17.11.07

La babosa

Me refiero a la novela fundamental de Gabriel Casaccia (1907-1980), según algunos el mejor narrador paraguayo del siglo pasado. Cuando me vendieron hace poco la primera edición de esta novela, editada en 1952 por Losada, recordé el recibimiento acre que había tenido en el escuálido medio paraguayo de los años cincuenta. Se le dijo de todo, desde artificial y europeizante, hasta asquerosa y mediocre. Tomé cuenta también de que el 2007 se cumplían cien años del nacimiento del narrador, cincuenta y cinco años de la publicación de su opera magna, y veintisiete años de su muerte, todo en el más completo silencio bloguero –ya no hablemos del de los suplementos culturales o dominicales fuera de su patria.

Pero ¿qué es lo que molestaba de esta novela a la crítica y opinión pública paraguaya de entonces? La poeta Monserrat Alvarez parece resumirlo bien en un post del 2005 de su blog Kurupí:

Leer a Casaccia es tonificante, depurativo, como caminar unos cuantos kilómetros bajo el calcinante sol de la siesta paraguaya por las empinadas calles de Asunción, pateando pedruscos y sorteando excremento de perros, caballos y vacas: despoja al espíritu de todo decadente exceso de emotividad empalagosa y de toda propensión a la cursilería y a los idealismos moralizantes. Nada de superfluos ornamentos retóricos, nada de pretenciosas moralejas, nada de postizos happy-end a lo Disney, nada de esperanzas: la lección de Casaccia y su crudo Paraguay de sol agobiante, polvo, barro, alcohol barato y letrinas llenas de robustas moscas excluye toda falsificación, toda bisutería embellecedora: de hecho, excluye quizás la misma "belleza". Deja en pie sólo un principio, un principio duro, seco, árido, inclemente, pero un principio superior: la honestidad.

Solo agregaría ahora, que voy por la mitad de la novela, el manejo soberbio de las técnicas narrativas, y la capacidad para erigir personajes que son, antes que típicos de Areguá (el pueblito donde se desarrolla la novela), tipos universales insertados en un locus concreto, muy formateados por el existencialismo que Casaccia debió beber en su largo exilio bonaerense. El mismo autor nos previene en el texto liminar de La Babosa, “Al lector”:

No quisiera que se vea a ningún habitante de Areguá en este libro. No he pensado en ninguno de ellos al escribirlo. Los seres que lo pueblan no han sido tomados de la realidad aregüeña, sino de ese otro mundo más vasto y real que es el mundo de la realidad imaginativa



Por suerte, tuvo algunos reconocimientos notables el talento de Casaccia, los que contribuyeron a salvarlo del olvido. Augusto Roa Bastos, el otro grande de la narrativa paraguaya, dijo de él que

es el iniciador de la narrativa paraguaya contemporánea, lo que en buena medida da a su obra un carácter fundacional, y a su autor, el mérito insólito de haber echado a andar el género en un país novelísticamente inédito. Antes de Casaccia, la novela y el cuento en el Paraguay solo conocían esbozos y tentativas frustrados en la ausencia de una tradición novelesca, tan rica y adelantada en otros países de nuestra América. Pero no sólo cronológicamente Casaccia es el fundador de la narrativa paraguaya actual, lo es también por la fuerza y la coherencia de su mundo narrativo.

Autor de novelas cortas (Mario Pereda), libros de cuentos (El guajhu, El pozo) y aun de teatro en verso (El bandolero), Casaccia debería ocupar un lugar junto a los grandes ocultos (bueno, ahora no tanto) de la literatura de mediados del siglo pasado: el chileno Juan Emar, el ecuatoriano Pablo Palacio, el uruguayo Felisberto Hernández, otros. Y no sé si habrá salido alguna obra suya en la colección Archivos. Los dejo con una declaración del paraguayo que es una pequeña arte poética. Escuchen:

Las almas de la novela no tienen para qué ser como las reales; basta que sean posibles. Y esta psicología de espíritus posibles que he llamado imaginería es la única que importa en el género literario. Aunque lo sorprendente y maravilloso es que a veces la vida de pronto se encarga de justificar y dar validez a aquellos universos imaginarios o a aquellos seres creados por la fantasía. Pero no es el novelista el que ha ido a la realidad que lo circunda; es la vida la que ha penetrado en el orbe del novelista. El hombre y sus problemas morales y sociales deben ser el centro de una novela. El corazón humano es misterioso e insondable. Para mí, el ideal de la novela es aquel en que lo sicológico se mezcla con lo existencial.
(…)
El mundo de la literatura y el mundo en que vivimos son dos mundos distintos. Se parecen casi nada. En definitiva, hay solo un camino. El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente. Ya que la verdadera misión del escritor moderno es recoger en lenguaje fácil y sencillo trozos de vida diaria, los grandes y pequeños acontecimientos que a todos nos pueden ocurrir.

(Gabriel Casaccia. Su casa en Areguá)
---------------------------------------
Límbicas

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

di lo que puedas

Se produjo un error en este gadget.