26.11.07


Claudia (inédito de Fernando Ampuero)


Criatura hecha de luces, trajes, cosméticos y movimientos de cisne.
Jorge Eduardo Eielson

A Claudia por esos años todo el mundo la conocía. Y digo mundo, desde luego, en el sentido estricto. No hablo de su ciudad o de su país. Hablo de todos los países del planeta donde existe civilización, gente vestida a la moda y miles de fotógrafos. Claudia era una supermodelo famosísima, de visita en el Perú. Los diarios y revistas registraban con gran despliegue su presencia. Allí, en las primeras planas y portadas, lucía entonces como una estilizada muñeca: rubia, ojos azules, busto imponente y piernas largas; es decir, el arquetipo de la belleza alemana, fresca, radiante y sanota, pero al voluptuoso estilo de una Brigitte Bardot despojada de malicia.

Yo la vi de casualidad. Ella salía del Miraflores Park Hotel, donde se alojaba, en medio de un tumulto de fotógrafos. No vi mucho, por cierto. Ese día pasaba rápido -hacía mi caminata matinal por el malecón-, y además, entre tantos asistentes, guardaespaldas, periodistas y curiosos, apenas si alcancé a ver en un tris un mechón de pelo que flotaba al viento y algo de su impecable sonrisa llena de blanquísimos dientes.

Pero un momento después, cuando Claudia partiera a gran velocidad en un convoy de autos negros, escoltada por policías en moto a la manera de los altos dignatarios, vi algo que llamó aun más mi atención. Un individuo merodeaba en el parque.

Era un sujeto de largo pelo blanco, terno blanco y zapatos blancos. Tanta blancura resultaba sumamente exótica, sobre todo porque estábamos en invierno. Y en cuanto a su contextura, no lucía como un aristócrata de verano, que debía ser la imagen idealizada que quería proyectar, pues era bajo, regordete y, ay, llevaba el pelo amarrado en una colita.

El tipo disimulaba su impaciencia. Esperaba algo. Yo, sin saber bien por qué, me acerqué a contemplar el pequeño estanque frente a la puerta principal del hotel, fingiendo interés por las carpas, esos peces anaranjados que hasta hoy agitan aquellas limpias aguas, colmadas de nenúfares y matas de esbeltos papiros.

Entonces, desde lejos, percibí su mirada. El tipo parecía medirme como si yo fuera alguien que iba a disputarle los beneficios de alguna provechosa oportunidad.
Unos segundos después, estaba a mi lado.

- ¿Usted también viene por los pomitos? -me preguntó.
Lo miré, inquieto. Temí que estuviera en un asunto de drogas y ya me alistaba a largarme de allí, cuando atropelladamente empalmó otra pregunta.
- ¿Viene por la esencia de Claudia?
Esto último me clavó en tierra. Y de pronto, muy intrigado, oí una voz que no parecía la mía pero que de hecho salía de mi garganta:
- Sí.
Redoblando su recelo, me examinó de arriba abajo.
- ¿Con qué propósito?
- No puedo decirle.
Le disgustó mi evasiva.
- Es raro -dijo-. Usted no parece un chamán.
- No lo soy -admití.
- ¿Está aquí por un asunto personal?
- Personal, sí.
- ¿Pero qué le interesa? ¿Pelo o agua?
Comprendiendo que estaba en un aprieto, decidí ser enfático
- Las dos cosas -aventuré.
- Ya me imaginaba -resopló-. Se ve que es un aficionado.
- ¿Por qué?
- Basta con el agua. Ahí está la esencia.
En ese momento un portero vestido de mariscal le hizo una seña a mi interlocutor.
- Nos dicen que tenemos que ir por la puerta trasera... Vamos. Lo seguí. Nos dirigíamos a la puerta de proveedores, justo a la vuelta de la cuadra, en la calle Las acacias. En el trayecto quiso sonsacarme más detalles.
- ¿Con quién ha contactado? -indagó-. ¿Con el botones o la mucama?
- Con el botones -mentí.
- En realidad, da lo mismo. Son socios. Me dijeron que ella se encargó de llenar los pomitos y que él los sacaría a la calle.
- ¿Cuántos pomitos ha pedido? -pregunté.
- Cuarenta -contestó-. ¿Y usted?
- Diez, solo diez.
- No está mal -sonrió-. Si son para uso personal, la va a pasar bien. En la puerta de proveedores había dos camionetas estacionadas y un ajetreo de gente en mamelucos que descargaba cajas y las introducía al hotel. Cruzando esa puerta, con cierto sigilo, salió un muchacho llevando un paquete. Era el botones. El hombre de blanco le entregó veladamente un billete de cien a cambio del paquete.
- ¿Y para él? -preguntó, señalándome.
El botones me miró, desconcertado.
- No lo conozco -balbuceó.
- ¿No lo conoce?
- Yo quiero comprar diez pomitos -arremetí-. Y algo de pelo también.
- Estoy apurado -repuso el muchacho, nervioso-. Ahora no puedo alistar el pedido. Pero venga mañana a esta misma hora -y se regresó de inmediato al hotel. El hombre de blanco partió, sin despedirse. Yo regresé al día siguiente, y, cuando el botones apareció nuevamente con un paquete en la puerta trasera, me permití dudar de la validez del agua. El muchacho aseguró que el agua que me vendía, según la mucama (que era hija de brujos), servía para preparar un poderoso filtro de amor, y precisó que quien se mojara con este ejercería un irresistible poder de seducción sobre sus semejantes.
- Es agua del jacuzzi de la habitación de Claudia -dijo-. En esa agua Claudia se ha bañado. Y le juro que no lo estamos engañando. Yo mismo he visto cuando la mucama llenó los pomitos. En cuanto a los tres pelos que están en un sobre blanco, los sacó de su cepillo del tocador.
Le extendí un billete de cincuenta y se dio por satisfecho. Al atardecer, en mi casa, abrí dos de los pomitos. Previsiblemente, el agua era turbia y olía bien: un suave aroma a jabón de lavanda, a flores silvestres.

*Publicado en el Dominical de El Comercio.

(Fernando Ampuero)
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Límbicas

*Frágiles trofeos. En el Dominical. El poeta José Carlos Yrigoyen ha publicado una elogiosa reseña del segundo libro de poemas de Jerónimo Pimentel (Marineros y Boxeadores), Frágiles trofeos. Destaca Yrigoyen el “gran sentido dramático” con que está estructurado, pero ingenuamente nos advierte que el libro “a pesar de ser un poemario transparente, no es una lectura sencilla”, como si un libro de lectura compleja (¿o complicada?) fuera preferible, o tal vez “superior”, a uno de versos directos y diáfanos. Todavía más discutible es la consideración final: “una lectura atenta del poema esclarece la inclinación ideológica del proyecto de Pimentel: subyace en este un rechazo a cualquier principio políticamente reaccionario o conformista”. ¿A quién le puede interesar ese dato? La carga política de un texto no tiene nada que ver con su valor literario. Grandes reaccionarios (T. S. Eliot) y hasta filofacistas (Louis-Ferdinand Céline) han escrito textos de gran calidad, y muchos más han escrito bobada y media precisamente rechazando “principios políticamente reaccionarios o conformistas” (v.g. todo el real socialismo, y cierta novela de autoayuda). Más allá de estas precisiones, el libro de Jerónimo se hace interesante con la reseña, pues anuncia rasgos de madurez. En su momento lo comentaré acá.

*Anticiclón del Pacífico, de Rafael Espinoza. Enrique Sánchez Hernani parece husmear, sopesar absorto el reciente poemario de Rafael Espinoza, tal vez el más importante poeta de su generación (90) en cuanto a modernidad y experimentación con el lenguaje se refiere. Dice ESH: “Su despliegue verbal y su cuidado in extremis de la palabra elegida lo convierte no solo en un estilista del lenguaje sino que también en un orfebre”. Y más adelante, luego de hacer comparaciones inciertas (“Otra manera de leer este libro es considerando la posibilidad de que se trate de un cuadro cubista”), cita unos versos del poemario que son reveladores: "La clara equivalencia entre / pájaro y vuelo entumece / sujeta por aterciopelados puntos / de engarce, se delinea / como móvil, entra como baba. "Día perfecto. Hablando / en otro idioma, pero / no en serio. Pateando las chapas. / El sol de Osaka sobre / las lágrimas, pero de broma. / Yo no estoy cerca, tú / estás al medio, vestido en otro / cuerpo."
El substrato de esos versos, en proyección con los textos anteriores del poeta, más bien confirman una intención de apresar lo real en plenitud (pájaro y vuelo), problematizar las transiciones axiales -acción y lenguaje, mismidad y otredad (yo no estoy cerca...), imagen y negación- que sostienen su discurso poético. Lo que intenta Espinoza es que el lector observe atento lo real en lugar de perderse en el aparato verbal que despliega para explorarlo. Más claro: los recursos del poeta, intensos y vastos, son solo el medio para una llegada más auténtica a lo real, y ahí radica la madurez de su trabajo.

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