17.12.07


Juan Goytisolo y la bibliofilia

En agosto de este año me avisaron que el escritor español Juan Goytisolo iba a visitar el Perú para dar un par de conferencias. Entonces decidí prepararme para ese evento releyendo sus libros más importantes: Makbara, Coto vedado, Señas de identidad. Me intrigó no hallar en mi biblioteca ninguno de esos títulos, ni siquiera un ejemplar de sus obras consideradas menos importantes. Luego, poco a poco, fui recordando que esas novelas habían pasado en algún momento a convertirse en objetos de regalo, de trueque, o simplemente los había perdido. Algo desanimado, me puse a ver en librerías y remates qué podía encontrar. Saber que la visita del escritor fue cancelada finalmente, no interrumpió mi pesquisa.

Lo primero que recuperé fue Coto vedado (Seix Barral, 1985), tal vez la novela más importante de un ciclo autobiográfico conformado por varios títulos. El gusto de reencontrarme con la prosa de Goytisolo esta vez estuvo acompañado de un reconocimiento de la gran exploración sobre el cuerpo y la memoria que emprende en el libro, donde intercala a la narración de su formación intelectual y humana una serie de fragmentos reflexivos en torno al recuerdo, la verdad, el pasado, entre otros temas. Pero en realidad lo que más me sorprendió fue hallar ciertas contigüidades con respecto al trato con los libros.

Cuenta el escritor que su pasión por los libros fue mucho más fuerte durante su juventud que después. Y agrega que mientras la adquisición de los libros que buscaba implicaba una serie de sacrificios y obstáculos, tanto por el precio como por la dificultad de acceder a ellos, “los coleccioné amorosamente hasta formar una modesta, pero meritoria biblioteca”. Sin embargo, cuando se hizo más fácil su acceso a los libros, en los tiempos en que vivió en París ligado a Monique Lange y a la editorial Gallimard, todo ello perdió su encanto y misterio, se dedicó a obsequiarlos o deshacerse de ellos “con un desasimiento que hubiera juzgado inconcebible solo algunos años atrás”. Agrega que no le costó mucho “renunciar a sus ínfulas de coleccionista”.


Goytisolo revela además –y en esto coincidimos aún más plenamente- que su poco instinto de propiedad en lo que a bienes culturales se refiere, se convertiría a partir de ese momento en un rasgo de su personalidad. “Sin llegar al ascetismo monacal de un Genet, hoy me es más cómodo y fácil vivir sin el vistoso arropamiento cultural con el que se envuelve la mayoría de escritores que conozco. Los libros me atraen únicamente por su contenido y los tomo por objetos de consumo inmediato: una vez leídos me estorban y no me importa deshacerme de ellos”.

Un matiz debo agregar de mi cosecha a lo vertido por el catalán: durante años acopié y veneré una serie de libros clasificados por mí como intransferibles o “sagrados”. El espectro de estos intocables era singularmente amplio e incluía todos los poemarios que me gustaran, las novelas más importantes de los grandes escritores, los libros de cuentos con mayor coherencia, los tratados de teoría literaria y crítica que superaran la prueba de los diez años de vigencia entre la academia, las novelas y poemarios de mis amigos.

Desde hace varios años ello ya no es así. Hoy solo puedo declarar de aquella manera a las primeras ediciones en idiomas originales; los libros portaaviones, aquellos que resumen una gama de otros textos –The golden bough, de Frazer, y el Diccionario de los símbolos, de Chevalier, son dos buenos ejemplos-, y las obras completas de poesía o narrativa de los grandes, en especial las ediciones críticas del tipo que publica Bibliothèque de la Pléiade (Francia) o Archivos, en nuestro idioma. Mucho de lo demás, lo leo, lo ficho (si me parece interesante) y me desligo de ello pronto o más tarde.

No deja de tener su encanto, a veces, la operación de librarse de los demasiados libros. Me divirtió mucho hace unos días ver el rostro de asombro de un amigo cuando, súbitamente, le regalé tres o cuatro libros considerados por él como valiosos. Me divirtió y me hizo recordar lo que sentía yo cuando estaba en esa posición, ávido de conseguir bibliografía, de devorar información, bibliofìlico en tal medida que me parecía una insensatez aquel desprendimiento. No descarto que alguien tome incluso como “estupidez” esta, ahora, necesaria profilaxis mía.

(Juan Goytisolo. Portada de Coto vedado para Mondadori)
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Límbicas
*el Apra por su gente (¿y los demás?). En Pospost se pone el dedo en la llaga sobre las declaraciones de un alto dirigente aprista en el sentido de que el gobierno favorecerá a los sectores que votaron por el Partida Aprista. Hay un video.
*Güich sobre Malpartida. Arte de nariz, el poemario publicado este año por Miguel Angel Malpartida, es abordado con certeza y sobriedad por el crítico del combativo diario Correo. Ver en Sol Negro.
*Entrevista a José Kozer. Me temo que tendré que revisitar la jugosa entrevista que le hacen al poeta cubano en Lanzallamas: “Mi escritura, creo, puede ser vista como la labor de la hormiga o de la cigarra, el quehacer de un insecto, o el trabajo de un alfarero que sabe que no se gana la vida con su trabajo, y que justo por eso, al no haber compromisos crematísticos, hace ese trabajo desde una euforia y una devoción. (…) La escritura de poemas se ha vuelto en mí naturaleza. Y un ser humano no puede rehuir su naturaleza. Hacerlo es castrante; hacerlo es de hecho, para mí, una imposibilidad. Me importa, por supuesto, que cada poema, quede burilado como lo mejor que de mí puedo dar en un momento determinado, pero a la vez no me ando con remilgos pensando que esa poesía que hago tiene un destino mayor, que es trascendente, que se leerá en trescientos o dos mil años, a mi qué. Escribo, corrijo, encarpeto, olvido."

1 comentario:

  1. Anónimo18.12.07

    A veces, deshacerse de un libro es la única manera de hacer que circule y adquiera lectores...

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