29.12.07


Qué no leer de este año -una humilde sugerencia

En el reciente Babelia, Alberto Manguel se burla suave pero corrosivamente de los famosos recuentos del año de las redacciones periodísticas. Propone, en cambio, hacer una lista de lo que no hay que leer. Tan arbitraria como cualquier otra, la mía, con respecto a este año, incluiría a La felicidad de los muertos (la peor novela de crítico en varios años), Sakra boccata (aunque me parece interesante, y lo defendí en su momento, es de una pretensión lingüística acartonada) y Las benévolas (un bluff insufrible); pero hay algunos libros más de estos, vanos viajes de caza frustrada en el bosque de la literatura. El delicioso texto de Manguel.


Antes del diluvio

Cada fin de año, como pequeños y enérgicos dioses, los editores de los suplementos literarios encargan, a ciertos modestos Noés, la construcción de arcas literarias para salvar del olvido unos cuantos libros recientes.
Menos generosas que su ilustre modelo, las listas de elegidos son necesariamente fragmentarias: suben por la estrecha rampa algún ursino Vila-Matas, alguna Rosa Montero variopinta, un trío de Javier Marías, un Juan Goytisolo solitario y singular. Pocas veces las listas coinciden. "En la literatura como en el amor", escribió el alguna vez ilustre y ahora nada recordado André Maurois, "suele sorprendernos lo que los otros eligen".

Si, como dice el Eclesiastés, "no hay fin de hacer muchos libros y el mucho estudio aflicción es de la carne", entonces para algo servirán esas listas que resumen catálogos y proponen atajos. Las primeras fueron establecidas en Alejandría donde, para guiar a los lectores por los infinitos anaqueles de la Biblioteca, los bibliotecarios propusieron selecciones comentadas de los libros que, en su opinión, eran los mejores en cada área. La autoridad de estos eruditos avalaba sus listas; en estos casos, como bien sabemos, es mejor conocer a la madre del borrego.

Agradezco al listero que me propone, como ficciones magistrales, Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos; La buena terrorista, de Doris Lessing, y la Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges. Pero no es lo mismo que la propuesta venga de mi librero favorito o que la sugiera un cierto coronel Gaddafi. Los libros cambian con sus lectores.

Es que aquello que los lectores eligen no define la fauna literaria, define a sus lectores. Mejores, peores, más importantes, más divertidos, los libros de nuestras listas son el catálogo de nuestras propias calidades, defectos, inteligencia, emociones que cambian con la edad y con la experiencia.

Adolfo Bioy Casares cuenta que en su primer encuentro con Borges éste le preguntó a qué autores admiraba más "en este siglo o en cualquier otro". "A Gabriel Miró, a Azorín, a James Joyce", contestó el joven ecléctico.

Respuestas igualmente desconcertantes aparecen cada mes de diciembre en los suplementos literarios del mundo entero. "Éstos son los autores norteamericanos más importantes de todos los tiempos", proclamó hace algunas navidades la revista francesa Lire: "Raymond Chandler, Faulkner, John Fante". Hace unas semanas, Michel Tournier (que no tenía hasta ahora reputación de idiota) eligió como libro del año en The Times Literary Supplement la nueva novela de Amèlie Nothomb, Ni d'Eve ni d'Adam, que ya había propuesto, naturalmente sin éxito, para el Premio Goncourt. En cierto diario italiano, un célebre crítico de cuyo nombre no quiero acordarme, coronó como el mejor libro de 2007 la obra completa de Dario Fo, "el Shakespeare del siglo veinte", juicio que, si exacto, haría de Shakespeare el Dario Fo del siglo diecisiete. "Sobre gustos no hay nada escrito", escribió alguien que nunca abrió un suplemento literario.

Oscar Wilde arguyó que hacer listas de lo que hay que leer es una tarea inútil o perniciosa, puesto que un auténtico aprecio por la literatura es siempre cuestión de temperamento y no puede ser enseñado. Propuso en cambio listas de lo que no hay que leer: las obras teatrales de Voltaire, la Inglaterra de Hume, la Historia de la filosofía de Lewes... Siguiendo su ejemplo, Mark Twain opinó que la mejor forma de iniciar una biblioteca es evitar las novelas de Jane Austen. Prevenir, dicen, es mejor que curar. ¿Se atreverán nuestros suplementos literarios a tales osadas alternativas?

--Al cierre se me ocurre que quedarían en el interregno de la lectura tipo si llega a mis manos -es decir que no los compraría-: Bombardero (¿será tan buena como cree su autor?), El inventario de las naves (me gustó, pero no tanto como para leerlo de nuevo) y Las obras infames de Pancho Marambio (¿más de lo mismo?). Por cierto, una lista de lo que no compraré no se basa en criterios objetivos, como todas las listas de este tipo.

Si no posteo nada hasta el lunes, feliz año para todos.

(Alberto Manguel, un erudito que no olvida la provocación)
---------------------------------------------------------
Límbicas
*¿Kitsch? Mientras preparo mi reseña sobre el reciente libro de Marco García Falcón, los dejo con el párrafo final de la reseña de Javier Agreda en La República: “El cielo de Capri es una buena novela, que se lee con facilidad e interés, y que además acepta diversas interpretaciones. El único reparo que le hacemos es que en algunas páginas la búsqueda de lo estético llega demasiado cerca del kitsch: los gondoleros que cantan incesantemente "una melancólica aria italiana" o el aviador nazi que escribe en el cielo un mensaje en idioma hebreo, para citar dos ejemplos.”. Antes Agreda había ponderado la prosa de MGF.

*Santiváñez sobre Amórfor. En Sol Negro, el sitio de poesía regentado por el poeta Paul Guillén, el también poeta Roger Santiváñez ha publicado un texto, elogioso, sobre Amórfor, poemario que este año publicó Salomón Valderrama.
*Vila-Matas y el 2007. El autor de París no se acaba nunca le dice adiós al año viejo a su admirable manera: “Nada me parece tan plúmbeo como los domingos y como las despedidas de fin de año. Tienen la mala sombra de recordarnos el paso inexorable de los días a pesar de que el Tiempo no sabe que pasa el tiempo. En los domingos, por ejemplo, hasta respirar se convierte en un lamento. Y es que en los domingos uno siente que han dejado de existir las relaciones entre las personas y las actividades de cualquier tipo. En los domingos padecemos el tiempo y es como si todos contuviéramos el aliento y probáramos a ver cómo será el más allá. Los domingos son una enfermedad no visible, como un mal interior, una enfermedad moral. Los domingos son espantosos. Pero aún hay algo peor: las celebraciones de fin de año. Nos recuerdan, al igual que los domingos, que ha pasado una semana más, en este caso, un año. Nos recuerdan el paso del tiempo y, encima, tenemos que festejarlo. Este 2007 me deja una sensación de desagrado notable. En París, creo estar en un lugar apropiado para darle el portazo que se merece, dejarlo ahí sin un adiós, despedirlo a la francesa. O, mejor dicho, a la inglesa. Filer à l'anglaise. No se merece nada mejor este año.”. El País-Cataluña.

3 comentarios:

  1. Anónimo29.12.07

    ja, qué buena la de Manguel, y qué decir de los bloggers sin imaginación -y todavía se pretenden poetas- que se cuelgan de los recuentos del año de los diarios para llenar sus blogs. Feliz 2008

    Fidel K

    ResponderEliminar
  2. el datero31.12.07

    "La palabra kitsch proviene del término alemán yidis etwas verkitschen. Define al arte que es considerado como una copia inferior de un estilo existente. También se utiliza el término kitsch en un sentido más libre para referirse a cualquier arte que es pretencioso, pasado de moda o de mal gusto."

    Wikipedia

    ResponderEliminar
  3. Anónimo1.1.08

    me parece exagerado que se hable de kischt con el libro de marco. puede haber algunos pasajes exagerados, pero eso significa otra cosa, aunque no he leído el libro de marco.

    ResponderEliminar

di lo que puedas

Se produjo un error en este gadget.