios. De Dangling man considera que su mérito principal está en la poesía de la prosa. Alucinan a Cheever la eficacia de sus descripciones, su detallismo. Leyendo otros libros suyos y sobre todo refiriéndose al estilo del autor de Herzog, se pregunta en algún momento si Mailer y él no lo imitan. Below es una presencia recurrente en los Diarios; en un pasaje confiesa haber sentido náuseas al leer una crítica positiva a un libro de Below.

La novela Los Subterráneos, de Jack Kerouac, queda muy mal parada: “no es bueno; la mayor parte de sus tonos o efectos provienen de los verdaderos exploradores, como Saul (Below); las imágenes apocalípticas no son buenas, no están iluminadas por el verdadero talento, el sentimiento profundo, la visión”.





El escritor inglés E. M. Forester es elogiado por su pureza y elocuencia al tratar ciertos temas. Cheever ha leído Where angels fear to tread, y la distinción y elegancia que le encuentra al libro le recuerda, por contraste, los reproches de vulgaridad que le han hecho a su propia prosa. Expresa una sana envidia por su lucidez y se defiende de aquellos reparos criticos diciendo que su prosa “si es vulgar, y tal vez lo sea, se trata de una vulgaridad honrada (…) próxima a mi corazón”.

A manera de paréntesis, me valdré de una figura para definir estos diarios. Son como un sismógrafo íntimo que registra con alguna minuciosidad, desde los vaivenes de la conflictiva relación del escritor con la revista The New Yorker –su principal medio de ingresos durante largos años; publicó allí 121 cuentos-, hasta las zozobras y desconciertos consigo mismo del escritor, siempre subvalorando la calidad de sus cuentos (de ellos dice en diversos pasajes que son: “limitados”, “superficiales”, “mezquinos”, “débiles”, “exagerados”, “menos que nada”) y explotando de ira frente al triunfo de los demás. También esboza este sismógrafo inclemente algunos personajes que luego Cheever desarrollaría en sus libros, en especial en Bullet park (como bien lo ha señalado Fresán en su aparato crítico), y por cierto su alcoholismo.

El gran Ernest Hemingway “escribe con la eléctrica distorsión que genera la ilusión de una visión particular; es decir rompe y rehace los ritmos habituales de la introspección" –se refiere en específico a A mobeable feast. Confiesa además que cuando joven la obra de EH le absorbía por completo e imitaba su personalidad y estilo. Mientras que el ahora casi desconocido John O’Hara –a quien se comparaba en los sesenta, malgre lui, con Cheever- le parece "un profesional, un hombre dotado. Da la sensación de expresar la vida, pero también hay una veta extraordinaria de morbosa ansiedad sexual.”

Nos enteramos por una nota de Fresán que en 1976 dijo Cheever en una entrevista, exaltado, lo siguiente de Pálido fuego, la ya clásica novela de Nabokov: “!Pienso que Pálido fuego es maravilloso! ¡Experimental! No creo que sea esa la palabra que mejor lo define. Es un triunfo de invención el escribir una novela compuesta por notas a pie de un poema. Es como atreverse a dejar atrás un dilema humano”. En los diarios mismos el recurso de las notas en dicha novela le parece “excéntrico y brillante”. Vladimir Nabokov consignó en cierto momento un especial aprecio por los cuentos de Cheever.



Podría extenderme muchos más sobre los Diarios en su aspecto literario*, pero siento que de alguna manera sería arruinarles la fiesta de leer este volumen realmente imprescindible, que para mí –no solo por lo expuesto en este comentario- afilia sin problemas, con urgencia incluso, al escritor con los grandes del género diario: Goethe, Amiel, Kafka, Gide, Renard –su voluntad de estilo es análoga a la del francés-, Pavese –la visceralidad y honestidad los hermanan- y Ribeyro.

Finalmente, quiero subrayar la religiosidad de John Cheever y su concepción de la lucha entre el bien y el mal, que si apenas aparecen en sus cuentos y novelas, en los diarios se explicitan con regularidad. Solo un par de citas:

Pienso que la vida es un certamen, que las fuerzas del bien y del mal son vigorosas y visibles.

Y entonces creo ver claramente ese instante en las relaciones humanas en que la línea que separa la creatividad y la luz de la oscuridad y el desastre se torna delgada como un cabello (…) pero creo ver la cara seductora de la sabiduría, la coherencia y la poesía; que se la puede cultivar hasta que florezca como un señuelo perverso, una cadena de promesas falsas y atractivas, una tierra artificial de leche y miel. Por eso digo que hay un gusano en la rosa, pero no es mortal.


Muy cierto. Él mismo lo confirma. Su obra, bella, profunda, inolvidable, es la rosa; su vida, vulgar y triste, el gusano. El gusano ya se secó; la rosa sigue viva.

*Gracias a una observación de Rodrigo Fresán guardo para mejor momento la exploración de las relaciones entre Scott Fitzgerald y John Cheever, tanto a nivel textual como vital. (¿Se animará Fresán a escribir una biografía del escritor norteamericano?)
(Portada de la edición original y retratos)

2 comentarios:

  1. Anónimo4.10.07

    se te olvidó mencionar los diarios de Ionesco y los de Junger. buen post.

    ResponderEliminar
  2. Bueno, los de Ionesco son más reflexivos, intelectuales, diría. los de Jünger sí debí nombrarlos, pero es que hay más diarios interesantes, los de Gombrowicz por ejemplo, no puedo nombrarlos a todos.

    ResponderEliminar

di lo que puedas

Se produjo un error en este gadget.